jueves, 31 de marzo de 2016
ESE CRUCERO AL QUE NUNCA FUIMOS
La normalidad es como un crucero de lujo. Cuando nacemos se supone que todos seremos alegres pasajeros de ese fantástico viaje. Y a veces es así: algunos embarcarán rodeados de comodidades y estímulos, de diversión, luz y alegría. Sin embargo, hay otros, muchos más de los que se piensa, que se quedarán en el puerto, viendo como el cómodo barco se aleja de ellos.
Desde la cubierta, los felices pasajeros ven a los que se quedaron en tierra y sienten que son los afortunados poseedores de un destino especial. Y miran a quienes se quedaron preguntándose qué pasó con ellos, sintiéndoles diferentes.
Sin embargo ese es un crucero fantasma. La normalidad es un mero espejismo. Un momento que, como el viaje de un crucero, puede acabar en cualquier puerto. Para cualquiera.
Desde ese momento, la vida de los viajeros en tierra es una lucha por encontrar un lugar adecuado donde poder instalarse y disfrutar del paisaje. Porque, por supuesto, también en tierra hay hermosos amaneceres y prodigiosas puestas de sol.
Y ese viaje de búsqueda, la verdad, no suele ser nada fácil. A veces hay que abrirse hueco a codazos. Esta lucha, tristemente, empieza muchas veces en las escuelas.
Es penoso ver cómo, de vez en cuando, se escucha a alguien mencionar algún colegio en el que los niños con necesidades especiales son bien acogidos, en el que se atiende a sus peculiaridades sin discriminarles, en el que se buscan caminos alternativos al aprendizaje. Es penoso porque se menciona siempre como un descubrimiento, como si se hubiera encontrado una pepita de oro entre la grava de un río.
La triste y dramática realidad es que los colegios que realmente no discriminan, con todo lo que eso conlleva de verdad, son muy escasos. Y el motivo es muy simple: porque las personas que, de verdad, no discriminan también lo son. Los colegios no son entidades autónomas ajenas a las emociones e ideas de quienes las integran. Son sólo vehículos a través de los cuales, quienes trabajan en ellos se expresan. Se escucha muy a menudo que no se puede dar más apoyo a los niños en situación de desventaja porque las administraciones no los proporcionan. Pero eso no es más que una vergonzosa excusa.
Es cierto que las horas de trabajo de los profesores de pedagogía terapéutica, de los logopedas, de los orientadores son muchas menos de las que hacen falta. Pero es mucho más cierto que, cuando los profesores están realmente interesados en sacar adelante a todos sus alumnos, independientemente de sus circunstancias, esas trabas son mucho menores.
De hecho, la diferencia en la calidad de la enseñanza entre unos colegios y otros, en cuanto a discapacidad se refiere, no suele estar directamente relacionada con el número de horas de apoyo, o de clases especiales que se proporcionen a los niños.
¿Dónde está entonces la diferencia?
En las personas. Decir que nosotros no discriminamos a los niños con peculiaridades personales es fácil. Pero llevarlo a cabo no lo es. Supone aceptar muchas cosas y buscar caminos alternativos constantemente. Entender que convivir supone algunas renuncias y acomodaciones. Aprender a ver detrás de lo aparente y descubrir la riqueza oculta en cada uno de ellos. Dejar de sentir que nuestro estado es mejor por estar más adaptado a las exigencias sociales. Dejar de creer que estamos a salvo del dolor alejándonos de las personas que nos duelen.
Ahora mismo, yo conozco de cerca la experiencia del rechazo y el abandono. Mi hija y yo hemos sentido el dolor de vernos despreciadas por llevar con nosotras demasiados problemas. Hemos visto ya tantas espaldas alejarse...
Sacan a nuestros niños diferentes de las aulas normalizadas "invitando" a las familias a buscar lugares más adecuados. "Limpian" los colegios de niños que no corren, que no hablan, que no piensan tan deprisa, que no aprenden igual que los otros. Qué bonito. Qué orgullosos se sienten esos "maestros" cuando sacan a sus niños perfectos a sus escenarios decorados con palomas de la paz y manos unidas, en cualquier representación para las familias. Todos igualitos, todos sanos, todos perfectos.
Y yo me pregunto. ¿Qué tipo de adultos serán mañana esos niños a los que ahora les quitaron la oportunidad de aprender que no hace falta ser iguales para serlo? ¿Qué aprenderán esos pequeños que ven cómo sus mayores apartan de su lado a los niños con problemas? ¿Cómo tratarán a las personas con discapacidad si para ellos es algo ajeno a la vida normal?
No tengo muchas dudas al respecto. Los niños, generosos y abiertos por naturaleza, solo necesitan la oportunidad de crecer en un ambiente rico emocionalmente, en el que todos tengan cabida, para aprender a gestionar cualquier tipo de relación de forma positiva.
¿Y sabéis lo peor? Que esos adultos estupendos que hacen que sus hijos aprendan a rechazar a las personas con problemas, los que no las quieren en sus aulas, los que no los quieren como amigos para sus hijos, serán un día parte del grupo de las personas dependientes. Quizá por algo sobrevenido, pero no me refiero a eso, de lo que nadie por cierto, está a salvo; Me refiero a que, si la vida les trata bien y llegan a ser ancianos...esos niños que ya serán adultos serán los encargados de velar por su calidad de vida y su bienestar.
Cómo suele decir mi padre..."que dios nos coja confesados".
Mientras tanto, mientras ellos también van creciendo y aprendiendo a ser personas, los niños con cualquier tipo de singularidad aprenden a sentirse inferiores y defectuosos. Terrible. De verdad.
UN AMIGO DE MARTE
El lenguaje es la puerta de entrada el mundo. A través de él nos conectamos con los demás; nos representamos y nos creamos constantemente a través de él. Nos da identidad, nos explica y nos identifica. Es nuestra herramienta más primaria. Aún antes de poder controlar nuestras más básicas expresiones faciales ya somos capaces de emitir sonidos que nos hacer visibles y nos reportan atención y cuidados.
Entonces ¿Qué pasa cuando esa puerta no se abre, o permanece entornada?
O cuando, ni siquiera es una puerta. Cuando no es más que una ventana desde la que ver sin ser oído. Desde la que asomarse a un mundo que no nos escucha, que nos ve y no nos entiende. Que nos mira y no sabe que estamos ahí, ávidos de atravesar ese cristal, deseosos de salir afuera y poder mostrar nuestra propia y particular identidad.
Hay personas que saben exactamente qué pasa entonces. Como Pablo.
El cuento de Pablo y el marciano
Pablo es un niño como todos los demás. Le gusta sentirse seguro. Le gusta que sus padres le quieran. Le gusta tener amigos. Le gusta jugar a la pelota. Le gustan las cosas ricas para comer. Le gusta ser felíz.
Pero Pablo no puede hablar. Como muchos otros niños autistas el lenguaje es para él esa puerta con las bisagras endurecidas que no se acaba de abrir. Y sus emociones, sus tristezas, sus miedos, sus decepciones, sus alegrías y sus esperanzas se quedan ahí, atascadas esperando a que los demás den con la clave que les permita descifrarlas. No siempre ocurre. Y Pablo espera, detrás del cristal de la ventana a que un día se vuelva más sencillo ser quien es y mostrar su mundo personal, hermoso y brillante, a los demás.
Si ese mundo está en Marte, yo quiero ser marciana. Por Pablo y por todos los Pablos que sueñan con volar hasta allí.
Este es el enlace al cuento de Pablo. A él le gustaría que todo el mundo lo leyera, para que Marte dejase de estar tan lejos. Y para que todos los que creen que detrás de un autismo no hay nada, descubran la riqueza que espera detrás de muchas puertas y ventanas entornadas.
Me gustaría pediros que difundierais este cuento y me ayudarais a darle toda la difusión posible. Vamos a traernos a Marte a los patios de los colegios, a los parques y a las calles.
El cuento de Pablo y el marciano
domingo, 31 de enero de 2016
La madre biológica. El gran tabú.
Con siete años mi hija explora el mundo sin cansarse. Es una navegante emocional muy curtida, a pesar de su corta edad. Cada día reflexiona sobre algún aspecto nuevo de sus sentimientos, de los míos, de los de su entorno y saca sus propias conclusiones.
Ha sido siempre como un scanner viviente del mundo emocional que la rodea. Tiene ese don. Y desde siempre ha sido muy consciente de sus orígenes adoptivos. Desde, quizás, demasiado pronto, sorprendiéndonos a todos con comentarios y preguntas que esperábamos mucho más tarde.
Ahora hemos dado un paso más.
La niña siempre ha sabido que su origen biológico no partió de nosotros. Nunca hemos cometido el error de crear una falacia que nos lo hiciera más fácil en algún momento. Pero siempre hemos ido poco a poco, respondiendo a sus preguntas sin irnos más allá de lo que ella demandaba. Sin embargo, a pesar de la transparencia, de que mi hija ve en su cara cada día sus diferencias biológicas con su hermano y con nosotros, sus padres, de las fotos y cuentos que le cuentan la historia de su llegada a la familia, a pesar de todo eso mi hija tiene dudas.
Ella pasó, como muchos niños adoptados, por la fase en la que quería escuchar que estuvo en mi barriga y no quería oír hablar de su adopción. Quiso jugar a que era un bebé que nacía y llegaba a mis brazos pequeñito, pequeñito, para recrear esos momentos que no compartimos. Quiso oír una y mil veces, cómo la buscamos, cómo la encontramos, cómo la quisimos...que lo nuestro es para siempre. Y aún así...
¿Os habéis parado a pensar en el poder oculto del lenguaje? La forma de expresar determinadas cosas define mucho del mundo sentimental que subyace tras de él. Mi hija llevaba tiempo diciéndome: "Eres mi mejor mamá". Una frase sencilla. Cabría pensar que el uso del posesivo es solo un pequeño defecto de expresión. Pero no lo es. Hay todo un universo por detrás. Muchas preguntas sin resolver.
Yo ya había abordado muchas veces con la niña el tema de la madre biológica. Una cuestión inseparable de la historia de mi hija que siempre quise que formase parte de su vocabulario natural, para evitar desgarros cuando tarde o temprano esa expresión y esa idea aparecieran. Sin alardes, sin dramas, sin momentazos. Simplemente se mencionaba de vez en cuando, cuando venía al tema: una conocida embarazada podía ser el desencadenante, por ejemplo.
Y parecía que estaba claro.
Pero más allá de nuestros intentos de dar al asunto una forma dulce, la cuestión del abandono es un dolor que tarde o temprano será descubierto y sufrido por nuestros niños. Y con él, las grandes preguntas acerca de la madre primigenia, la biológica, la de la barriga, la que queráis. La que les parió y les puso en el mundo. Y ahí estaba mi niña. Con sus dudas masticadas en su pequeña mente sin atreverse a salir.
Por fin, el otro día, cuando de nuevo me otorgó el título de "su mejor madre" le pregunté directamente en quién pensaba. Fue el momento de abrirle otra vez las puertas a sus deseos de saber. ¿Porqué, en qué momento, ha llegado ella a la conclusión de que mencionar o preguntar sobre su madre biológica puede no ser adecuado? Quizás en su propio miedo esté la respuesta.
Miedo a indagar en un dolor que el abandono tatúa en el corazón de nuestros hijos adoptados.
Unos días más tarde me acordé de que tenía en casa el cuento que escribió Mercedes Moya (pincha aquí para conocerla) para explicar la figura de la madre biológica a los niños. Y se lo leí. Y simplemente con ver su cara, ya sabía que cada palabra estaba llegando al lugar preciso al que tenía que llegar.
La historia es la de un niño que se da cuenta de que tuvo dos madres: una biológica y una adoptiva y el impacto que esta revelación causó en él. Mi hija, que se distrae con facilidad, no perdió ni un detalle. Fue poniendo imágenes a sus dudas y dándole respuesta a cosas que no sabía formular. Al acabar, me pidió que se lo leyese de nuevo. Sonreía y hacía comentarios positivos, demostrando empatía y disfrutando del relato con toda normalidad.
¿Sabéis cuáles fueron sus palabras al terminar el cuento? Me miró muy seria y, al hilo de lo que decía el cuento, me dijo: "Claro mamá, porque las madres no se cambian. ¿verdad?"."No, mi amor. Tu familia es para siempre". Y se acurrucó a dormir con una sonrisa en la cara.
Para conocer el cuento ¿Yo tengo dos mamás? pincha aquí
Sé que hay muchas corrientes de pensamiento sobre este tema en el mundo de la adopción. He de reconocer que yo, antes de tener a mi hija, era bastante fundamentalista al respecto. Decía y creía que su única madre era yo. La que la amaría siempre, sin condición. Y eso era lo que pensaba que debíamos transmitir para crear seguridad en nuestra hija cuando llegase a casa.
Pero a día de hoy creo que estaba en un tremendo error. Soy la segunda madre que mi hija ha tenido en la vida. Se lo puedo contar de mil maneras diferentes. Camuflarlo bajo palabras preciosas, contarle los cuentos más dulces que oculten la dura realidad. Pero siempre estará ahí. Esperando el momento adecuado para hacerse presente en su vida. Quizá cuando su madurez le enfrente a la situación con más herramientas para descifrar lo que se esconde detrás de las frases tan cuidadosamente construidas. Quizá cuando alguien se lo lance a la cara como un reproche. Quien sabe. Pero el abandono es un hecho inseparable de su historia. Y con él, su madre biológica, la que la creó, la parió y la abandonó (y figo esto sin juicios de valor, como un hecho, con los mil matices de esta acción).
Cada niño es un mundo, ya lo sabemos. Y cada cuál se enfrenta a la vida como puede. Pero creo que incorporar con naturalidad la figura de la madre biológica al vocabulario, a las conversaciones de nuestros hijos, les puede ir dotando de herramientas para enfrentarse a su realidad cuando sean mayores.
A mi hija ya le habían dicho en el colegio que yo no era su madre verdadera. Ahora es ella la que explica que tuvo otra madre que la llevó en la barriga pero que, según sus palabras "esta es mi mejor mamá. Mi mamá verdadera y para siempre".
Quizá exactamente las palabras que ella necesitaba en este momento para sentirse segura.
¿Qué voy a decir yo? ¿Que me gustaría ser la única? ¿Que me gustaría haber tenido el privilegio de parirla? Pues si. Pero la vida es como es, no como nos gustaría que fuera. Y yo quiero saborearla, así sin perderme ni un trago.
Ayer, charlando en el coche, en un momento de intimidad sacó de nuevo el tema. Y las dudas, esas que parecía que no existían, salieron a borbotones. Sin pudor ya y sin recelos. Sabiendo que podía contar conmigo también en eso. Hablamos, repasamos, y cuando al final, su necesidad de hablar del tema se sació cambió tranquilamente a otra conversación más trivial.
Al final del día, cuando se iba a acostar, me dijo.
"Mamá, tú eres mi única mamá. La mejor mamá del mundo."
¿Notáis la sutil y brutal diferencia? Yo si. Y ella también.
miércoles, 27 de enero de 2016
APRENDIENDO EN CASA. RECURSOS EN LA RED.
Mientras en la sociedad existe un debate acerca de la conveniencia de las tareas escolares y de la cantidad de tiempo y esfuerzo que estas deberían acarrear a los alumnos, los padres de niños con dificultades nos enfrentamos a otro planteamiento diferente: ¿hacemos suficiente por nuestros hijos en el tiempo que pasan con nosotros?
Mi hija vuelve a casa a la hora de comer. A priori parecería que disponemos de toda la larga tarde para aprovecharla de mil maneras diferentes. Pero la realidad es que cuando tu hija no puede avanzar al ritmo que el colegio impone, te enfrentas a la necesidad de tratar de ayudar en casa. Y eso, muchas veces, a costa del tiempo de juego y de relax que sería el ideal. Desde fuera parece muy sencillo. Las madres no deben ser terapeutas de sus hijos, ni maestras, ni entrenadoras...pero entonces, cuando estos profesionales no están disponibles o su trabajo no tiene suficiente presencia ¿quién se ocuparía de ese tema? La respuesta es sencilla: si se tienen muchos recursos económicos y se vive en el lugar adecuado, y se dispone del tiempo necesario... quizá se pueda conseguir toda la ayuda externa que se precise. En caso contrario, toca ponerse en acción.
Sobre todo porque hay una corriente de desaprensivos que consideran que los padres de niños con dificultades somos presa fácil para aplicarnos tarifas abusivas por servicios de eficacia poco demostrable. Hace poco localicé a un gabinete de profesionales pedagogos y psicólogos que desarrollan ayudas para dificultades de aprendizaje. ¿Sabéis cuál era su tarifa? 36 euros la hora. Esto traducido, sería, por veinte días al mes (una hora cada tarde) un total de 720 euros. Casi nada. Y me da rabia porque, independientemente de la formación del profesor, no va a dejar de ser una clase particular. Sin más material extra que la encarezca ni otros aditamentos que justifiquen ese precio. Salvo quizás, que la desesperación pueden convertir en buenos clientes a los padres de niños con problemas. Una desvergüenza de la que me encuentro muchos ejemplos a diario.
Esta necesidad de encontrar ayudas accesibles te convierte en una profesional de la búsqueda de recursos educativos en la red. Programas de desarrollo lector, de matemáticas, métodos y disciplinas alternativos, enfoques pedagógicos distintos... Puede llegar a ser abrumador. Y agotador, os lo aseguro.
Al final, cuando te enfrentas a la gran cantidad de opciones más o menos adecuadas a tu caso que te encuentras hay que tomar un postura mental de supervivencia: "no sé si lo que intento es lo mejor, pero es lo mejor que tenemos ahora mismo". Lo digo porque a veces, la sensación de que ente tanta oferta puede estar escondida la respuesta a nuestras plegarias, es un poco angustiosa. Y nos puede crear inseguridad ante cada nuevo paso. Sobre todo porque en internet abundan las opciones pero muchas veces, lo que nos encontramos después de intentar algo nuevo, es una decepción: programas que parecen improvisados, sin rigor o sin continuidad.
Claro que no todo es así. Hay algunas sorpresas que pueden, de pronto, simplificarnos un poco la existencia en este sentido. Hace ya varios meses que descubrí un programa de aprendizaje matemático que se ha convertido en nuestro mejor aliado. Se trata de un sistema llamado Smartick. Lo había oído mencionar a una amiga mía, pero no pensaba que sería adecuado para nosotras. Hasta que llegó el verano, y aprovechando el tiempo libre decidí utilizar la oportunidad de probarlo gratis dos semanas, que ten dan en su web. Y fue una auténtica sorpresa.
A mi hija le encantó desde el primer momento. Su planteamiento visual, colorido y sencillo, su sistema de recompensas, la posibilidad de manejarlo ella sola desde la tablet...
Han pasado muchos meses y cada día, sin excepción, mi hija se sienta con su tablet en el regazo, con la misma ilusión que si fuera a jugar a uno de esos juegos que tanto les gustan. Se ha convertido en su rutina favorita a pesar de que es un momento "de estudio".
Durante tan sólo quince minutos, mi hija resuelve ejercicios matemáticos con tan solo tocar la pantalla. El algoritmo del programa es tan eficiente que es capaz de adaptarse perfectamente a los avances y retrocesos de la niña, retándola sin atropellarla.
Pero además, el programa ha tenido en cuenta todos los aspectos que un niño necesita para sentirse alentado: es visualmente muy bonito. Con colores y motivos que estimulan y sorprenden a los niños. Bueno y a los más grandes porque llegan hasta sexto de primaria. El otro día, mientras "trabajaba" mi hija se encontró con una torre llena de princesas que contar. Una novedad que le encantó.
El programa no penaliza pero sin embargo, sí premia. Y los niños van consiguiendo estrellas por sus aciertos. Luego podrán cambiarlas por ropa para su avatar, un muñeco virtual que ellos mismos diseñan y al que visten y modifican a su gusto. Ese es el premio diario a su trabajo, no importa si les salió bien o mal. El esfuerzo tiene siempre su recompensa en Smartick. Un aliciente que a mi pequeña le sirvió para, digamos, entrar en materia, pero que ahora mismo ha pasado a segundo plano. Lo hace con gusto y con la satisfacción de sentirse cómoda y de conseguir cada día un reto más.
Os parecerá quizá una cosa menor, pero para mi, siempre en la brega en este tema, encontrar un aliado como este programa ha sido un descanso muy importante. No sé quién ha diseñado el programa, la verdad, pero se ha ganado toda mi admiración. De hecho, cuenta con varios premios como reconocimiento a su valor.
Y por eso quería compartirlo con vosotras. Es el ejemplo perfecto de que estudiar no tiene que ser nunca sinónimo de pasarlo mal sino más bien, todo lo contrario.
El desarrollo del pensamiento lógico unido al crecimiento de la mente matemática, por decirlo así, es claro. Aprender a pensar parece algo que ocurre automáticamente, pero la realidad es que organizar el pensamiento, ordenar de forma secuenciada la información que recibimos o queremos emitir, discriminar categorías de objetos y muchos otros conceptos requieren una visión matemática de la vida.
Por ello, os recomiendo que probéis este sistema con vuestro niños, sobre todo si están teniendo algún problema de aprendizaje. Para mí es un aliado. Un gran apoyo que además hace a mi hija observar sus avances con optimismo. Os pongo el enlace, para que podáis verlo. Espero que a vosotros también os sirva y que ayude a vuestros niños como está ayudando a mi pequeña.
Ver Smartick pinchando aquí
Mi hija vuelve a casa a la hora de comer. A priori parecería que disponemos de toda la larga tarde para aprovecharla de mil maneras diferentes. Pero la realidad es que cuando tu hija no puede avanzar al ritmo que el colegio impone, te enfrentas a la necesidad de tratar de ayudar en casa. Y eso, muchas veces, a costa del tiempo de juego y de relax que sería el ideal. Desde fuera parece muy sencillo. Las madres no deben ser terapeutas de sus hijos, ni maestras, ni entrenadoras...pero entonces, cuando estos profesionales no están disponibles o su trabajo no tiene suficiente presencia ¿quién se ocuparía de ese tema? La respuesta es sencilla: si se tienen muchos recursos económicos y se vive en el lugar adecuado, y se dispone del tiempo necesario... quizá se pueda conseguir toda la ayuda externa que se precise. En caso contrario, toca ponerse en acción.
Sobre todo porque hay una corriente de desaprensivos que consideran que los padres de niños con dificultades somos presa fácil para aplicarnos tarifas abusivas por servicios de eficacia poco demostrable. Hace poco localicé a un gabinete de profesionales pedagogos y psicólogos que desarrollan ayudas para dificultades de aprendizaje. ¿Sabéis cuál era su tarifa? 36 euros la hora. Esto traducido, sería, por veinte días al mes (una hora cada tarde) un total de 720 euros. Casi nada. Y me da rabia porque, independientemente de la formación del profesor, no va a dejar de ser una clase particular. Sin más material extra que la encarezca ni otros aditamentos que justifiquen ese precio. Salvo quizás, que la desesperación pueden convertir en buenos clientes a los padres de niños con problemas. Una desvergüenza de la que me encuentro muchos ejemplos a diario.
Esta necesidad de encontrar ayudas accesibles te convierte en una profesional de la búsqueda de recursos educativos en la red. Programas de desarrollo lector, de matemáticas, métodos y disciplinas alternativos, enfoques pedagógicos distintos... Puede llegar a ser abrumador. Y agotador, os lo aseguro.
Al final, cuando te enfrentas a la gran cantidad de opciones más o menos adecuadas a tu caso que te encuentras hay que tomar un postura mental de supervivencia: "no sé si lo que intento es lo mejor, pero es lo mejor que tenemos ahora mismo". Lo digo porque a veces, la sensación de que ente tanta oferta puede estar escondida la respuesta a nuestras plegarias, es un poco angustiosa. Y nos puede crear inseguridad ante cada nuevo paso. Sobre todo porque en internet abundan las opciones pero muchas veces, lo que nos encontramos después de intentar algo nuevo, es una decepción: programas que parecen improvisados, sin rigor o sin continuidad.
Claro que no todo es así. Hay algunas sorpresas que pueden, de pronto, simplificarnos un poco la existencia en este sentido. Hace ya varios meses que descubrí un programa de aprendizaje matemático que se ha convertido en nuestro mejor aliado. Se trata de un sistema llamado Smartick. Lo había oído mencionar a una amiga mía, pero no pensaba que sería adecuado para nosotras. Hasta que llegó el verano, y aprovechando el tiempo libre decidí utilizar la oportunidad de probarlo gratis dos semanas, que ten dan en su web. Y fue una auténtica sorpresa.
A mi hija le encantó desde el primer momento. Su planteamiento visual, colorido y sencillo, su sistema de recompensas, la posibilidad de manejarlo ella sola desde la tablet...
Han pasado muchos meses y cada día, sin excepción, mi hija se sienta con su tablet en el regazo, con la misma ilusión que si fuera a jugar a uno de esos juegos que tanto les gustan. Se ha convertido en su rutina favorita a pesar de que es un momento "de estudio".
Durante tan sólo quince minutos, mi hija resuelve ejercicios matemáticos con tan solo tocar la pantalla. El algoritmo del programa es tan eficiente que es capaz de adaptarse perfectamente a los avances y retrocesos de la niña, retándola sin atropellarla.
Pero además, el programa ha tenido en cuenta todos los aspectos que un niño necesita para sentirse alentado: es visualmente muy bonito. Con colores y motivos que estimulan y sorprenden a los niños. Bueno y a los más grandes porque llegan hasta sexto de primaria. El otro día, mientras "trabajaba" mi hija se encontró con una torre llena de princesas que contar. Una novedad que le encantó.
El programa no penaliza pero sin embargo, sí premia. Y los niños van consiguiendo estrellas por sus aciertos. Luego podrán cambiarlas por ropa para su avatar, un muñeco virtual que ellos mismos diseñan y al que visten y modifican a su gusto. Ese es el premio diario a su trabajo, no importa si les salió bien o mal. El esfuerzo tiene siempre su recompensa en Smartick. Un aliciente que a mi pequeña le sirvió para, digamos, entrar en materia, pero que ahora mismo ha pasado a segundo plano. Lo hace con gusto y con la satisfacción de sentirse cómoda y de conseguir cada día un reto más.
Os parecerá quizá una cosa menor, pero para mi, siempre en la brega en este tema, encontrar un aliado como este programa ha sido un descanso muy importante. No sé quién ha diseñado el programa, la verdad, pero se ha ganado toda mi admiración. De hecho, cuenta con varios premios como reconocimiento a su valor.
Y por eso quería compartirlo con vosotras. Es el ejemplo perfecto de que estudiar no tiene que ser nunca sinónimo de pasarlo mal sino más bien, todo lo contrario.
El desarrollo del pensamiento lógico unido al crecimiento de la mente matemática, por decirlo así, es claro. Aprender a pensar parece algo que ocurre automáticamente, pero la realidad es que organizar el pensamiento, ordenar de forma secuenciada la información que recibimos o queremos emitir, discriminar categorías de objetos y muchos otros conceptos requieren una visión matemática de la vida.
Por ello, os recomiendo que probéis este sistema con vuestro niños, sobre todo si están teniendo algún problema de aprendizaje. Para mí es un aliado. Un gran apoyo que además hace a mi hija observar sus avances con optimismo. Os pongo el enlace, para que podáis verlo. Espero que a vosotros también os sirva y que ayude a vuestros niños como está ayudando a mi pequeña.
Ver Smartick pinchando aquí
miércoles, 11 de noviembre de 2015
LA EMPATÍA Y LA RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS
Y eso puede resultar agotador.
Sobre todo, porque para ser eficientes educando, tenemos que tener antes que nada, nuestro propio control emocional perfectamente estructurado. O hablando en términos más caseros: no perder los nervios cuando las cosas se ponen peliagudas.
Casi nada.
Todas tenemos en la mente esa imagen ideal de la madre paciente, de teleserie, que aborda con una sonrisa, una fina ironía y en el peor de los casos, un leve fruncimiento de entrecejo, los avatares de la relación paterno-filial. Pero tengo que decir algo en relación a esa imagen tan ideal: que es eso, simplemente una imagen de teleserie. Nada que ver con la realidad.
Cuando las cosas se ponen difíciles, nuestras propias emociones se ponen al frente de la situación en numerosas ocasiones transformándolas en un muro que nos impide acercarnos al momento de una manera eficiente. Evita que podamos recurrir a una de las herramientas más eficaces e importantes para educar: la empatía.
Pongámonos en el caso. Los berrinches son uno de esos momentos desesperantes que muchas madres y padres vivimos recurrentemente. Hay niños que nunca los tienen: una rara bendición. Pero hay mucho otros que son, permitidme la broma, profesionales de los mismos. Y ante un niño que grita y patalea sin control, a veces durante horas, son pocos los adultos que consiguen mantenerse impasibles.
Unos padres que tratan de sobrevivir a un berrinche de grado diez estarán como poco irritados, angustiados y, en el caso de que el espectáculo se organice en un lugar público. avergonzados y presionados por la mirada ajena (los supermercados son infalibles catalizadores de berrinches). Y en este estado ¿cómo encontar la escucha activa y atenta que la empatía requiere para activar sus maravillosos mecanismos?
Otro día os contaré la receta para momentos de berrinche, pero hoy os diré que simplemente, se trata de entender lo que está causando el malestar a nuestro hijo: aunque nos parezca una tontería, un capricho egoísta o cualquier otra emoción más o menos negativa. Se trata de escuchar y atender positivamente. Esto no quiere decir dar la razón o alentar, sino entender. Y hacer ver al niño angustiado, irritado o furioso, que lo entendemos y damos valor a sus sentimientos. Esto últimos es primordial: lo peor que se le puede decir a un niño angustiado es "por esa tontería no se llora", por ejemplo. Si se siente mal, se siente mal y atendemos ese malestar emocional de forma positiva por absurda que nos pueda parecer la causa. Y sin dejárselo entrever. Muchas veces no es fácil: si lloran porque se les ha partido una galleta, les consolaremos entendiendo, pero no alentando, el sentimiento.Y sobre todo ¡no acabaremos pegándola con celo!
Es una comunicación mágica. No es la cura de los males desde luego: hay que trabajar después en cada situación, pero es el paso que permite acceder al mundo emocional del niño alterado. Un paso imprescindible para avanzar.
UN EJEMPLO PRÁCTICO
En el colegio de mi hija hay una niña que constantemente está causando problemas. Peleas con otros alumnos, insultos, desafíos a los profesores...la niña solo tiene seis años. En mi casa, su nombre se convirtió el curso pasado en una presencia permanente. Ella era la protagonista de las historias que mi hija contaba del colegio. Historias en las que ella siempre era la sufridora. Sus comentarios eran tan malintencionados que consiguió incluso una regresión en mi hija que se llenó de miedos y de inseguridades. Reuniones en el colegio, intervenciones de la orientadora, psicólogos escolares...pero el curso pasó sin cambios en ese sentido.
Os confieso que hubo momentos en que sentí que esa niña era el enemigo. Un enemigo con capacidad para hacer daño, del que no sabía cómo defender a mi hija. Pero... es solamente una niña de seis años. Perdida en su propio laberinto emocional.
Así que, este año, decidí intentar darle la vuelta a la tortilla. Comencé acercándome a ella por las mañanas, en la fila, sonriéndole y haciéndole algún comentario amable. Al principio reaccionó sorprendida y desconfiada. Pero en dos días, su sonrisa empezó a ser habitual. Yo, cada vez que la veo, le digo la suerte que tenemos de que en la clase haya una niña tan fuerte y tan alta (es mucho más grande que los demás) en la clase. Que así podrá cuidar a los más pequeños, especialmente a mi hija que está, le dije, encantada de que sea su compañera. (no veais la cara de mi hija cuando lo oyó la primera vez. Después, se identificó con la idea y ella misma comenzó a cambiar),
Un día, le dije que teníamos muchas ganas de invitarla a merendar. Si hubiérais visto el brillo de esos ojitos. ¿Su respuesta?: A mi mamá lo que le gusta es el té ¿tú puedes hacerle un té?
Unos días más tarde, en la puerta del aula, cuando llegamos nos esperaban ella y la maestra. Al parecer el día anterior habían discutido por unas tijeras y la maestra quería que se disculpara con mi hija. La niña no quería. La maestra de pedagogía terapeútica trataba de ayudar instándola a pedir perdón, pero la niña se negaba. Mi hija, atrapada y sorprendida, mochila al hombro aún, decía sin que nadie la escuchase que ella ya la había perdonado.
La niña cerraba los ojos tratando de escapar de la situación. La profesora le decía que eso no le iba a salvar de pedir disculpas. Y ella negándose en rotundo a hacerlo se bloqueaba cada vez más.
¿Qué se podía hacer? Empatizar. Simplemente.
- Estás muy triste ¿verdad?
-Si...
-¿Te sientes muy mal por lo que hiciste y no quieres hablar de ello...?
-Si...
-No pasa nada. A todos nos salen mal las cosas algunas veces. Nos enfadamos demasiado y molestamos a los demás. A los mayores también nos pasa. Pero luego, cuando nos damos cuenta, nos disculpamos y ya está. Tú eres una niña buena, pero te salieron las cosas un poquito mal ayer¿verdad?
-Siii . Perdón (suavecito y sincero). - Y se abrazaron."
No sé cómo fue ese día para las dos niñas, pero seguro que más sencillo que si hubiera comenzado con un castigo y una niña llorando y culpando a la otra de su disgusto.
martes, 10 de noviembre de 2015
NUEVO SERVICIO DE APOYO A LAS FAMILIAS ADOPTANTES EN TENERIFE
Durante años he hablado de lo abandonados que podemos sentirnos los padres adoptivos ante las dificultades que aparecen en numerosas ocasiones con nuestros hijos. La institucionalización es como un flotador que recoge a los pequeños que flotan en el proceloso mar del abandono; el físico, el emocional, ambos...Pero ese flotador es áspero y duro. Y deja heridas. Algunas de ellas profundas, como ya sabemos bien.
Nuestras vidas están sometidas al escrutinio de las autoridades. Nos sentimos juzgados y vigilados y debemos soportar la invasión ajena en la intimidad más profunda de nuestras relaciones familiares. Y la queja común siempre es la misma: ¿para qué tanta intromisión si no existe una respuesta adecuada a las dificultades?
Pero de repente, ayer, ocurrió algo que me pareció asombroso. Cuando sonó el teléfono y alguien al otro lado se presentó como un funcionario de Asuntos Sociales, pensé que de nuevo, iban a requerirme algún documento o informe relativo a nuestra marcha familiar. Me equivocaba. Se está poniendo en marcha un servicio de acompañamiento y ayuda a las familias adoptantes en Tenerife, mi comunidad y me llamaban para informare directamente de ello y para invitarme a utilizar sus recursos.
No os imagináis cómo me sentí. Aún a la espera de saber cómo funcionará el servicio, en qué se concretará la ayuda y si responderá a las necesidades reales, me sentí como una niña el día de reyes, sentada ante la caja de regalo empaquetada en la que cree que encontrará un deseo largo tiempo esperado.
Es como agua en el desierto. De pronto, tras la gris y dura fachada del organismo oficial, se asoman las ideas y los proyectos de personas que realmente apuestan por mejorar las cosas. Y en mi caso particular, navegando entre terapias, proyectos de apoyo y un esfuerzo permanente por construir para mi hija una vida mejor, una ayuda inesperada, gratuita y ofrecida de forma generosa se convierte en una luz. Y mientras averiguamos cuánto calor podrá darnos, disfrutaremos de la esperanza que emana de ella. Quiero creer que las cosas pueden cambiar, creer en las personas que están detrás de la burocracia y creer que un día, miraremos atrás y nos asombraremos de lo que hemos avanzado.
Sé que hay comunidades que no disponen de apoyos ni ayudas, igual que la nuestra hasta el momento. Pero creo, que hay que pedir, solicitar y presionar sin descanso hasta que nuestras quejas y proposiciones lleguen hasta alguien que crea que es posible. Solicitar reuniones con los directores de área, exponer ideas y quejas. Nos os sintáis nunca demasiado pequeñas para intentar cambios. Yo misma lo hice y quizás mi granito, mi petición, sirviera de algo.
Cuando los niños y sus familias comienzan su recorrido juntos, es importante saber que las dificultades pueden aparecer y que eso forma parte de la normalidad. Que no es una rareza y que nuestro hijo no es peor que los demás, ni nosotros, peores que los otros padres. Y por ende, es imprescindible conocer que existe una manera de avanzar aprendiendo, con ayuda, a sortear, enfrentar y superar esas dificultades.
Hay que dejar de vivir la adopción creyendo que hay que ser superpadres que pueden con todo por sí mismos. Dejar de sentir que necesitar ayuda es una muestra de fracaso o de incapacidad personal. Que existan organismos de apoyo que estén disponibles "de oficio", que acompañen con normalidad y de forma constante evitaría quizás algunas de las dolorosas adopciones truncadas que tantas víctimas dejan tras de sí. Y mucho sufrimiento también. Porque hay pocas cosas más dolorosas que sufrir en abandono un problema que podría mejorar de contar con la ayuda adecuada.
Nuestras vidas están sometidas al escrutinio de las autoridades. Nos sentimos juzgados y vigilados y debemos soportar la invasión ajena en la intimidad más profunda de nuestras relaciones familiares. Y la queja común siempre es la misma: ¿para qué tanta intromisión si no existe una respuesta adecuada a las dificultades?
Pero de repente, ayer, ocurrió algo que me pareció asombroso. Cuando sonó el teléfono y alguien al otro lado se presentó como un funcionario de Asuntos Sociales, pensé que de nuevo, iban a requerirme algún documento o informe relativo a nuestra marcha familiar. Me equivocaba. Se está poniendo en marcha un servicio de acompañamiento y ayuda a las familias adoptantes en Tenerife, mi comunidad y me llamaban para informare directamente de ello y para invitarme a utilizar sus recursos.
No os imagináis cómo me sentí. Aún a la espera de saber cómo funcionará el servicio, en qué se concretará la ayuda y si responderá a las necesidades reales, me sentí como una niña el día de reyes, sentada ante la caja de regalo empaquetada en la que cree que encontrará un deseo largo tiempo esperado.
Es como agua en el desierto. De pronto, tras la gris y dura fachada del organismo oficial, se asoman las ideas y los proyectos de personas que realmente apuestan por mejorar las cosas. Y en mi caso particular, navegando entre terapias, proyectos de apoyo y un esfuerzo permanente por construir para mi hija una vida mejor, una ayuda inesperada, gratuita y ofrecida de forma generosa se convierte en una luz. Y mientras averiguamos cuánto calor podrá darnos, disfrutaremos de la esperanza que emana de ella. Quiero creer que las cosas pueden cambiar, creer en las personas que están detrás de la burocracia y creer que un día, miraremos atrás y nos asombraremos de lo que hemos avanzado.
Sé que hay comunidades que no disponen de apoyos ni ayudas, igual que la nuestra hasta el momento. Pero creo, que hay que pedir, solicitar y presionar sin descanso hasta que nuestras quejas y proposiciones lleguen hasta alguien que crea que es posible. Solicitar reuniones con los directores de área, exponer ideas y quejas. Nos os sintáis nunca demasiado pequeñas para intentar cambios. Yo misma lo hice y quizás mi granito, mi petición, sirviera de algo.
Cuando los niños y sus familias comienzan su recorrido juntos, es importante saber que las dificultades pueden aparecer y que eso forma parte de la normalidad. Que no es una rareza y que nuestro hijo no es peor que los demás, ni nosotros, peores que los otros padres. Y por ende, es imprescindible conocer que existe una manera de avanzar aprendiendo, con ayuda, a sortear, enfrentar y superar esas dificultades.
Hay que dejar de vivir la adopción creyendo que hay que ser superpadres que pueden con todo por sí mismos. Dejar de sentir que necesitar ayuda es una muestra de fracaso o de incapacidad personal. Que existan organismos de apoyo que estén disponibles "de oficio", que acompañen con normalidad y de forma constante evitaría quizás algunas de las dolorosas adopciones truncadas que tantas víctimas dejan tras de sí. Y mucho sufrimiento también. Porque hay pocas cosas más dolorosas que sufrir en abandono un problema que podría mejorar de contar con la ayuda adecuada.
jueves, 15 de octubre de 2015
La medida de un niño.
Siempre digo que para mi los años comienzan en septiembre. Primero, porque durante muchos años era el principio de mis propios retos como estudiante. Y ahora, porque es cuando mis hijos se ponen también en marcha, respecto a sus cursos escolares. Y por eso, es el momento de ordenarse mentalmente para afrontar los nueve meses de recorrido de la mejor manera posible.
Recuerdo cuando mi hijo mayor empezó el colegio. De pronto, mi pequeño que, hasta ese momento había sido, por decirlo así, solo mío, empezó a ser además, de la vida. Parece una tontería, dicho así, pero no lo es. Cuando los niños entran en el colegio, aparecen en su vida personas con autoridad para decidir sobre ellos en muchos aspectos. De pronto, dejas de saber todo lo que pasa en su día a día y comienza a forjarse un espacio privado en el que los niños crecen y aprenden fuera de la sombra materna. Es lo adecuado. Pero, si no han ido a guardería en cuyo caso ya se habrá vivido esto anteriormente, hay que hacer un proceso importante de delegación. Y para hacerlo bien y que esto funciones hay que tener una clave, una herramienta imprescindible: la confianza.
Hay que confiar en los profesionales que están a cargo de la educación de nuestros hijos. Hay que confiar en el sistema que los coloca ahí. Hay que confiar en que todo es como debería ser. Y no siempre es sencillo. Porque, lamentable y aterradoramente, no siempre el sistema funciona como debería.
Cuando nuestros hijos no tienen dificultades encajan suavemente en el mecanismo escolar. Normalmente pasan por los cursos afrontando las posibles dificultades con sus propias armas y nuestro respaldo. Es simple. Solo hay que acompañarles y escucharles atentamente para que todo vaya bien.
Pero cuando nuestros niños no son la pieza exacta que el engranaje requiere, empiezan los problemas. Mi pequeña y yo sabemos mucho de eso. Y a base de disgustos y peleas he aprendido algo que quisiera compartir, para que sirva de ayuda si es necesario.
Cuando mi niña enfermó, con tres años y medio, empezó "el baile". Enferma o no, acudía a clase como los demás. Faltaba mucho, claro, pero se debía ajustar a los protocolos como un niño más. El curso acabó, pero nuestro periplo acababa de empezar.
No voy a hablar de nuevo de todo lo que sucedió, pero cuando llegó septiembre y el curso comenzaba otra vez, mi hija ya no era la misma. Sometida a un tratamiento de corticoterapia brutal, acudía al colegio cada día, arrastrándose detrás de un horario que se le quedaba graaaande. Y yo, me pasé el año quejándome a la directora, a la tutora, a la profesora, a todo el que me prestase atención...Decía que para la niña eran demasiadas horas, que estaba muy cansada, que era un sufrimiento para ella demasiado grande...¿La respuesta? Se encogían de hombros. Era algo irremediable y había que aguantarse. Mi hija faltaba mucho, claro. Había que tratar de darle un respiro, pero era muy difícil.
En los médicos era parecido. La niña estaba muy irritable, impaciente, con tremendos cambios de humor. En el colegio esto, no podía ser se otra manera, le acarreaba problemas de relación con compañeros y profesores. Y de nuevo, encogimientos de hombros. Yo sospechaba que era el tratamiento, pero nadie "se mojaba" y las cosas iban quedando así, en el limbo de lo irremediable.
Os aseguro que no soy una persona que se conforma. Ni que abandona jamás una batalla. Pero aún así, no conseguía que nadie determinase nada en favor de mi niña.
Han pasado tres largos años. Tres años que paradójicamente, han volado. Mi niña ya no toma corticoides y su comportamiento ha mejorado ostensiblemente. Resulta que un tratamiento agresivo con cortisona puede incluso producir psicosis. ¡Qué sorpresa! O más bien, no. Y ¿sabéis? Aunque saber eso no hubiera cambiado lo que mi hija y nosotros, sus padres y su hermano, pasamos, os aseguro que lo hubiera vuelto más sencillo. Comprender el porqué de las cosas siempre ayuda a posicionarse y reaccionar con cordura.
Pero a lo que iba... porque hoy de lo que quiero hablar es de nuevo del entorno escolar.
Tras todo este tiempo de aguantar como algo irremediable la situación descubrí como suele pasar, de manera casual, que las cosas podían ser de otra manera. La escuela, me vais a permitir la generalización aunque soy consciente de que hay honrosas excepciones, no suele estar abierta a cambios que supongan diferenciaciones entre alumnos. Lo que mejor funciona desde el punto de vista de la institución es la homogeneidad. Lo entiendo. He trabajado con niños. Pero detrás de ese muro aparentemente infranqueable se esconden muchas otras posibilidades.
Mi hija se dormía en clase a diario. Extenuada, caía sobre la mesa. Sus compañeros cuando se daban cuenta corrían a quitarle las gafas para que no se las clavase. Así podía permanecer una hora o más. Al despertar, se le habían dormido las manos porque sobre ellas apoyaba la carita. Cuando yo la recogía, de mi pequeña quedaba solo un recuerdo. La persona que salía, arrastrándose, del aula era una versión muy distinta de la que entraba. Agotada, con mal cuerpo y peor humor. Enfadada y desubicada llegaba a mí sin ganas de nada. Ni de hablar, ni de andar, ni de comer...este último aspecto empeoraba con el paso del curso, convirtiéndose en un problema de bastante envergadura.
Pero este año las cosas han cambiado. Con siete años, he logrado para mi hija una reducción de horario. Previo informe médico, el colegio ha solicitado este cambio a la inspección. Ha sido algo sencillo. Sorprendentemente sencillo. Ahora sale antes del colegio, a tiempo para comer en casa y acostarse en su cama a descansar.
Y estoy contenta. Pero además estoy enfadada. Enfadada por todos los años de sufrimiento que mi hija y yo hemos padecido. Enfadada con los médicos que no recomendaron esa medida a tiempo; enfadada con el colegio, que no fue capaz de indicarme que esa posibilidad existía y me dejaron creer que no tenía más remedio que soportar; y enfadada conmigo misma por no haber plantado batalla antes, por no haber sabido ver antes lo que había que hacer.
Mi hija está enferma y aún así, el sistema la ha atropellado miserablemente esperando a que una madre, abrumada por las circunstancias, encontrase ella sola el camino. Pero ¿y qué ocurre con otros niños que, por otros motivos también son atropellados?
Por ejemplo, los pequeños recién llegados a sus familias de adopción, tratando de acostumbrarse a su nueva vida, que son escolarizados según su edad, sin tener en cuenta nada más. Es una brutalidad y una falta de sensibilidad que simplemente mira, como siempre, por el interés de la institución que debe seguir rodando sin detenerse. Nadie, espontáneamente, va a hacer un informe recomendando el atraso de la escolarización o la incorporación paulatina, o la adaptación curricular... Pero los padres, observadores de las necesidades reales de sus hijos, pueden buscar el respaldo profesional que les avale ante los colegios y tratar de conseguir lo que realmente, sea más adecuado, más sano y más respetuoso con los niños. Un poco más a su medida.
viernes, 9 de octubre de 2015
¿Cuándo acaba la infancia?
Ya hemos arrancado de nuevo. La vuelta al cole es como poner un trailer en marcha...empujándolo. Lo más difícil es que comience a rodar; luego todo es más sencillo.
El tiempo que vuela desesperadamente nos ha dado otro empujoncito y mi hijo mayor empieza ya su primer curso de ESO. El instituto. Aunque ahora, con la nueva ley que decidió que con once años ya están creciditos para abandonar el refugio de un colegio para niños, salen al mundo casi sin hacer. De pronto, deben dejar de ser niños para convertirse en adultos en rodaje.
No comprendo esta prisa que empuja a los niños a dejar de serlo cada vez más pronto. La madurez debe llegar suavemente, como el color a un melocotón que madura en el árbol. No, como esa fruta arrancada antes de tiempo que llega verde a nuestros fruteros. Once años es la edad del descubrimiento. De ir viendo poco a poco como la vida se llena de matices que antes no veíamos. Sin apuros, sin tener que demostrar que de repente, estamos listos para afrontar retos demasiado duros. Sin perder la alegría de la inconsciencia infantil, del luego libre, de la incomparable posibilidad de perder un poco el tiempo, de hacer el tonto con los amigos sin trascendencia alguna...
Y sin embargo, arrastramos a nuestros pequeños hombrecitos o mujercitas, a un mundo que sin previo aviso, se vuelve más duro y más exigente. Demasiado.
Es verdad que hay que ir aprendiendo responsabilidad, que crecer implica algunas renuncias, que la vida es una batalla en la que hay que ir aprendiendo las diferentes estrategias que necesitaremos para salir adelante en ella. Pero hay un tiempo maravilloso e irrepetible que no se puede dejar pasar sin ser conscientes de él. Cuando era una niña, mi hermano, un año mayor que yo, me regaló una vez un póster que decía: La infancia es un lugar sin tiempo, donde los minutos no cuentan y las horas pasan, dulcemente, compartiendo las cosas más simples.
Así es. Simple y sencillamente. La infancia es el momento de construcción de la capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Una capacidad que definirá en el futuro nuestra capacidad para ser felices.
Mi hijo es feliz. Su capacidad de adaptación es enorme y su flexibilidad mental también. Quizá porque hasta ahora, su vida ha sido libre y cómoda. Sin demasiadas normas, con mucho tiempo para jugar y compartir con amigos. Con largas horas juntos, disfrutando de nuestra intimidad especial y maravillosa. Su paso al instituto ha supuesto para él un paso hacia la vida adulta que se le antoja como algo atractivo e irresistible. Es precioso verle convertirse en el hombre que un día será.
Pero desde fuera, veo su jornada interminable. Largas horas de clase que parecen quedarse cortas porque se prolongan con tareas que requieren horas y horas de dedicación al llegar a casa.
Y mi pregunta al aire es...¿en qué parte de la programación de los cursos se tiene en cuenta la necesidad de un niño de jugar? ¿De decidir qué hacer con su tiempo sin alguien que se lo dirija expresamente? En todos esos estudios modernos que teóricamente analizan el desarrollo emocional y lo tienen en cuenta ¿de qué manera es compatible un planteamiento en el que todo el tiempo de vigilia de un niño se dedica a la instrucción académica con la idea de que la inteligencia emocional y el bienestar psicológico de un niño son tan importantes como su formación escolar?
Mi hijo es un buen estudiante. Tiene el privilegio de una mente rápida, un cerebro brillante y ávido de aprender. Y sin embargo...cuando veo sus ojeras y su carita cansada; cuando me pide que le acompañe un ratito en la cama porque apenas nos vemos...cuando le veo aún tan pequeño con sus once años me pregunto en qué momento hemos olvidado que la infancia nunca vuelve y que con once años, diga lo que digan los sucesivos planes de educación que nos regalan los gobiernos, aún no eres nada más y nada menos que un niño.
Igual que todos los miles le pequeños que, como él, se esfuerzan a diario en cumplir los retos que los adultos les ponemos. Nuestros pequeños niños sin tiempo.
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