lunes, 14 de octubre de 2013

Magdalenas para las penas.

Cosas que hay que saber antes de cocinar unas magdalenas:

Las magdalenas tienen personalidad propia. A veces están de buen humor y se prestarán al bocado, tiernas y jugosas.
Otras veces, no. Definitivamente, no.
Y no importa el empeño o el cariño que le pongas al asunto. Al final tendrás algo parecido a unos bollos aplastados.
Si el supuesto número uno concurre, cómetelas cuanto antes, no sea que cambien de opinión quedándose duras al menor descuido.
Si se da el supuesto número dos...un buen tazón de leche con colacao para mojar, y ve inventando un nombre para tu nueva receta.

 Ingredientes:

  250 gr de harina
- 250 gr de azúcar
- 75 ml de aceite de girasol
- 125 ml de nata
- 1 sobre de levadura
- 3 huevos
- La ralladura de 1 limón

Pensareis que me he vuelto loca. De pronto, una receta de cocina. Con sus ingredientes y todo. Pero es que así es como veo la vida ahora. Hacemos nuestro menú y esperamos conseguir los ingredientes necesarios para realizarlo. Y empezamos a buscar.  Una pareja, una casa, un trabajo, unos amigos, unos hijos...cada cual tiene su propio menú en mente. No esforzamos en conseguir todo lo necesario para cocinarlo. Y por supuesto, también esperamos que después, al comerlo, nos sepa rico, nos siente bien.
La receta de las magdalenas es muy sencilla. Y por eso es nuestra favorita en las tardes caseras. Es cuando mis niños se ponen manos a la obra removiendo y mezclando, rellenando y sobre todo, esperando asomados a la ventana del horno a que se produzca el pequeño milagro. Unos minutos y todo aquello que un momento antes eran partes separadas y diferentes, se convierte en algo sólido, ligado para siempre.

Los ingredientes los tenemos, pero como todo el que ha cocinado alguna vez sabe,  las magdalenas no siempre salen bien.

Cuando Ella llegó, pensamos que el ingrediente que nos faltaba para concluir nuestro pastel estaba al fin en casa. Lo teníamos todo. Y habíamos hecho magdalenas tantas veces... Pero curiosamente, la receta no acababa de funcionar. A veces la masa no subía. A veces se quemaban por encima. En ocasiones quedaban crudas por dentro. Y otras, eran tan duras como piedras.

La verdad es que un buen cocinero se da cuenta en seguida cuando algo falla en la receta. Y eso hice yo. Llevaba muchos años como madre a mis espaldas. Y había hecho más de un máster en educación infantil. Pero de esos de verdad, de los de noches en vela y juegos en la hierba. No en vano mi primer hijo era uno de esos pequeños que parecen tener el secreto de la energía inagotable corriendo por su venas. Siempre ideando alguna trastada, siempre dispuesto a dar una vuelta de tuerca más a la paciencia maternal. Pero sin embargo, todo fluía.

Repasamos la receta una y mil veces. Hablamos con vecinas cocinillas, coon aficionados a la repostería de diferente pelaje, leímos sesudos tratados de cocina perfecta...Vamos que nos dejamos las pestañas entre papeles y pantallas. Pero no había manera.

Nuestro nuevo ingrediente no se integraba bien en la masa.

Ella era tan diferente a todo lo esperado que las herramientas que tan cuidadosamente utilizábamos no funcionaban como debían. Y empezamos a buscar ayuda profesional.

Mientras tanto, mientras nuestras magdalenas volvían a subir, nos comimos las que nos ofrecieron quienes nos quieren. Pocas personas, pero muy grandes. Las que nos enviaban su amor, su comprensión,  la escucha sin medida a veces impagable, su ayuda, su orientación, su mano...Sus magdalenas para las penas que nos supieron y nos saben todavía, a gloria bendita.

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Cosas que he aprendido en este periplo 1:

1: Una cesta de magdalenas no la regala cualquiera. 




viernes, 11 de octubre de 2013

El hilo de Ariadna

Ha pasado más de un año.
Y parece que el tiempo se ha vuelto del revés, alterando su esencia para poder parecer al mismo tiempo tan largo como un caminata bajo el sol y tan breve como la sombra de una nubecilla en el desierto. Una extraña paradoja.

Un año sin escribir, un año sin leer, un año sin mirar más allá que el siguiente paso que había que dar. Un pie delante. Otro pie delante. Caminar.

Ha pasado más de un año y a veces me parece que sigo allí, en aquel momento, en un verano que supuso el fin y el principio de mi vida. De nuevo una paradoja: algo que ha dejado de ser algo sorprendente para hacerse recurrentemente real.
Eso es lo que ocurre cuando la vida cambia drásticamente de dirección y todos los valores se funden, se confunden y se redeterminan. Eso es lo que ocurre cuando descubres que esa niña pequeña que te coge la mano cuando tiene miedo, la que no puede dormir de noche sin su maltrecha tortuguita de trapo, la que se ríe con todo el cuerpo y te dice te quiero con lengua de chocolate...que tu hija de cuatro años tiene una enfermedad rara, crónica y grave.

En realidad no podría decir que ocurrió de repente. Las cosas ya hacía tiempo que se habían vuelto difíciles. La realidad parecía cada vez más incomprensible, menos asumible.Yo luchaba contra viento y marea por inundar de normalidad una vida que cada día lo era menos. Poco a poco la oscuridad se fue acomodando sobre nosotros. La desesperanza y el miedo se conviritieron en compañeros inseparables. La vida parecía haberse transformado en un lugar inhóspito y lleno de sombras.

Pero será mejor empezar desde el principio. La única manera de ordenar y examinar de nuevo cada paso que dimos por ese laberinto sin fin en el que nos introdujimos sin brújula ni mapa. Tan solo un hilo tenue, liviano y sencillo nos mantenía asidos a la realidad, a la vida: la imparable vitalidad de  nuestro hijo mayor que inasequible al desaliento vivía como siempre haciendo de cada instante una oportunidad para sentir de nuevo la vida tal como solía ser; vibrante y llena de fé.

Hoy vuelvo a escribir. Para ponerle nombre a las cosas. Para respirar al aire libre de las emociones abiertas. Para conjurar fantasmas.

miércoles, 27 de junio de 2012

Horror en el comedor II

Un nuevo post para comentar acerca del anterior que hablaba de los problemas de alimentación o más bien, de los problemas de actitud en la mesa de algunos niños.

Os contaba el método que pusimos en funcionamiento cuando las cosas comenzaron a ir mal en la mesa con mi hija pequeña. Y hoy, unas semanas más tarde, quería comentar cómo han ido las cosas.

Para empezar, a las madres y padres que lo están pasando mal con este tema, tengo que animarles de forma rotunda: las cosas pueden cambiar.

Como muestra un botón. Mi hija pequeña es todo carácter. Una tanqueta que suave pero imparablemente va recorriendo sus días con la voluntad de hierro de un luchador de sumo. Esto que puede ser una gran ventaja en algunos aspectos, en otros es sencillamente tremendo. En la mesa, por ejemplo. Cuando comenzó a comer mal nos pilló por sorpresa. Hasta unos días antes, comer era su placer principal. Pero de pronto, todo eran problemas ante el plato. Se acercaba con mala cara, comentaba lo fea que era la comida e informaba de que no pensaba comérsela. A partir de ahí, comenzaba el despliegue: persuasión, distracción, regañinas y en fin, tensión. En poco tiempo el problema se convirtió en oficial. La niña no comía. ¿Porqué? Después de analizarlo mucho llegamos a una conclusión; porque no le venía en gana. Increíble pero cierto, la mesa se había convertido en su campo de batalla, donde se medía y donde descubría su poder sobre mí, que era quien más se preocupaba y más nerviosa se ponía. Los celos con su hermano, fueron el catalizador que le dieron forma al conflicto. El mayor ocupaba la mayor parte de la atención con sus chascarrillos y sus comentarios a la hora de comer. Ella se convirtió en protagonista cuando dejó de comer. Y con el paso de los meses, creció mi angustia al ver en lo que se habían convertido las comidas en casa, hasta entonces el momento del encuentro familiar, de comentar el día, de reirnos juntos. Ahora eran el rato más tenso de la jornada. Llegamos a pensar en ponerla a comer aparte para evitar que la tensión afectara a todos los demás. No llegamos a hacerlo, demasiado acostumbrados a compartir en familia, sin tele ni distracciones.

Hace unas semanas la situación era insostenible. La niña adquiría cada vez más habilidad en su batalla personal contra mis menús. Ya no sabía que poner en su plato. Todo era rechazado firmemente. Escupía cualquier cosa. Hacía arcadas ante cualquier cosa que no fuera pan o patatas fritas. O dulces. Un día se atragantó. Tenía que ocurrir dado que cualquier cucharada que le diera era recibida con una llantina a gritos. El mal rato que pasó ella fue histórico. El que pasé yo no tiene nombre. Por un momento terrible, toda mi vida pasó ante mis ojos viendo a la pequeña ponerse colorada sin respirar. Por supuesto cuando el susto pasó, los abrazos y llantos (míos en este caso) fueron abundantes. Y se lo aprendió. A partir de ese momento, cuando llegaba la hora de comer trataba de atragantarse haciendo ruidos extraños con la lengua mientras me miraba y me decía, "mira mamá, lo que me pasa". Hubo un momento en que me pregunté si habría desarrollado algún problema de masticación de deglución, pero claro, no existe problema que se produzca con un lenguado fresco y no con una tarta de bizcocho. Lo mismo ocurrió con el vómito. Ante mi atónita mirada, después de una vomitona tras la que se hizo con el control de la mesa, empezó a repetir el hecho.

Pero ahí empezamos a hacer las cosas bien. Hubo que pararse y reflexionar. Alejarse emocionalmente del problema para analizar sus causas profundas y buscar estrategias. Ponerse de acuerdo toda la familia ante la actitud a tener y ponerse manos a la obra. Os lo contaba con detalle en "horror en el comedor", un post anterior. El tema de los atragantamientos y las vomitonas tuvo curiosamente una solución muy sencilla. Aunque a mí se me hiciera muy costosa. Comencé a fingir que no me afectaba nada. Cuando empezaba a hacer arcadas y me decía "mira mamá, voy a vomitar", yo seguía con lo mío, me volvía para que no me viera cara de preocupada y le decía; ·"ah, vale. Pues nada, cuando acabes me avisas y sigues comiendo ¿vale?". Con los atragantamientos fue lo mismo, pero más duro para mí, que casi me muero del miedo. Cuando comenzó a mover la comida hacia su garganta buscando el efecto deseado la miré tranquilamente y le dije "¿te vas a atragantar? Uf, qué mal lo vas a pasar". Y me puse donde no me viera, en este caso detrás de ella, vigilándola angustiada y rezando para que dejase de hacerlo. Y funcionó. No ha vuelto a hacerlo más. Ha probado con alguna arcadita, pero como no hay reacción,  la comida sigue su curso, no lo ha hecho más.

Ahora, somos muy rigurosos con el método. No la obligamos nunca, la ayudamos cuando vemos que es cansancio pero acepta la comida a gusto. La raciones son pequeñitas pero con preparaciones normales, tal como las comemos los demás. Hablamos con ella mucho cuando come tranquila. Y su actitud es radicalmente distinta. No hablamos con ella de la comida antes de comer ni durante la comida. No entramos en el juego de "no me gusta, pero si está muy rico, pues no lo quiero". Se le pone y cuando empieza a protestar no recibe atención. Ella sola, ante la comida, decide finalmente probar lo que tiene delante y casi siempre se lo acaba comiendo. Su actitud es otra. Ya no se acerca como si fuera un combate. Aunque sigue estando siempre alerta por si el menú no es de su agrado, las comidas han vuelto a ser agradables y amenas. Cuando terminamos de comer, todos los días, comentamos en alto. "¿Os habeis dado cuenta lo bien que se porta nuestra niña en la mesa? No llora, no se enfada y come solita como una niña grande" A lo que ella contesta: "Siii, un aplauso para miiii..." . :-))

Probad el sistema si teneis niños que comen mal. Pero sed constantes, alejaos del problema emocionalmente (o sea no os angustieis, que no se mueren de hambre ni mucho menos, ni les entra desnutrición sin durante los primeros días comen muy poco), y no les deis caprichos entre horas. Vereis qué cambio. Ah, y espero que si lo conseguís me lo conteis. Me encantará saber que a otras familias también les ha funcionado.

El verano ya llegó.

Ya están en casa. Se acabaron las obligaciones escolares y los peques están en casa, llenándolo todo, haciendo brillara cada rincón de la casa. Estaba deseando este momento, El de que sean mios todo el rato, sin tener que someterme a la voluntad ajena, a los horarios a veces insoportables, a las exigencias de tareas y estudios...soy un poco mamá gallina, lo sé. Pero crecen tan deprisa que quisiera aprovecharles todo el tiempo posible. Y ellos, se dejan querer.

Hasta que aparecen...¡los amigos! Cuando salimos a la piscina los tres solos, se establece un momento precioso de intimidad. Jugamos, nos reimos, y disfrutamos juntos. Pero en cualquier momento llegan los amigos. Mejor dicho: Los Amigos, con mayúsculas. Esas personitas que se han convertido en el referente de mis hijos, especialmente del mayor que ya está en edad de admirar a otros. En ese preciso instante, yo sufro una metamorfosis maternal: me convierto en La Portadora. Un cargo importante, imprescindible más bien, pero poco apasionante. Consiste básicamente en llevar las toallas, las cholas, las cremas, los manguitos, las pistolas de agua, la sombrilla, la pelota, los yogures y alguna cosa más, de aquí para allá. A veces, hasta me llevo un libro ¡optimista que es una! porque entre los "mira mami, lo que hago", y los "mamáaAAA...Fulanito me salpicóoooo...", nunca consigo abrirlo.

Me desvanezco y eso me da una oportunidad de oro de ver a mis hijos crecer. De ver cómo juegan en grupo y observar cómo se aprende a vivir jugando.

martes, 26 de junio de 2012

MIs pequeños héroes.

Hoy ha sido un día importante en la familia. Era el día de entrega de notas en el cole. Mis pequeños estaban impacientes por acudir a por ellas. El mayor, ya consciente de  lo que significan, para comprobar definitivamente si su esfuerzo había dado los frutos deseados. Y mi pequeña porque se había contagiado de la emoción del mayor. Es un espejito que reproduce a su hermano haciendo las mismas cosas pero en pequeño, adaptadas a su talla y a su lengüita de ratón.

Los dos esperaban ansiosos también el pequeño regalo que les esperaba como premio a tanto trabajo. Lo habían escogido después de mucho pensar y lo tenían aparcado junto a la puerta, esperando el momento de abrirlo al fin. Un premio merecido, porque el año ha sido duro para los dos. Cada uno ha tenido que escalar sus propias montañas. Ella comenzando la aventura escolar, peleando como una campeona, consiguiendo sus metas, con su forma particular de hacer las cosas, pausada pero imparable. El, con su primer acercamiento a la realidad académica del estudio, haciéndose mayor, aprendiendo a aprender en serio.

Mis hijos son los afortunados alumnos de un pequeño colegio. Un mundo aparte, alejado de la masificación y de la despersonalización, donde el día a día es la pauta de relación con los profesores. Un colegio con solo dos aulas, en las que el aprendizaje se firma con nombre y apellidos. En las pequeñas aulas, los niños y los profesores se convierten en familia. Los profesores conocen a los niños en clase y en casa. Comparten con los padres alegrías y sinsabores diarios. Saben de mocos nocturnos, de pesadillas o de celos. Cuidan de los niños como si fueran propios. Una lotería de la que disfrutamos consiguiendo además, el mejor nivel de la zona escolar. Un ambiente que supone para mí, que lo analizo todo, la tranquilidad de saber que nada pasa desapercibido, que siempre hay alguien dispuesto a ayudar si hace falta.

Hoy los niños se abrazaban a sus profesoras. Un diploma, un poema de agradecimiento por su cariño de parte de la profesora, unas chuches...Y un rato de charla en el que hacer sentir a los pequeños que su trabajo del año ha valido la pena. A los niños...y a nosotros, que también nos hemos esforzado lo nuestro.

Con sus notas relucientes, sus sonrisas enormes y satisfechas, nos han pintado en la cara el orgullo de ser sus padres...aún más si cabe. Porque para los dos ha sido un año complicado. Hemos tenido sustos y disgustos. Tropezones y alguna zancadilla de la vida. Pero ambos se han levantado y han seguido adelante fuertes y felices. ¡Qué poco parece una pistola de agua y una cámara de juguete para premiar tanto esfuerzo! Pero a ellos...les ha encantado. Mis héroes. Cuánto tengo que aprender de ellos. Qué bien que tengo todo el verano para disfrutarlos !!!

viernes, 22 de junio de 2012

Cuando los niños no vienen bien.

Cuando una mujer está embarazada hay una frase que es recurrente en las conversaciones: "yo lo único que quiero es que venga bien". Una frase sencilla que encierra sin embargo un contenido muy grande. En la vida de un feto hay muchas cosas que pueden ocurrir, muchos momentos delicados, muchos riesgos...la vida es un milagro de la fortuna. Un reto de perfección que la evolución trata de perpetuar. Cuando se conocen los riesgos, el milagro parece aún mayor.

Cuando adoptamos, salvo que hayamos decidido ser padres de niños con dificultades especiales, también deseamos lo mismo: que el niño venga bien.

Pero esto, en los dos casos, no siempre se cumple. Hoy quisiera hablar de esos casos en que los niños llegan con problemas de salud.

En el caso de la maternidad biológica, un buen número de problemas son detectados a lo largo de la gestación. Otros, al nacer. En cualquier caso, una mala noticia que cambia drásticamente las espectativas de los padres.

Pero me gustaría hoy centrarme en el tema de los niños adoptados. Anteriormente hablé de los riesgos que en este sentido lleva aparejada la adopción internacional (y la nacional también, aunque en otra medida). Los padres conscientes deben conocer estas circunstancias antes de emprender los trámites preadoptivos. Existen completos estudios que recogen de forma clara algunos de estos riesgos sanitarios aclarando las dudas posibles o dando una buena orientación al respecto. Uno de ellos es el de "SALUD EN ADOPCIÓN. GUÍA PARA FAMILIAS, CORA" que describe algunos de los problemas más recurrentes en la adopción: trastornos hipercinéticos, trastornos del vínculo, alteraciones en el lenguaje, trastornos del sueño y la alimentación y síndrome de alcoholismo fetal.

Cuando se realizan los trámites preadoptivos los padres deben decidir para qué se consideran preparados. Se refiere este punto al tema de la salud. Los padres reflexionan y deciden si están preparados o no para ser padres de un niño o niña con alguna alteración de la salud física o mental. La mayor parte de las solicitudes se decantan por niños sanos o con enfermedades recuperables. Pero algunas familias optan por ofrecer su amor y una familia, a niños con dificultades especiales. Una decisión que nunca debería estar influida por la mayor agilidad que el proceso tiene en estos casos ya que conlleva un cambio de perspectiva en lo que será la vida familiar, muy drástico en algunas ocasiones.

Llegados a este punto, cuando se adopta, se asume que lo que ocurra después nos ocurrirá a todos. Al niño y a sus padres. Y ocurre en más ocasiones de las que se supone, que aparecen importantes problemas indetectados de salud que provocan una debacle emocional en los padres recién estrenados.

Los embarazos no controlados, no deseados, los partos difíciles, las condiciones de nacimiento desfavorables...los problemas neurológicos no son ninguna rareza. Y, cuando los niños adoptados lo son cuando aún son bebés, son dificilmente detectables.

A veces, los padres sienten que algo no va bien desde el primer momento. Otras veces es al llegar a casa cuando se comienzan a detectar los problemas. El paso del tiempo revela otros. Pero en todos los casos, el descubrimiento de la enfermedad, síndrome, lesión, etc, supone un duro golpe para los padres.

Y aquí, como en casi todo lo que acontece con las familias adoptivas, hay matices que pueden dificultar más si cabe la situación.

En el caso de los niños recién llegados, el descubrimiento de una enfermedad o limitación importante se puede convertir en una dificultad más en el proceso de vínculo y apego. Asumir que se tiene un hijo con limitaciones que podrán ser graves o no, es más duro cuando aún no ha llegado el momento del amor completo y entregado que comparten las familias ya constituídas.

Por otra parte, las familias también pueden atravesar un doloroso periplo en el que la sospecha del problema  es intensa, pero no es refrendada por los profesionales. Esto puede ocurrir por diferentes causas. La más común es la falta de formación o información de los facultativos acerca de los riesgos especiales de salud que tienen nuestros niños. Otra, es una extraña discriminación positiva que lleva a muchos de ellos a achacar cualquier síntoma o comportamiento poco claro, a sus orígenes, recurriendo a la necesidad de cariño de los niños como remedio para todo. Los padres adoptivos se dan cuenta enseguida, de que han pasado a ingresar en el club de los tontos. Me refiero a la actitud extendida entre muchos profesionales de la salud infantil, con la que las madres (da igual sin son adoptivas o biológicas) somos englobadas como colectivo especializado en localizar y alarmarse por síntomas imaginarios de nuestros pequeños. Cuando un pediatra te llama "mami", enhorabuena, acabas de ingresar en el club.

Por eso, tampoco son extraños los casos en los que los niños pasan años en su nuevo hogar antes de que sea detectado el problema. Años en los que padres y madres se enfrentan cada día a los problemas que la falta de ayuda y orientación añaden al problema en concreto. Y sobre todo, años de soledad en los que la familia adoptiva se siente incapaz de manejar o enfrentar una situación sin nombre, sin diagnóstico y sin pronóstico.

Cuando un niño llega enfermo a casa, la familia tiene que pasar por ciertas fases imprescindibles para seguir adelante. La primera es conseguir un diagnóstico de lo que está ocurriendo. Lo que una madre ve, salvo excepciones raras, es lo que realmente ocurre. Si se sospecha un problema hay que insistir, buscar y llegar a una respuesta clara.

Después llega el proceso de conocimiento. Hay que conocer al detalle todo lo que se pueda sobre la situación del niño. Ponerle nombre, aprender qué implica, qué desarrollo tiene, qué soluciones.

A partir de aquí, hay que comenzar a aceptar la nueva realidad. Los padres de un niño con una lesión cerebral tendrán que aprender a pensar en otra clave en el futuro de su hijo: si soñaban que jugarían al futbol, correría por la playa o que andaría en bici por el campo...tendrán que hacer un doloroso duelo por el hijo que imaginaron antes de aceptar el hijo real. Los padres de niños hiperactivos con déficit de atención, tendrán que aprender nuevas tácticas de comunicación, acostumbrarse al control psicológico o psiquiátrico. Los padres, en fin, que tengan hijos con dificultades especiales tendrán que aprender otro tipo de paternidad en la que la presencia médica será una constante.

Cuando el niño es adoptivo surgen además otros problemas que pueden complicar la situación aún más: el desconocimiento o la falta de datos acerca de la herencia genética, o de las circunstancias concretas del parto, o del embarazo...impiden conseguir detalles que en ocasiones serían de gran utilidad en diagnósticos o tratamientos.

 Cuando un niño enferma de importancia es un momento terrible en cualquier familia. El apoyo de otras familias que atraviesan por momentos similares es muy importante. Las asociaciones de enfermos, o más bien de padres de niños enfermos poseen grandes dosis de información que puede ayudar a los padres desorientados. La voz de quienes han atravesado esa situación es la mejor guía para caminar.

Una vez aceptada la nueva situación, la vida se irá abriendo camino. Surgirán nuevas formas de vivir, nuevos futuros, diferentes a los soñados seguramente, pero igualmente válidos. Y a los padres les tocará luchar un poco más duro, por colocar a sus hijos en el camino que la vida les haya deparado.


miércoles, 20 de junio de 2012

Depresión postadopción.

Hace poco leí de nuevo acerca de la depresión post-adopción. Cuando nos embarcamos en este proyecto nos sentimos capaces de todo y creemos que nunca nos ocurrirá. Pero a veces pasa. Y es devastador. Hoy os contaré la experiencia de una madre que lo vivió en primera persona.

"Cuando P. llegó, llevábamos ya tres años luchando por llegar a él. Comenzamos con muchísima ilusión. Nuestro primer hijo había sido sido el fruto de una reproducción asistida. Cuando tenía cuatro años quisimos tener otro hijo. Por él para que tuviera un hermano y por nosotros, que deseábamos revivir los maravillosos momentos de paternidad que habíamos vivido y ser padres de nuevo.

Después del primer proceso invitro decidimos adoptar como forma de completar nuestra familia. Para nosotros era igual que la primera vez. Pusimos toda la carne en el asador, como suele decirse.Siempre habíamos pensado en la adopción como una posibilidad más de ser padres, así que nos lo tomamos con alegría y con la misma ilusión que la vez que optamos por la vía biológica.

Sin embargo durante el proceso, comprobamos que no era lo mismo. Los trámites se alargaban indefinidamente, no teníamos información veraz acerca del cauce de nuestra solicitud, nos sentíamos maltratados por nuestros tramitadores y totalmente indefensos antes sus abusos: retrasos injustificados, mentiras flagrantes, precios desorbitados por cada servicio...Poco a poco la ilusión se iba transformando en ansiedad y desconfianza. Al final del proceso estábamos agotados. Habíamos vivido en un hilo durante tres años. Llegó un momento en que nos sentíamos ciudadanos de segunda. Sin derecho a saber, a preguntar o a  conocer nada más que las migajas que querían darnos.

En estas condiciones, como suele pasar, cuando estábamos a punto de tirar la toalla llegó la esperada llamada. La adrenalina se nos disparó. Retomamos la ilusión y empezamos a visualizar de nuevo el final de nuestro proyecto de familia.

Los últimos meses pasaron deprisa, llenos de tensiones y problemas burocráticos y de todo tipo. Pero al fin llegó el momento de conocer a nuestro hijo.

Habíamos visualizado ese momento muchas veces. Pero nunca imaginamos que nos sentiríamos como lo hicimos. En el orfanato la sensación que nos invadía era el miedo. El niño parecía distante y ausente y nosotros nos sentíamos cansados e incapaces. Sin embargo, decidimos luchar por ese niño. A lo largo de las visitas las cosas mejoraron mucho. El niño empezó a relacionarse con nosotros y a abrirse y eso nos hizo ver las cosas con más optimismo. Poco a poco el pequeño empezó a hacérsenos imprescindible y cuando volvimos a casa ya le sentíamos como nuestro hijo. Al menos, en parte. Quedaba mucho camino.

Ya en casa, el niño continuaba avanzando y progresando. Todo el mundo decía lo rico que era, lo grandote que había venído y lo gracioso que les parecía. Y nos daban la enhorabuena.

Estábamos ya en ese momento que tanto habíamos deseado, pero por alguna razón no nos sentíamos felices. Estábamos como bloqueados. Siempre habíamos esperado tener esa relación amorosa que se había dado con nuestro hijo mayor. Una relación llena de caricias, de abrazos, de mimos, de cuentos compartidos, de canciones de cuna. Pero el pequeño era totalmente distinto. No sentíamos el afecto que esperábamos. No quería abrazos, ni besos. No buscaba consuelo cuando lloraba...Y par colmo, si le ocurría algo y había algún extraño presente prefería su consuelo al nuestro, dejándonos ahí como espectadores de la vida de un niño que solo quería de nosotros alimento y cuidados pero que no sabía nada de amor.

Poco a poco fuimos entrando en un situación muy triste. Pensábamos que el niño no nos quería y nunca lo haría. Buscamos ayuda psicológica pero nos encontramos con la incapacidad de algunos que se limitan a colgar una placa en su puerta.  Y finalmente, entramos en la depresión post-adopción.

Ahora sabemos que es muy habitual, o al menos, que no es rara, pero en aquellos momentos pensábamos que simplemente habíamos fracasado. Comenzamos a pensar en que debíamos aceptar que quizá nuestro hijo nunca llegaría a querernos. Pero éramos sus padres y nuestra obligación era quererle incluso en esas circunstancias.

Cada noche nos acostábamos hablando del tema, de los pequeños sinsabores del día relacionados con él. Al despertarnos, sentíamos una terrible sensación de pánico, de pena, de cansancio por el día que nos esperaría.

Fueron tiempos muy difíciles para los cuatro.

Sin embargo seguimos adelante. Seguimos tratando de crear familia, de encontrar a nuestro hijo bajo todo aquello que nos separaba.

Ahora, dos años después, todo ha cambiado. Miramos hacia atrás y vemos alejarse todo aquello. Hemos caminado mucho y hemos aprendido mucho. Pero sobre todo, hemos tenido que aprender a ser padres de nuevo. Nuestro hijo nos ha adoptado al fin. Y ahora, los besos, las caricias y los abrazos no dados que tanto nos dolieron, abundan. Ha sido un proceso duro y doloroso, con momentos hermosos desde luego, pero que hemos tenido que recorrer solos. Hoy puedo decir orgullosa que mi hijo P. me quiere, que quiere a su hermano y que adora a su padre. Ya no queda nada de aquél pequeño armadillo que llegó a nuestra vida. Tardó dos años en abrirse pero esperarle valió la pena porque lo que guardaba dentro es sencillamente maravilloso".

La depresión post-adopción no es un mito, no es ninguna tontería y desde luego no es algo vergonzoso. Sin embargo, para los padres que la padecen se convierte en un problema en muchos sentidos. La depresión se puede producir por muchas causas, algunas endógenas pero otras, las más comunes, exógenas:

Durante el proceso se invierten enormes cantidades de energía. A veces, los tiempos se alargan y se viven situaciones estresantes que agotan a los futuros padres. Y es este ínterin se pierde de vista que el verdadero reto llegará a casa después, cuando los niños estén en su nuevo hogar. La fatiga física y mental puede ser el primer escollo a la hora de consolidar la adopción.

En ocasiones la imagen mental que los padres adoptantes tienen acerca de la paternidad o del hijo que esperan no corresponde con la persona que encarnará ese sueño en la realidad. Como ya comenté en otro post anterior, aceptar al hijo real es un paso imprescindible para convertirse en padres.

Los problemas que el niño puede traer consigo pueden sorprender, asustar y desestabilizar a los padres que se sienten superados por las situaciones que se pueden producir. Los niños institucionalizados traen un equipaje de problemas por resolver que puede llegar a ser dramático el algunos casos y la formación de las familias no siempre está ajustada a las necesidades de los niños.

En ocasiones, las parejas descubren que no están en sintonía frente a la llegada de un niño, frente a la paternidad adoptiva, frente a la paternidad con dificultades, etc. Pueden salir a relucir muchas fisuras.

Confrontar la propia imagen ideal de maternidad o paternidad con la real puede colocar a los nuevos padres ante la sorpresa de descubrirse de una manera inesperada, con menos capacidad de la supuesta, falta de firmeza o todo lo contrario...un nuevo rol requiere una nueva forma de reconocimiento personal.

etc...

El tema, es que llegados a este punto, las familias que sufren de depresión postadopción sienten que sus sentimientos pueden hacer creer a su entorno que no quieren al niño porque no es biológico, que se han equivocado.

Una situación muy común entre las madrea adoptivos es la siguiente: la madre charla con otras madres acerca de los hijos, o con una vecina. Se comentan las travesuras, las manía o cualquiera de esos problemillas con que la crianza se adereza normalmente; y de pronto, cuando la madre adoptiva trata de compartir su parte, la otra parte sale en defensa del niño o niña adoptado. "pobre" es la expresión más común. Como dice una madre adoptiva "cada vez que me quejo de mi hija, por cualquier tema típico de la edad , es como si tuvieran que "vendérmela", como si detrás de mi queja se ocultase una falta de amor porque no es biológica".

Esto, que es simplemente un detalle, ilustra lo que puede sentir una madre o un padre que se siente deprimido tras la adopción.

La depresión post adopción como otras formas de depresión requiere atención. Primero de los propios interesados, reconociendo su situación, tratando de acercarse a ella sin dramatismos. Después es importante contar con apoyos sólidos. Del entorno personal o familiar o  si es necesario, apoyo profesional. Sobre todo, hay que huir de la culpabilidad. Las personas que lo padecen pueden sentirse decepcionados por sus propias emociones.

La depresión post-adopción es transitoria. Una etapa difícil y dolorosa que hay que atravesar si llega el caso mirando siempre hacia adelante.

La depresión post-adopción puede complicar el proceso de vinculación con los niños. A veces es la pescadilla que se muerde la cola: niños con problemas que dificultan la vinculación, depresión maternal o paternal por ello, la vinculación de complica, más problemas de depresión...

Los consejos son sencillos.

Para empezar, es muy importante tratar de recuperar el equilibrio personal. Para ser buena madre hay que sentirse bien con una misma. Por ello, incluso si es complicado, es imprescindible contar con un momento regular para una misma: una vez al día un café con una amiga sin niños, una vez a la semana yoga, ginmasio...algo que recargue las pilas y nos ubique en la vida fuera de la tarea maternal. Si te sientes en paz, relajada o feliz, transmitirás eso y te sentirás más capaz de enfrentar las situaciones que te resultan difíciles.

Hay que aceptar las propias limitaciones. Perdonarse por no ser la madre que soñabas y trabajar siempre en mejorar pero sin culpa. A veces las madres o padres con depresión post-adopción se sienten incapaces de ser lo cariñosos que creen que deberían ser. Reconocerlo es importante para avanzar y mejorar, pero los sentimientos de culpa se convierten en una piedra más en el zapato. Hay que darse tiempo. Un buen punto de partida es hacer lo correcto. Lo ideal llegará más tarde.

No olvidar nunca que con los hijos, bailamos un curioso baile; un pasito adelante, un pasito atrás y de pronto, un saltito. Retrocesos y avances se sucederán sin más en el proceso de crecimiento. Los niños nos irán dando pistas de que mejoran pero los retrocesos, regresiones y demás, estarán presentes en él.

Olvida momentáneamente las obligaciones educativas y céntrate en divertirte con tu hijo. Lo lúdico atrae el resto. No importa si tu hijo no tiene modales en la mesa. No gastes energía ni estropees ninguna ocasión de bienestar común en inculcarle ahora esas normas. Tendrás tiempo de sobra más adelante y ahora solo se convierten en temas que os dificultan la relación.

Cuando tu hijo te decepcione trata de recordar siempre que él también está tratando de reinventarse en la nueva vida que le ha tocado. Dentro de un tiempo todo será distinto. El será distinto y tú también.

Aléjate de las personas que te llenen de pensamientos negativos, que te envíen mensajes apocalípticos y te hagan sentir más angustiada. Recuerda que la depresión post adopción es una respuesta a una situación de estrés.

Si tu hijo tiene dificultades especiales, de salud, de desarrollo, etc, busca el apoyo y la comprensión de las personas que sufren lo mismo. Las asociaciones de padres de niños que padecen alguna dolencia, carencia o  problema están formadas por personas que han sentido lo mismo que tú en algún momento, y te ayudarán a asumir y normalizar la nueva situación.

Un nuevo reto es a menudo el momento de conocerse mejor y de crecer. Apoyarse en los demás, es la forma más inteligente de afrontar nuestras propias limitaciones.

sábado, 16 de junio de 2012

Niñez Desamparada y Adopción: El relato de una hija adoptada

Niñez Desamparada y Adopción: El relato de una hija

Este post lo escribe una mujer que fue adoptada y es, como ella misma se define, una hija del corazón. Para mí es una lección de futuro, de cómo se puede consolidar una familia adoptiva sin perder en la oscuridad de la ignorancia el origen biológico. Ella escribe y cuenta muy bien todo esto en este post. Os lo recomiendo.