jueves, 11 de agosto de 2011

Un cuento

Muchas veces nos desesperamos porque las cosas no funcionan como quisiéramos. Con nuestros niños, con nuestra pareja, con la familia...con nuestros afectos. Pensamos una y mil veces porqué nuestras recetas para la armonía no funcionan. Porqué los niños se enfadan, o nuestra pareja no parece satisfecha, o nuestros padres se lamentan. Y nos sentimos incomprendidas o frustradas porque realmente no recibimos el resultado que esperamos a tanto desvelo.

Y se me ocurre que quizás, solo quizás, a veces tratamos de vestir a los demás con los trajes que llevamos nosotras. Ajustando los sentimientos ajenos a la medida de los nuestros. Pidiendo a nuestros niños que lo que les damos, les siente como creemos que nos sentaría a nosotras, olvidando o ignorando, que cada corazón tiene su talla y raramente hay dos tallas iguales.

Quizás ahí esté a veces, un escollo escondido que no acertamos a vislumbrar.

Pensando en eso, he escrito un pequeño cuento. Espero que os guste. Y os haga pensar.


Cómo cuidar una planta


Había una vez un hombre que tenía una planta. Cada día la regaba regularmente, con constancia y método. Pero la plantita, en lugar de crecer frondosa y verde, iba perdiendo poco a poco su exhuberancia. El hombre consultó su enciclopedia. Aprendió la cantidad exacta de agua que la plantita necesitaba cada día, en centímetros cúbicos y en mililitros. Pero la plantita no mejoraba. Se mustiaba poco a poco, sola en su tiesto. El hombre navegó por los foros de internet y cambió a la plantita a una maceta mayor, para darle su espacio. Pero esa mañana, una hoja se desprendió del tallo y cayó. El hombre, perplejo, veía como la plantita se mustiaba cada día más. Y, tras meditarlo detenidamente, decidió que necesitaba sol. La colocó frente a una ventana. Y la plantita perdió dos hojas más. Finalmente, se compró un barómetro y calculó la cantidad exacta de agua que la plantita necesitaba según la humedad ambiental. Pero era inútil: se marchitaba ante sus ojos.


Un día su hija pequeña se detuvo un momento delante de la planta. Miró sus hojas arrugadas, vio sus tallos desmayados, reparó en sus bordes amarillentos. La observó durante largo rato sin hacer ni decir nada. Plantada como si también ella estuviera en un tiesto. Cuando terminó de mirar, se encaramó a la encimera de la cocina. Con sus manos cortas abrió el grifo y llenó su regadera de juguete. Después, regó a la planta suavemente. El padre se alarmó al verla y le preguntó:

-¿Pero qué haces?
-Regarla. Tiene sed.
-Eso es imposible. ¿Porqué lo piensas?
-No lo pienso yo. Lo piensa ella. Y eso es lo que cuenta ¿A que si, papá?

Y así fue, cómo aquella plantita que no sabía de barómetros ni de leyes de cultivo, recibió al fin el agua que tanto estaba necesitando.

lunes, 11 de julio de 2011

La curiosidad ajena.

El otro día paseaba con mi hija por la ciudad. Estaba preciosa, sonriente y alegre. Y eso atraía muchas miradas, como suele ser habitual con los niños pequeños. Más, si además, son sociables, reclaman la atención ajena con su charla a media lengua...y son de una raza diferente a la de su madre.

La mayor parte de las ocasiones, se trataba solo de comentarios casuales y amables, como los que cualquier madre escucha cuando pasea con su bebé. Aunque, en muchas ocasiones, se notaba que tras la frase amable, se quedaban ganas de preguntar. Pero lo que no se dice, no molesta.

En uno de los comercios, yo me dedicaba a curiosear, buscando una cartera bonita entre las muchas que había. A mi lado, la pequeña cotorreaba para sí misma, mirando los objetos que tenía cerca, observando a los otros compradores. De pronto, una mujer entabló con nosotras este diálogo:

-Huy no...gracias pero yo no soy tu mamá...

Me vuelvo, extrañada, porque no es propio de mi hija a estas alturas, confundirse de mamá.

-Es que la pobre se ha confundido-me dice la mujer.
-¿Dónde está mami, cariño?-le pregunto yo a mi hija.
Y ella, con una sonrisa divertida, me coge la mano y dice:
-¡¡aquí!!

Yo sonrío, y me vuelvo a mis carteras. Pero la mujer ya se había lanzado a este tipo de comunicación indigesta.

-Qué mona es ¿no? Pero qué mona.

Sonrisa distraída por mi parte.

-Si, es muy guapa, gracias.
-Pero...-y miraba a la niña- Pero...

La miro expectante (es un decir, ya se la habían rotulado en la frente las preguntas que tenía que lanzarme).

-Pero...´¿de dónde es?...

La gran pregunta. Habitualmente no tengo ningún problema en decir la procedencia de mi hija. Pero esa persona en particular me estaba resultando muy inquisitiva. Le resultaba indiferente que yo no estuviera por la conversación, que siguiera mirando carteras. Ella tenía previsto conseguir la información a cualquier precio. Viendo que no estaba dispuesta a soltar su presa, me volví y sonriendo pregunté a mi hija:

-¿De dónde eres hija?- Y ella contestó:
-De España.

Pues eso. Nueva sonrisa mía y me vuelvo a las carteras, que seguían siendo muchas y muy bonitas. Sin embargo, para la curiosa mujer no era bastante respuesta y volvió a la carga.

-Perooooo...-miraba a la niña entre palabra y palabra, como si le hubieran crecido champoñones en la nariz- Es de otra raza... ¿no?
-Pues si, señora, es asiática.

Un silencio breve mientras yo seguía a lo mío, aunque reconozco que no estaba concentrada presicamente en escoger cartera.

-Ya, claro...la tienes adoptada ¿verdad?

¡La tienes adoptada! Me sonó a esas frases de tipo:" la tiene recogida", como se usaba antes para describir un acto de caridad.

-Mire señora, esta es mi hija, y ya está.

La señora me cerraba el paso, así que me ví obligada a tratar de evitar su atención volviéndome de nuevo al stand en el que buscaba. Pero, su curiosidad era insaciable.

-Ya, ya...¿y... tienes más hijos?

Definitivamente, las carteras habían dejado de ser interesantes. Como pude, di la vuelta con la sillita de la niña.

-Perdone, pero tengo cosas que hacer.

Me marché molesta. Me sentí invadida y expuesta. Obligada a compartir información personal con alguien ajeno totalmente a mi. Había tratado de contener la conversación pero no le conseguí. Y me quedó una molesta sensación de vulneración.

Ya sabemos que esto es parte de nuestra vida diaria. Y no se trata de algo relacionado con la ocultación de los orígenes de nuestra familia. Normalmente, no tengo problemas a la hora de explicar cómo nos convertimos en una. Es más, me encanta hablar de nuestro prdigioso viaje de búsqueda, de nuestro encuentro.

Es algo que va más allá; algo relacionado directamente con el derecho a la intimidad de cada persona. Es evidente que tenemos la capacidad de negarnos a contar nada y de rechazar estos interrogatorios.

Pero, en esta ocasión, este suceso, me ha hecho colocarme en un nuevo punto de inflexión. Hasta ahora, con la niña pequeñita, estas cosas nos afectaban solo como adultos que pueden sentirse más o menos molestos en un momento dado. Pero según nuestra hija va creciendo, nos encontramos ante un nuevo escenario. Cada vez más, será consciente de la curiosidad que sus rasgos suscitan. Y nosotros, como padres, le iremos transmitiendo determinado tipo de mensajes según reaccionemos ante las intromisiones.

Quizá no queramos que nuestros hijos se sientan constantemente examinados, y se vean habitualmente obligados a explicar o a escuchar explicaciones sobre lo que les diferencia de otros hijos o de otros amiguitos de su entorno. Pero ¿qué entenderán ellos si perciben que de alguna manera, nos violenta que nos pregunten por su adopción o sus rasgos? Los niños son especialistas en traducir el lenguaje corporal y emocional de los adultos. Son especialmente sensibles a estos detalles que emanamos en la comunicación con otras personas. Aunque nuestro objetivo, cuando cortemos la curiosidad de otras personas, sea mantener nuestra intimidad a salvo, los pequeños pueden creer que hay algo negativo en el tema adoptivo, y por ende, en su propia identidad.

Seguramente, al crecer, entenderán por si mismos y reclamarán, su derecho a no ser interrogados, a no exponer su vida ante propios y ajenos. Pero de momento, cuando son aún confiados, cuando toda sonrisa ajena les parece un regalo, cuando todo adulto amable puede ser incorporado rapidamente a su círculo social, percibir nuestra tensión o nuestro rechazo ante las preguntas incómodas puede ser malinterpretado.

Llegados a este punto, creo que es importante realizar en casa un trabajo de capacitación personal. Visualizar las situaciones que queremos rechazar, imaginar cómo nos hacen sentir y desarrollar respuestas adecuadas a las mismas con anticipación nos dotará de herramientas para enfrentarnos a estos momentos. No se trata de convertirnos en expertos en enfrentamientos, sino todo lo contrario. Lo ideal sería conseguir un pequeño repertorio de frases que nos permitan salir airosas del acoso inesperado de personas sin educación ni sensibilidad. Quizá en el momento, nos cuesta más improvisar una respuesta que no complique más aún la situación. Pero tener preparada una salida airosa puede ayudarnos a evitar un exceso de agresividad, o al contrario, a aguantar el abuso sin saber cómo evitarlo.

Cuando nuestros hijos crezcan, lo harán incorporando ellos también esta forma de afrontar las situaciones que les van a suceder a menudo.

En nuestras repuestas tenemos que ser capaces de reclamar respeto, sin negar de ninguna manera nuestro especial origen familiar. Una tarea complicada en la que afanarnos una vez más.

Y yo me pregunto ¿qué es lo que hace pensar a los demás que tienen derecho a saber? La respuesta es la diferencia. Cualquier aspecto que nos haga distintos de la mayoría, nos colocará siempre en el punto de mira de cierto tipo de personas. Seremos el foco de atención de aquellos que nadan en la homogeneidad, que no comprenden nada más allá de sus propios límites personales.

Y aún así...¡bendita nuestra diferencia!

domingo, 26 de junio de 2011

Lo normal.

Lo normal. Ese aceite que se destila sobre las cosas cotidianas de la vida y las hace fluir de forma inconsciente, sin ruido, sin roces. Lo normal es eso que uno no advierte en los pequeños detalles de la vida, lo que los vuelve invisibles, ligeros...Lo normal es como el aire que nos envuelve. Nos nutrimos de él, apenas lo percibimos, pero si desaparece...nos asfixiamos.

Y sin embargo,cuántas veces lo normal se vuelve un acontecimiento. Los padres adoptivos lo sabemos bien.

Habitualmente, vivimos rodeados de padres y madres con hijos, en su mayor parte biológicos. Conocemos los entresijos que implica ser padres, las malas noches, las primeras sonrisas, el primer diente, las primeras palabras... Hemos crecido empapándonos de los rituales que acompañan a la formación de las relaciones entre padres e hijos. Hemos visto a las madres sostener a sus bebés con ese bamboleo distraído para tranquilizarles mientras charlaban con nosotros. Hemos visto a las abuelas canturrear en sus cunas o en sus brazos a los nietos para calmarles. Hemos visto a los pequeños refugiarse en el regazo seguro de sus madres, huyendo de un rostro extraño, hemos sabido de noches en vela con los niños en brazos por una extraña fiebre que solo la madre podía consolar...

Hemos sido testigos de los lazos que se trenzaban de forma imperceptible pero sólida entre los bebés y sus familias.

Pero ¿qué pasa cuando no se empieza desde cero? ¿qué pasa con todo esto que hemos aprendido, que hemos visto funcionar a la perfección en otras familias? ¿nos sirve también?

Tengo que decir, que en muchos casos, no. Si bien es cierto que la palabra normal puede denotar una cierta diferencia negativa para nosotros, en realidad la he utilizado conscientemente, porque creo que explica bien una necesidad que a veces aparece en nuestra vida como madres adoptivas. Luchamos desde el minuto menos uno, porque antes de que nuestros hijos existieran, en muchos casos, ya les estábamos buscando. Luchamos para llegar a ellos, para traerles a casa, para ser los padres que necesitan. Luchamos para integrarles en el clan, para llenar sus huecos, para curar sus heridas. Luchamos contra la incomprensión, contra el juicio ajeno, contra la indiferencia. Luchamos cada día, por demasiadas cosas, durante demasiado tiempo. Y un día, de repente, descubres que la normalidad es como un pájaro asustado que nos revolotea por encima sin acabar de posarse en nuestra vida.

Lo normal es sentirse bien. Es no sentirse sometido a escrutinio constantemente. Es mirar a nuestros niños y no ver nada más que a nuestros hijos. Es organizar nuestra vida sin sentir que es algo fuera de lo común. Pero eso, estoy segura, empieza desde dentro.


"DE verdad, estaba cansada de que me mirasen por la calle cada vez que salíamos de paseo. De que todo el mundo me preguntase de dónde es la niña, que cómo me dió por ahí, que si no puedo parir a mis propios hijos...Llegó un momento en que ya, todo el que me miraba me parecía que estaba pensando lo mismo. Me volví paranoica. No era capaz de sentirme una madre más, una madre normal."

"Los meses pasaban y el niño seguía igual. Cada vez que se caía, o se hacía daño o se asustaba, rechazaba mi consuelo. O se consolaba solito, o se abrazaba al primero que pasaba. Cuando lo veía llorar con un gran chichón, en brazos del cartero, me sentía muy lejos de verme como una madre normal".


"La niña era terriblemente desconfiada. Y no me refiero a los primeros meses. Incluso después del primer año en casa, seguía gritando cuando queríamos cogerle el plato para enfriarle la sopa, por ejemplo. Sus ataques de ira eran terribles. No se comportaba con normalidad en la mesa, era ansiosa y exigente. Y tenía que controlarlo todo. Era muy difícil para todos."


No estamos hablando de grandes problemas. No se trata en este momento, de terribles traumas insolucionables, ni de tremendos casos de adopciones fallidas. Pero las pequeñas cosas cotidianas que se atascan a veces, en el proceso de construcción de las familias, pueden hacer la vida diaria muy difícil. No en vano, en los detalles se reconoce el valor de las cosas importantes.

Y sin embargo, la mayoría de esas piedras en nuestro camino se irán puliendo poco a poco, con el paso del tiempo.


"Creía que nunca llegaríamos a estar así. Tras dieciocho meses de tropezones y decepciones, pensaba que tenía que asumir que esta iba a ser mi vida para siempre. Yo sentía que la niña no me quería como a una madre. Lo sentía a cada paso, en cada detalle: en la guardería donde me cerraba la puerta al llegar desde el primer día y lloraba cuando me oía llegar a buscarla. En sus pequeños accidentes, cuando gritaba para que no la cogiese en brazos. En sus pesadillas, cuando no podía siquiera acercarme a consolarla y me quedaba sentada en su cama, angustiada e inútil. En la mesa, cuando no me permitía ayudarla ni con la sopa, que no llegaba nunca a su boca. En sus besos ausentes, tan escasos. En mi regazo siempre vacío sin ella, que no soportaba más de un segundo de contacto...Era una niña alegre y simpática. Todo el mundo la quería y decía lo cariñosa que era. Pero yo vivía sintiendo que todo era frágil, superficial. Que yo para ella, era una más. Otra cuidadora.
Un día, de repente, algo cambió. No sé muy bien porqué. Quizá un trabajo que me mantuvo fuera de casa muchas horas, haciendo que nos viéramos muy poco durante un mes. El caso es que de pronto, fue como si un velo se cayese al fin entre nosotras. Y ahora, cuando llora de noche y acudo a su cama, aún con miedo, la levanto y la abrazo mientras se acurruca satisfecha en mis brazos. Soy el bálsamo de sus pupas de niñita, la que prueba el puré para que no queme, la que recibe un besito de puntillas cuando aún duerme, la que se acurruca junto a ella para ver una novela, la que le canta nanas para dormir, la mano a la que se aferra cuando se cae...Soy su Madre. Con mayúsculas. Al fin. Ahora es mía y yo soy definitivamente, suya. Parece lo más normal, pero dios mío, cuándo nos ha costado."


Conseguir los gestos cotidianos que nos dan tranquilidad, que nos hacen sentir cómodos, en familia, no es siempre sencillo. CAda familia tiene sus propios rituales, su particular forma de ver la vida. Nuestros hijos también tienen los suyos propios. Ajenos a nosotros, como los nuestros les son ajenos a ellos. Y no hace falta que sean mayores. Incluso los bebés tienen sus protocolos. Desgraciadamente no los conocemos. Pero poco a poco, iremos construyendo unos en común. Los que se convertirán en nuestras herramientas de familia. Los que harán que todo fluya con normalidad. Pero todo lleva su tiempo y construir un universo propio, de manera especial.
Aprender cómo amarnos de forma adecuada, en el sentido de que este amor funcione en las dos direcciones, es el camino a la normalidad que, tarde o temprano, llegará.


Lo normal, a veces es tan valioso, como el precio de la simple y sencilla felicidad.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El hijo soñado

La adopción, como cualquier otra vía para la maternidad, empieza por un deseo. Un sentimiento que será el motor que impulse todo el proceso. Se podría creer, a primer pensamiento, que este deseo es evidentemente, el de ser madre. Pero no. El uiverso emocional humano, en su amplitud, se refleja también en este tema. A veces, otros deseos se imponen: el deseo de ser perpetuado, el de sentirse arropado en la vejez, el de dar un hermano o hermana a otro hijo, el de tener alguien que herede los bienes, el de consolidar una pareja, el de integrarse en el ámbito de las familias con hijos... El espectro es inmenso.

Pero ¿son todos estos deseos los más idóneos para poner en marcha una adopción? O más aún, ¿para tener un hijo? Evidentemente, este es un tema que corresponde a los más profundos e íntimos de los recodos del pensamiento de cada familia. Sin embargo, este es uno de los temas más importantes a la hora de conseguir el anhelado certificado de idoneidad.

Aunque, realmente, no son muchos los casos de expedientes rechazados en España, este es uno de los motivos que a veces concurren en la denegación de la idoneidad.

Dejando de lado otras consideraciones, creo que la búsqueda de un hijo, a través de cualquier vía, debe tener de forma clara y nítida un sentimiento guía: el amor por un hijo que aún no está. Los niños no pueden llegar a nosotros a cubrir nuestros huecos, en ningún sentido. Los niños no son pegamento para las parejas, no son enfermeros de nuestras senilidad futura, no son los responsables de perpetuar nuestro apellido. Los niños son personas independientes de nuestra propia entidad, que crecerán libres y forjarán su propio destino. Y nosotros, caminaremos a su lado, llevándoles la mochila que la vida les de, ayudándoles a conseguirlo.

Todo esto, viene a colación de un tema que me parece fundamental y que siempre debería reflexionarse con detenimiento antes de llegar a la adopción. Se trata de definir con toda claridad y honestidad, ante nosotros mismos, cuál es realmente nuestro deseo al adoptar. Y ya no me refiero a lo que acabo de mencionar, sino más bien a lo que se refiere a nuestra idea personal de maternidad o paterninad. ¿A quién estamos esperando?

Cuando comenzamos la adopción, todos tenemos una idea más o menos clara en este sentido. La mayoría de los padres persiguen el sueño de un bebé. Muchos de ellos, tienen ya decidido el sexo que esperan que tenga. Otros sin embargo, buscan un niño mayor.

Pero cuando el camino empieza, la inestabilidad de los procesos lleva a veces a situaciones en las que todo deseo, toda decisión en este sentido, quedan relegadas al cajón de las cosas sin importancia. Cuando el proceso se vuelve incierto, cuando las familias que esperan comienzan a temer que sus expedientes se encontrarán con el cierre repentino del pais de destino, o un cambio inesperado en los requisitos que les dejaría fuera, o van viendo como el tiempo se estira haciendo que sus edades rocen los límites máximos permitidos...la prioridad se va volviendo llegar a los niños, sin edades, sin sexos...

En principio, este es el punto de partida más saludable y probablemente más generoso que se podría tener desde el inicio. Adoptar un ser humano, independientemente de su sexo, raza o edad.

La adopción no puede ser un mercado creado a la medida de los padres necesitados. No está, ni debería estar nunca, creada para satisfacer las demandas de los adultos. La adopción es una vía de encuentro entre dos necesidades. Es un camino creado para recorrer a medias, ofreciéndonos y recibiendo.


Y sin embargo, hay algo muy importante que las personas que emprenden este camino deberían tener muy en cuenta. Cuando el deseo de tener un hijo está muy focalizado en algo concreto, hay que reflexionar muy bien sobre qué es lo que nos mueve, y qué profundidad tiene este deseo.

Iré al grano.

"Siempre deseé tener un bebé. Me imaginaba meciéndole, acariciando esos pequeños piececitos, dándole el biberón, paseándole en su carrito... Pero cuando por fin, después de una interminable espera, me llegó el momento, me asignaron un niño de casi tres años. Ni me lo pensé. Tenía demasiado miedo de que las cosas se truncaran como para poner pegas. Cuando lo conocí, me pareció un niño maravilloso. Y ya en casa, todo el munco coincidía en lo afortunda que era de tenerlo. Sin embargo, reconozco que durante mucho tiempo, me costó sentirlo como mío. Y creo que la mayor barrera ha sido la pena que me ha quedado de no tener mi bebé soñado. Ahora, con el tiempo, mi pena ha cambiado y lo que me duele es no haberle tenido a él cuando era un bebé y ya me necesitaba".


"Queríamos una niña. Era nuestra ilusión. Los dos procedemos de una familia de varones y soñábamos con la niña todo el tiempo. Pero la niña no llegó. Y aunque no cambiaría a mi hijo por nadie en el mundo, sigo teniendo ese deseo incumplido. Un penita por dentro que no se me acaba de quitar."


"Empezamos la adopción con una edad en la que ya no nos veíamos con fuerzas para emprender la paternidad desde el principio. Habíamos pensado en adoptar un niño mayor, al menos de cuatro años. Queríamos poder viajar con él, porque nuestra familia siempre se está moviendo, y disfrutarle de forma activa desde el principio. Pero, mira por dónde, nos tocó un bebé chiquitín. Al principio nos entró el pánico. No teníamos logística adecuada, ni material ni mental. Pero hubo que adaptarse. Ha sido duro y nos preguntamos ¿cómo es posible que con tantas familias que esperan bebés nos hayan asignado uno a nosotros, que esperábamos un niño grande? Otra de las incógnitas que quedarán sin resolver. Por suerte, nuestro hijo lo compensa todo...¡hasta las noches en vela y los pañales!".


Cuando los hijos que llegan no responden al deseo original de la pareja, hay un proceso inevitable que hay que vivir: el duelo por el sueño perdido. En mayor o menor medida, hay que ir despidiéndose del hijo soñado para concentrarse en el que realmente viene. Él tiempo que esto lleve, dependerá del arraigo de ese deseo. Si se ha conseguido separar la idea de maternidad, de un modelo de hijo concreto (bebé, mayor, niña, niño...) esto no será un problema. Pero si se tiene asociado puede ser difícil para la persona que debe renunciar. Hacer un profundo examen de uno mismo antes de enfrentarse a esto, es por ello muy importante. Reconocer nuestros límites es probablemente la actitud más justa para nosotros y para nuestros hijos.

Cada niño merece ser el sueño de sus padres. Y para eso, cada madre y cada padre, debe abrir al máximo su corazón, para hacerle capaz de acoger los sueños más diversos.

viernes, 29 de abril de 2011

El niño real

Tú no eres quien yo necesito que seas.
Tú no eres el que fuiste.
Tú no eres como a mí me conviene.
Tú no eres como yo quiero.
Tú eres, como eres.


Jorge Bucay. Cuentos para pensar.

Cuando los hijos llegan todo un cataclismo se produce en nuestras vidas. Nuestras existencias sufren cambios definitivos, giros violentos hacia otras formas de existencia. Entramos en crisis, en el sentido profundo del término: cambio. Y eso conlleva muchos ajustes personales.

Sin embargo, la motivación emocional y sentimental suele ser lo suficientemente grande como para lubricar ese giro de forma que se produzca de forma suave y fluida. Al menos, la mayor parte del tiempo. El resto, es el paso de los días, de la vida, el que va haciendo que las cosas que llegaron como nuevas, con sus nuevas exigencias y demandas, se conviertan en antíguas, conocidas e integradas de forma natural.

Pero hoy, de la mano de Jorge Bucay quisiera hablar de un momento fundamental en el nacimiento de una familia. El reconocimiento del hijo real.

Esto es algo que ocurre de la misma manera en las familias biológicas y adoptivas. Algo, que puede sueceder en diferentes momentos de la vida, del crecimiento de los niños, de la evolución personal de los padres.

Cuando esperamos a nuestros hijos, independientemente del camino escogido para llegar a ellos, creamos en nuestra mente todo un universo de ilusiones, expectativas, emociones, esperanza. Un molde demasiado complejo para que nadie pueda encajar perfectamente en él. Incluso si sabemos, si somos conscientes de que quien llegue será un ser complejo con sus lados y claroscuros, con sus aristas y sus colinas, alojamos también la esperanza de que nuestro hijo nos hará felices, nos aportará una serie de emociones positivas que emanan de las ilusiones que tenemos creadas.

¡qué enorme responsabilidad para los pequeños que llegan!


Sin embargo, la vida se va ocupando de sustituir poco a poco el modelo imaginado por el modelo real.

Esto ocurre siempre. En mayor o menor medida. Pero este cambio no tiene porque suponer una decepción. Es un paso imprescindible en la creación y consolidación de las relaciones verdaderas entre padres e hijos. La aceptación y el reconocimiento de nuestros hijos tal como son, con sus defectos y virtudes, incluso con los que quizá les alejen de lo que fueron nuestras espectativas es un hito insustituíble en la formación de los lazos familiares sólidos y verdaderos.

Cuando el bebé llega a casa suele ser sencillo sentirse orgulloso de él. Pequeñito y frágil, mostrando parecidos más o menos dudosos, dejándose querer y solicitando cuidados simples y entrega absoluta, es un ser desvalido que mueve a protección de forma automática. Es una reacción atávica.

Es difícil que un bebé sano pueda decepcionar a sus padres. pero con el crecimiento, los padres irán descubriendo realmente quien es la nueva persona que ha llegado a su hogar. El carácter, el temperamento, la habilidad, la inteligencia y otros rasgos se van desempaquetando y dejándose ver. Y a veces, los descubrimientos no son muy positivos.

"Mi marido siempre soñaba con un chico con el que compartir sus aficiones. Se moría por tener un hijo con el que jugar a fútbol, salir a pescar, ver partidos...Y resulta que Luis es totalmente distinto a él. No le gustan los deportes, es tranquilo y apacible y prefiere leer a ver la tele. Se quieren con locura, pero mi marido tuvo que aprender a respetar que el niño no es como él esperaba. A veces me pregunto si mi hijo también sentirá que su padre no es como a él le hubiera gustado..."

"Cuando mi hija era pequeñita era tan bonita que me paraban por la calle a fecititarme. Era una bebé tranquilita, que comía de todo y dormía de un tirón. Me sentía muy orgullosa de ella. Cuando cumplió dos años, sin embargo, todo cambió. Seguía siendo preciosa, pero pegaba a todos los niños que tenían el infortunio de caer en su área de acción. Un día me sorprendí a mí misma pensado en lo mucho que la quería y lo poquito que me gustaba en ese momento. Por suerte, la racha pegona duró poco y nunca más me he vuelto a sentir así."



Estos sentimientos, como tantos otros que vamos viviendo los padres adoptivos, pueden aparecer de forma más repentina o acusada en las nuevas familias. Los niños llegan grandes a casa. No tienen con nosotros, parecidos reales o supuestos en los que parapetarse del escrutinio físico (una terrible nariz, se asume más fácil tras la frase: ha sacado tu nariz. Un mal carácter: tienes el genio de tu madre).

Y en ocasiones, sus comportamientos nos resultan totalmente ajenos. Normalmente en las familias hay patrones de comportamiento que se van inculcando desde que se nace. Cuando eso no ha ocurrido, a veces, nuestros hijos llegan con otro repertorio de actitudes, a veces desagradables y extrañas. Como en casi todo en la adopción, básicamente es lo mismo, pero más deprisa, más intenso y más desconcertante.

Cuando los rasgos o los comportamientos indeseados o incomprendidos por nosotros aparecen, puede haber un momentos de sorpresa y decepción en los padres. De repente, nuestro hijo adorado no nos gusta. O eso es lo que creemos sentir. En realidad, lo que no nos gusta es el comportamiento o actitud en concreto. Discernir con claridad ese matiz es probablemente una de las tareas más importantes en la labor educativa de los padres. Nuestros hijos son mucho más que su comportamiento, más que su carácter o su coeficiente intelectual. Cuando un niño se porta mal, es su comportamiento el que nos decepciona, no él.

Saber diferenciar la esencia de nuestro hijo de su comportamiento nos permitirá seguir fieles a nuestra sensación de orgullo con respecto de él, incluso en los momentos más complicados de la educación.

El otro día, en una serie de televisión, una madre y una hija norteamericanas tenían un diálogo demoledor. La hija preguntaba a su madre acerca de su diferencia de trato respecto de ella y su hermana. Y la madre, una mujer retratada de forma dura y seca, contestaba: es que ella me cae mejor.

Esta frase me ha hecho pensar. ¿Podemos llegar a sentir que nuestros hijos nos caen mal? DEbo decir que, independientemente de lo que en este post quiero explicar, acerca de la realidad de nuestros hijos, estoy convencida de que esto no es posible cuando hablamos de familias normalizadas. Cuando se quiere a un hijo se le aprende de memoria. Se bucéa en su interior con todo el respeto y el cariño de un tesoro por descubrir. Se le asume y se le reconoce con todos sus matices. Y todo eso se envuelve de forma segura en un paquete de amor incondicional. Nunca podrá caerte mal tu hijo, igual que nunca te cayeron mal tus padres. Quizá tengas que enfrentarse a actitudes que no te gusten, costumbres que aborrecerías, quien sabe... Pero siempre será todo mucho más fuerte, mucho más profundo, mucho más incondicional.


Y un pequeño apunte más. Ocurre algo mágico con esto del amor. ¿Y quien no ha sentido que sus niños son los más maravillosos? ¿Quién no es capaz de mirarlos con los ojos enamorados del que solo sabe ver el lado brillante de la vida?

Había una vez un campesino gordo y feo
que se había enamorado, como no,
de una princesa hermosa y rubia...
Un día, la princesa-vaya usted a saber porqué-
dió un beso al feo y gordo campesino...
y mágicamente, éste se transformó
en un apuesto y esbelto príncipe.
(por lo menos así lo veía ella...)
(Por lo menos así lo sentía él)

(Jorge Bucay. Cartas para Claudia. RBA.2005)

miércoles, 13 de abril de 2011

El sueño.



Un momento crítico a la hora del día a día con los niños es el del sueño. En él salen a relucir todo tipo de desajustes, manías, costumbres inesperadas.... Pero en el caso de los niños adoptados, pueden aparecer con mayor intensidad o de forma menos convencional.

La cuestión primordial es que nosotros, como padres recientes de nuestros hijos, carecemos de una información fundamental para poder gestionar adecuadamente estos momentos. No sabemos qué tipo de rutinas seguían en su vida anterior, si dormían solos o compartían cama o cuna con otros niños. si tenían algún objeto de consuelo, un peluche, una mantita...Si había alguna luz de referencia en su cuarto. Si algún adulto acostumbraba a estar presente en el dormitorio mientras conciliaban el sueño. Si había ruidos de fondo o silencio absoluto. Un sinfín de incógnitas que nos impiden ofrecer a los niños una transición paulatina a las nuevas rutinas de sueño.

"Al llegar a casa, el niño estaba muy desorientado en los horarios. Nos habían dicho que les levantaban a las seis de la mañana y les daban de desayunar. Pero claro, esto era my difícil de mantener. Sobre todo porque el chiquillo estaba muy cansado. Durante los primeros tiempos se derpertaba muy temprano y le dábamos un biberón. Después seguía durmiendo. Pero se despertaba con hambre enseguida y luego, otra vez a dormir. Era un caos de horarios. Poco a poco se acostumbró a esperar al biberón del desayuno y se despertaba más descansado y de mejor humor. "

Muchas veces, las rutinas que los niños traen, no están marcadas por las necesidades de los pequeños, sino por la propia organización laboral del orfanato: cambios de turno por ejemplo.

Pero esto son males menores que, generalmente, con el tiempo van desapareciendo sin más problemas, según se van acostumbrando a los nuevos horarios.

Bastante más difícil es la reacción de algunos niños a la hora de dormir.

"Cuando la niña llegó no quería dormir. La llevábamos a la cuna cuando estaba ya muy cansada, creando rutinas, con un ambiente alegre y relajado. Pero daba igual. En cuanto se veía en la cuna se incorporaba agarrada a los barrotes gritando como si el colchón fuera de pinchos. Incluso, frustrada si no la levantábamos, se lanzaba de espaldas chocando con los barrotes. En ese momento, agradecimos la feliz idea de comprar una cuna con barrotes de seguridad."

Al principio, algunos niños se resisten a la idea de dormir. Esto puesde estar ligado a la hipervigilancia que comentábamos en otro post. O quizá, están disfrutando tanto de su nueva vida, que ningún momento es bueno para dejarlo y ponerse a dormir a solas en una habitación.

Lo que puede complicar aún más las cosas es la falta de hábito de los niños de ser acompañados a dormir. Es decir. Cuando un niño ha nacido con nosotros, desde el principio le hemos enseñado a relajarse en brazos y dejarse dormir tranquilamente. Pero en muchos casos, con los niños adoptados esto no funciona. Cuando no consiguen dormir, no sirve de nada tratar de mecerles y canturrearles nanas en brazos. Ellos no interpretan eso de la forma adecuada y puede incluso general más llantos, furia y nervios.

¿Y qué hacemos entonces cuando nuestro hijo o hija llora desconsolado porque no puede dormir? En estos casos, como se suele decir, cada maestrillo tiene su librillo.

"La niña no quería que la cogiera cuando lloraba en la cuna. Se ponía peor y a mí también me afectaba su tensión. Así que me pasaba las horas sentada al lado de su cuna, al principio sin siquiera tocarla, porque no se dejaba, y luego tocándole una piernita, hablándole suavecito...Así se fue acostumbrando poco a poco a mi. Y con el tiempo , eso, como tantas otras cosas, quedó en el olvido. Hoy duerme estupendamente, dentro de lo estupendamente que un niño pequeño puede dormir, claro".

"Cuando el niño se acostaba, empezaba la batalla. LLoraba tanto y tan alto que te angustiaba. Pero no se dejaba coger, salvo que fuera para dejarle en el suelo y que siguiera jugando, muerto de cansancio. En casa, con nuestros hijos anteriores nunca habíamos usado el Método Estivill. Es más, nos parecía un método cruel y poco empático. Pero con el pequeño, llegó un momento en que decidimos probarlo. Al fin y al cabo, lloraba igualmente aunque tratásemos de consolarlo. Así pues, reloj en mano, empezamos con las entradas y salidas del cuarto que indica el método. El, por supuesto lloraba cada vez más furioso. Pero en cuatro días las cosas cambiaron. De pronto empezó a relajarse y a dejar de llorar. Sus llantos duraban treinta o cuarenta segundos, o sea un par de entradas en su habitación y después se dormía tranquilo. Para nosotros no ha sido fácil hacerlo así, pero por suerte para todos, ha funcionado. Está claro que cada niño tiene su necesidades y las de mi hijo pequeño en ese momento dado, eran saber que no nos íbamos a marchar, que aunque saliéramos del cuarto volvíamos enseguida. Y que cuando volvíamos respetábamos su necesidad de espacio. Ahora es increíble lo bien que duerme. Se acuesta tranquilo y feliz, nos besa y nos desea buenas noches y se queda tan agusto hasta que le vence el sueño. Eso sí, para conciliarlo, necesita que le cerremos la puerta. No le gusta que la dejermos entornada o abierta."

Otro de los aspectos llamativos de las rutinas del sueño que alguos niños tienen son las manías. Como la de autoarrullarse. Se trata de ruidos o movimientos repetitivos que los niños realizan para conciliar el sueño. Algunos pequeños emiten un murmullo más o menos elevado. Otros se mecen de forma suave o incluso muy intensa, girando sobre sí mismos. Otros necesitan tocarse la oreja, el pelo. Y en la mayor parte de los casos, se meten los dedos en la boca.

Todos estos son comportamientos de autoconsuelo. Un síntoma más de lo necesitados que han estado de amor y compañía. Es asombroso ver cómo, cuando van creciendo en el amor y la confianza en su familia, van abandonando, reduciendo o relegando a momentos concretos la mayoría de esas costumbres.

"Nuestra hija se arrullaba a la hora de dormir. Dicho así, puede parecer que no tiene importancia. El problema es que ella comparte habitación con su hermana mayor, de seis años. Y su arrullo iba tomando intensidad a medida que le costaba más dormirse. Y se reproducía a lo largo de la noche en todos los pequeños despertares nocturnos que tenía. Era imposible dormir a su lado. El arrullo era a veces tan alto, que oías el sonido por toda la casa. Por las mañanas andábamos todos como enajenados, del cansancio acumulado. Y no había nada que pudiéramos hacer. La solución llegó sola. Con los meses, aprendió a escuchar una nana, a disfrutar con un cuento leído en la cama por papá o mamá...Y sobre todo, a contar con nosotros cuando se desvelaba sin necesidad de consolarse a sí misma y llenar el vacío con su propia voz. Ya, casi nunca lo hace y si lo hace, ya entiende que no puede hacer ruido y le podemos pedir que deje de hacerlo. Eso también ayuda, la capacidad de comunicarnos al fin de forma natural."

"Mi hija se mece para dormir. Siempre y de forma muy acentuada. Se balancea de lado a lado canturreando. Al principio nos alarmó mucho, pero ahora hemos asumido que es su forma de conciliar el sueño. Tratamos de ir desabituándola acompañádola a dormir un rato, leyéndole o cantándole algo. Pero por el momento, sigue haciéndolo. Por lo demás, es una niña que duerme de un tirón y se despierta siempre de buen humor."

Crear rutinas a la hora de dormir es la base para un buen descanso. Tanto para los padres como para los hijos. Es fácil incurrir en pequeños errores que a la larga pueden resultar un engorro. Sin embargo, el momento de acostarse es probablemente el más dulce del día. Una ocasión para olvidar la prisa y las obligaciones. Con los niños bañados, oliendo a limpito, con la barriguita llena y las mejillas coloradas, es maravilloso acostarse a su lado y compartir un cuento o dos. Y sentir su confianza cuando se acurrucan en nosotros. Cantarles un poquito y recibir en forma de besos, las vitaminas que nos hacen esperar con ilusión el día de mañana.

DEsde mi experiencia personal, creo que lo más importante es ir adaptándose a las necesidades que el niño tenga en cada etapa de su vida. Habrá momentos en que estén más nerviosos y necesiten extra de mimos y que te quedes con ellos hasta que se duerman. Otras veces, cuando las pesadillas atacan con fuerza, no hay nada que sustituya a la cama de papá y mamá.

Pero por lo general, creo que es importante salir de la habitación dejándoles aún despiertos, pero tranquilos; llenos de mimos y con la sonrisa en la cara. Aunque haya que volver las veces que sea necesario para espantar esa sombra que les asusta en la pared, o para poner otro beso más en sus caritas. Esa es la forma de que aprendan a dormir solos. Sabiendo que siguen contando contigo. Sabiendo que solos de verdad, no estarán ya nunca más.

domingo, 10 de abril de 2011

Abrazos que duelen 2

Otro de los comportamientos repetidos con frecuencia en los niños que han vivido fuera de un entorno familiar normalizado, una parte de su vida, es una extraña relación con el contacto físico. Este comportamiento puede dirigirse en cualquiera de los sentidos, es decir, con una búsqueda excesiva de contacto o todo lo contrario.

"Una de las primeras "sorpresas" del comportamiento de nuestra hija desde el momento en que la sacamos el orfanato, fue la incapacidad de relajarse en brazos de mami o papi. Siempre que soñamos con nuestro hijo adoptado, nos vemos abrazándolo, mimándolo, ofreciéndole todo nuestro cariño, en parte para compensar la carencia del mismo hasta ese momento. Sin embargo, nuestra hija parecía incluso ponerse más nerviosa cuando la intentábamos acunar, se movía como una lagartija, mirándolo todo, e incluso lloraba, se pasó prácticamente todo el viaje de vuelta a España sin dormir, no era capaz de relajarse. Eso ha durado bastante, más de un año. Paulatinamente ha ido incluso buscando los brazos de mami o papi y ahora después de dos años en casa parece que este bache está casi superado".

"A nuestro hijo no le molestaba que le cogiéramos en brazos. En el orfanato le levantábamos y le paseábamos en brazos sin problemas. Se sentaba en nuestro regazo para hacer juegos de palmitas y no parecía haber ninguna dificultad. Pero ya en casa nos dimos cuenta de que solo consentía ese contacto de forma utilitaria. Es decir, cuando quería que lo transportásemos, o le alzásemos para ver algo a lo que no llegaba. Si tratábamos de arrullarlo un poquito, o de tenerlo pegadito a nosotros para disfrutar un poco de un rato de cercanía se ponía tenso e incluso acababa llorando, empujándonos, nervioso y ofuscado. En el momento en que le soltábamos, dejaba de llorar. Era desolador. Pasó mucho, mucho tiempo, antes de que fuera capaz de relajarse sn nuestros brazos. Aún hoy, lo hace por poco tiempo. Y aún es incapaz de dormirse en ellos, aunque esté agotado"

Abrazar a nuestros niños, sentirlos entregados con total confianza en nuestro regazo es probablemente, una de la inyecciones de energía amorosa más grandes que se pueden tener. Sin embargo, cuando los niños llegan a casa, a veces, esto que parece tan sencillo se convierte en una quimera.

Muchos niños no tiene problema en la cercanía o el contacto, pero no saben lo que significa buscar refugio, descanso o consuelo en los brazos de los padres. Los primeros tiempos de la adopción pueden transcurrir sin ese premio y eso es muy duro para los padres que durante mucho tiempo han esperado y sufrido por su estos hijos tan deseados y que pueden sentir que no reciben lo que consideramos normalmente, muestras de afecto suficientes para sentirse compensados.

En realidad, puede haber muchísimas causas para este tipo de reacción. DEjando aparte traumas profundos derivados de maltrato o abusos de algún tipo, la mayoría de los pequeños no han tenido la ocasión de disfrutar de la intimidad afectiva que significa tener padre o madre. El contacto amoroso que implica relax y seguridad se aprende desde que se nace. Cuando un bebé llora, es levantado y sostenido en brazos hasta que se calma. ¿Quien no ha visto, oído o vivido esas noches de pasillo adelante y atrás con un bebé inconsolable? Para los agotados padres, esas noches son muy difíciles. Pero para un bebé son un recorrido eficaz hacia la seguridad y la confianza en sus padres. Y desde ese momento, este tipo de gestos son habituales, un ritual cotidiano en la vida de los niños. Así, van creciendo contando con el regazo materno o paterno como refugio último de todas las penas y dolores.

Para nuestros pequeños adoptados, estos gestos pueden no haber llegado nunca, o no haberlo hecho a tiempo o con constancia o suficiente presencia. No en vano, el personal de un orfanato, por muy bien gestionado que esté, trabaja bajo un horario establecido, tiene turnos de entrada y salida y ofrecen su afecto, en los mejores casos, de forma intermitente a demasiados niños y con demasiadas ocupaciones añadidas. No imaginaremos los casos en los que esto ni siquiera es así.

Con todo esto, y mucho más a las espaldas, muchos pequeños no saben qué se espera de ellos en un abrazo. No conocen el placer de abandonarse en él. Son autosuficientes afectivamente hablando, en apariencia, porque en el fondo, tienen un hueco tan grande que harán falta horas y horas de paciencia y entrega para rellenarlo, al menos en parte.

A los padres, después de la sorpresa inicial de ver nuestro cúmulo de mimos y achuchones despreciados sin compasión, nos queda una árdua tarea. Enseñar a nuestros hijos a dejarse querer.

Si son muy pequeños, el momento del biberón es el ideal para ello. Normalmente son autónomos; se lo toman solos y prefieren hacerlo así. Están acostumbrados a controlar incluso ese tema. Sin embargo, pronto aprenden que pueden confiar y comienzan a tomarlo en brazos de la madre o el padre. Así, se produce de forma sutil, la identificación de los brazos de mamá o papá con algo profundamente placentero. Pero a veces, hay que insistir sin desfallecer.

"Cuando le daba el biberón, no lo soltaba. Me miraba con sus ojillos semicerrados y el ceño fruncido, como temiendo que se lo fuera a quitar. Cada noche me ponía a la tarea, pensando en que ella se iría acostumbrando. Pero fue difícil, porque en cuanto terminaba, se incorporaba y se me escurría inmediatamente. Y si trataba de retenerla, cantándole o hablándole. siempre acababa rígida como una tabla, empujándome y rechazándome de nuevo. Fue duro. Y largo. Pero al final lo conseguimos y ahora disfruta como la que más de un achuchón. Eso si, no demasiado largo ni demasiado "atrapante". Pero ya sé que eso no tiene que ver con el amor. Ahora lo sé."

Después, los juegos de regazo son una potente herramienta para el contacto lúdico. Según van creciendo o si ya son más mayorcitos, es una forma de motivar ese contacto. Cuando vemos la tele, cuando leemos o vemos las imágenes de un cuento, la hora del baño que puede ser compartido... Poco a poco, se van acostumbrando a compartir su espacio personal con nosotros.
" Otra de las reacciones "no deseadas" de nuestra hija ha sido lo nerviosa que se ponía tanto en el carrito cuando la sentábamos y la atábamos, como en la sillita del coche. Y esto para una familia viajera, que se desplaza el 80% de los fines de semana, ha llegado a ser muy muy estresante, ya que se pasaba (y se pasa aún algunos viajes) llorando todo el camino. No había manera de calmaría: música, cuentos, historias, darle de la mano, jugar con sus hermanos... "

"Ho hay forma. Desde que llegó, sentarle en la silla de paseo y atarlo para que no se caiga es imposible. Se pone como loco. Al final, para evitar los berrinches le dejamos suelto, pero claro, nerviosos por si se cae. Cosa que ya ha ocurrido más de una vez."

Otro matiz que puede encontrarse en este asunto es el relacionado con el rechazo de los pequeños a sentirse atrapados. A veces, en los orfanatos los niños deben pasar tiempo sujetos de diferentes maneras. A las tronas, a las sillas, a los tacatacas, incluso a las cunas, a veces de formas increíblemente desafortunadas. Puede que esta sea una razón para este rechazo. O quizá simplemente, es lo que decía antes, una falta de costumbre, un rechazo ante una situación en la que pierden el control. En estos casos, los niños pierden los nervios cuando sienten que están sujetos de alguna manera: y un abrazo puede transmitir también eso.



Cuando estas cosas ocurren pueden ser dolorosas para los padres. Sobre todo, porque se está necesitando un poco de ánimo en algunos momentos. Pero hay que recordar siempre algo que nos será imprescindible en nuestras vida como padres: los niños no hacen estas cosas para castigarnos. Es su forma de sentir en ese momento y hay que respetar sus tiempos. Todo pasa y todo cambia y con los niños, como con casi todo en la vida, nada es definitivo.

Pasito a pasito, se van escalando cimas que al principio parecen inexpujnables.

jueves, 7 de abril de 2011

Las historias de la vida

Poco a poco iré subiendo las historias que me van llegando en los comentarios. Lo haré, como siempre, reservando la intimidad de las familias, sin nombres ni datos, porque lo importante el aprender de la experiencia de los demás, no saber exactamente de quien estamos hablando.

Mi agradecimiento a las que ya estais colaborando.

Gracias a todas, haremos que este blog tenga alguna utilidad para otros padres y para nosotras mismas.