lunes, 21 de marzo de 2011
amigos en la red
Qué placer ir viendo caras conocidas en este pequeño blog. No sabeis lo que me alegro de encontraros por aquí. Con vuestros comentarios me ayudareis a ir plasmando lo que significa llegar a nuestros niños, antes, durante y después de tenerlos en casa. Un abrazo a todas, de corazón.
Acerca de la espera
Cuando estamos esperando hay un mundo entero de emociones que nos toca ir descubriendo. Mirando para atrás algunas se me van desdibujando ya, como si nunca hubieran estado ahí.
La historia de la espera 2, me la ha recordado Mar. Todas lo vivimos en una u otra forma y es una piedrita más que hay que cargar en nuestra mochila invisible. Para todas las que lo sentimos alguna vez es esta historia.
La historia de la espera 2, me la ha recordado Mar. Todas lo vivimos en una u otra forma y es una piedrita más que hay que cargar en nuestra mochila invisible. Para todas las que lo sentimos alguna vez es esta historia.
Historias de la espera 2
Esa mañana estaba más cansada de lo normal. Las sábanas se le pegaban como si fueran de chicle. Y los ojos le pesaban. Sería por las bolsas que desde hacía algunas semanas se le habían instalado en ellos y que ni las milagrosas cremas que se había comprado en el centro comercial conseguían eliminar. Hacía tiempo que no dormía bien.
En la oficina se dejó caer delante del ordenador. Al abrir la pantalla se dirigió directamente a su correo. Tenía treinta mensajes sin leer. El trabajo tendría que esperar un poco más. Leer los mensajes cada mañana se había convertido para ella en una rutina que le sacudía la modorra y la ponía en marcha otra vez. Todas esas mujeres que escribían y contaban cosas tan próximas a ella, la hacían sentirse arropada, confortable en su estatus de madre adoptante. Era casi, el único lugar en el que todo parecía pertenecer a una normalidad que fuera, era difícil de encontrar.
Mientras abría y leía, buscando con avidez noticias alentadoras de familias al fin constituídas, escuchó unas voces que llegaban desde el otro lado del cristal. Todo el mundo felicitaba a Claudia, la abrazaban y la rodeaban de un ambiente de fiesta. Cuando se acercó le informaron: estaba embarazada. A su alrededor, desde ese día, florecieron las recomendaciones, los consejos y los vaticinios, las historias de embarazos y partos, las anécdotas de padres experimentados...Celebraron sus ecografías y las primeras patadas, la abanicaron en los mareos y le acercaron un café en las bajadas de tensión. Vamos, lo normal en estos casos.
MIentras tanto ella, esperaba y esperaba a que ese embarazo de papel se volviera tangible, con sus molestias y sus temores, invisibles ante los demás. Al fin y al cabo, en su cuerpo no se estaba manifestando ningún cambio aparente. Quizá, solo quizá, si fuera su corazón el que se viera, sería ella la que ahora mismo, estaría sentada en un sillón, abanicada y alentada por todos aquellos que tanto sabían de ser padres.
En la oficina se dejó caer delante del ordenador. Al abrir la pantalla se dirigió directamente a su correo. Tenía treinta mensajes sin leer. El trabajo tendría que esperar un poco más. Leer los mensajes cada mañana se había convertido para ella en una rutina que le sacudía la modorra y la ponía en marcha otra vez. Todas esas mujeres que escribían y contaban cosas tan próximas a ella, la hacían sentirse arropada, confortable en su estatus de madre adoptante. Era casi, el único lugar en el que todo parecía pertenecer a una normalidad que fuera, era difícil de encontrar.
Mientras abría y leía, buscando con avidez noticias alentadoras de familias al fin constituídas, escuchó unas voces que llegaban desde el otro lado del cristal. Todo el mundo felicitaba a Claudia, la abrazaban y la rodeaban de un ambiente de fiesta. Cuando se acercó le informaron: estaba embarazada. A su alrededor, desde ese día, florecieron las recomendaciones, los consejos y los vaticinios, las historias de embarazos y partos, las anécdotas de padres experimentados...Celebraron sus ecografías y las primeras patadas, la abanicaron en los mareos y le acercaron un café en las bajadas de tensión. Vamos, lo normal en estos casos.
MIentras tanto ella, esperaba y esperaba a que ese embarazo de papel se volviera tangible, con sus molestias y sus temores, invisibles ante los demás. Al fin y al cabo, en su cuerpo no se estaba manifestando ningún cambio aparente. Quizá, solo quizá, si fuera su corazón el que se viera, sería ella la que ahora mismo, estaría sentada en un sillón, abanicada y alentada por todos aquellos que tanto sabían de ser padres.
jueves, 17 de marzo de 2011
Esos sustos sin nombre
Anoche, cuando parecía que el día iba terminando lenta y pausadamente, con los niños en pijama, oliendo a recién bañados, con el pelo brillante, las mejillas arreboladas y los ojos brillantes de sueño, de pronto un giro de los acontecimientos nos puso de nuevo en marcha. De la peor manera.
La pequeña, que por la mañana había sufrido una caída, un coscorrón de los muchos que con su todavía torpe caminar se lleva, comenzó a sentirse mal. REpentinamente el sueño, un sueño extraño, aturdidor, insólito, se le echó encima. Su carita, sonrosada y suave como un melocotón, se volvió gris. Ni la cena que tanto le gusta, ni su bibe adorado consiguieron devolverle el interés. Y, por primera vez, se durmió sobre mis brazos, ella, que necesita siempre su tortuguita de peluche y su almohada para conciliar el sueño.
Con el corazón palpitando de preocupación y la mente llena de presagios nos pusimos en camino a un centro hospitalario. ¿Porqué será que en esos momentos la memoria se vuelve meticulosa y te vienen a la cabeza todos esos datos desgraciados acerca de conmociones cerebrales y otras amenazas?
Qué camino tan largo. A cada minuto, comprobando su respiración mientras ella, dormitando en un extraño sopor, abría los ojos sorprendidos hilando frases incoherentes en su media lengua de duende pequeñito.
Poco a poco las manos se le fueron quedando heladas. Y de paso, a mi se me helaba hasta el alma, descontando los kilómetros que nos quedaban hasta llegar al hospital.
Al llegar, vomitaba desarmada por completo. Con ella en brazos corrí hasta el médico. El corazón me golpeaba contra el pecho.
Cuarenta de fiebre, me dijeron. Y al verla allí, acurrucada cobre mi hombro, asustaba y tan pequeñita, tan desvalida, me sentí tan suya y a ella tan mía que por un momento me pareció que respirábamos al mismo tiempo, que nuestra sangre corría a la vez.
Fue uno de esos sustos que los hijos nos reservan en su primera infancia. Todo quedó en rato amargo, quizá en un estirón, quizá en uno de esos virus sin nombre.
Pero en esas horas de miedo, con mi niña sin su risa de juguete y su cotorreo de radio interminable, sentí profundamente que esta hija que me llegó del frío ha echado raíces en lo más hondo del fondo de mi corazón.
La pequeña, que por la mañana había sufrido una caída, un coscorrón de los muchos que con su todavía torpe caminar se lleva, comenzó a sentirse mal. REpentinamente el sueño, un sueño extraño, aturdidor, insólito, se le echó encima. Su carita, sonrosada y suave como un melocotón, se volvió gris. Ni la cena que tanto le gusta, ni su bibe adorado consiguieron devolverle el interés. Y, por primera vez, se durmió sobre mis brazos, ella, que necesita siempre su tortuguita de peluche y su almohada para conciliar el sueño.
Con el corazón palpitando de preocupación y la mente llena de presagios nos pusimos en camino a un centro hospitalario. ¿Porqué será que en esos momentos la memoria se vuelve meticulosa y te vienen a la cabeza todos esos datos desgraciados acerca de conmociones cerebrales y otras amenazas?
Qué camino tan largo. A cada minuto, comprobando su respiración mientras ella, dormitando en un extraño sopor, abría los ojos sorprendidos hilando frases incoherentes en su media lengua de duende pequeñito.
Poco a poco las manos se le fueron quedando heladas. Y de paso, a mi se me helaba hasta el alma, descontando los kilómetros que nos quedaban hasta llegar al hospital.
Al llegar, vomitaba desarmada por completo. Con ella en brazos corrí hasta el médico. El corazón me golpeaba contra el pecho.
Cuarenta de fiebre, me dijeron. Y al verla allí, acurrucada cobre mi hombro, asustaba y tan pequeñita, tan desvalida, me sentí tan suya y a ella tan mía que por un momento me pareció que respirábamos al mismo tiempo, que nuestra sangre corría a la vez.
Fue uno de esos sustos que los hijos nos reservan en su primera infancia. Todo quedó en rato amargo, quizá en un estirón, quizá en uno de esos virus sin nombre.
Pero en esas horas de miedo, con mi niña sin su risa de juguete y su cotorreo de radio interminable, sentí profundamente que esta hija que me llegó del frío ha echado raíces en lo más hondo del fondo de mi corazón.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Embarazos sorpresa
Es cierto, ocurre y sorprendentemente con una frecuencia mayor de la que se podría suponer. Los embarazos en mujeres adoptantes o que acaban de adoptar son tan normales dentro de su rareza, que incluso están descritos en la literatura médica como hecho repetido. Cuando hablo de la rareza de estos embarazos, me refiero evidentemente, a esos casos en que las mujeres emprenden la adopción ante la imposibilidad de llevar adelante la vía biológica.
Es cierto que desconocemos en su faceta más profunda, los mecanismos que ponen en marcha y deciden los embarazos. Parece claro que hay un importante factor psicológico que determina que un óvulo destinado a desaparecer se convierta de pronto en alguien que dejará su huella en el mundo de una u otra manera. Pero ¿cómo funciona este misterioso factor? Los médicos insisten en la vida tranquila, en no obsesionarse...pero entonces ¿cuánto más se desea un embarazo, menos posibilidades hay de conseguirlo? Es extraño. A veces, uno tiene la sensación de que la vida está dominada por fuerzas aburridas, empeñadas en divertirse a costa de los pobres mortales y nuestras pequeñas vidas. ¿Cómo sino se explican los cientos de embarazos no deseados concebidos en un momento de arrebato, en las peores condiciones emocionales, materiales y de toda índole? ¿O esos embarazos imposibles en mujeres aparente y médicamente fértiles?
En realidad no sirve de nada cuestionarse. Quizá la respuesta esté dentro de un plan universal, un destino personal...quien sabe. Pero si es así, qué puñetero es a veces.
Cuando se emprende el camino de la adopción con el corazón, se vuelcan en el proceso todas las emociones inherentes a la búsqueda de un hijo. Para algunas personas, este paso supone abandonar un sueño para abrazarse a otro. Olvidar el deseo de tener un hijo biológico para concentrarse en otra forma de formar una familia. Esto supone un duelo y un esfuerzo importante. Para algunas personas, muy costoso.
Otras veces no es así y simplemente se escoje esta vía como opción personal, olvidando el hecho reproductivo y concentrándose en el hecho maternal o paternal. Pero en cualquiera de los casos, se invierte en esto mucha energía, mucha ilusión y mucho esfuerzo.
¿Y qué ocurre cuando de repente aparece el embarazo? Quizá después de intentarlo durante años, cuando al fin se ha abandonado esa lucha. Quizá sin haberlo intentado nunca. O incluso, sin desearlo. Pero en cualquier caso, de forma inesperada.
DEsde fuera parece sencillo. Ya está. El hijo viene a nosotros sin tener que ir a buscarlo. Biológicamente. Asunto zanjado. Pero no siempre es tan sencillo. Adoptar, como parir, supone la creación en la mente y el corazón de un hijo imaginado. Y si el embarazo obliga a la suspensión de la adopción algo se trunca, como en un aborto. La alegría del hijo que viene se mezcla con la tristeza del hijo al que no llegaremos. Un duelo que también hay que vivir porque al final, el corazón es el inventor de cada uno de nuestros sueños y al corazón le cuesta siempre decir adiós.
Es cierto que desconocemos en su faceta más profunda, los mecanismos que ponen en marcha y deciden los embarazos. Parece claro que hay un importante factor psicológico que determina que un óvulo destinado a desaparecer se convierta de pronto en alguien que dejará su huella en el mundo de una u otra manera. Pero ¿cómo funciona este misterioso factor? Los médicos insisten en la vida tranquila, en no obsesionarse...pero entonces ¿cuánto más se desea un embarazo, menos posibilidades hay de conseguirlo? Es extraño. A veces, uno tiene la sensación de que la vida está dominada por fuerzas aburridas, empeñadas en divertirse a costa de los pobres mortales y nuestras pequeñas vidas. ¿Cómo sino se explican los cientos de embarazos no deseados concebidos en un momento de arrebato, en las peores condiciones emocionales, materiales y de toda índole? ¿O esos embarazos imposibles en mujeres aparente y médicamente fértiles?
En realidad no sirve de nada cuestionarse. Quizá la respuesta esté dentro de un plan universal, un destino personal...quien sabe. Pero si es así, qué puñetero es a veces.
Cuando se emprende el camino de la adopción con el corazón, se vuelcan en el proceso todas las emociones inherentes a la búsqueda de un hijo. Para algunas personas, este paso supone abandonar un sueño para abrazarse a otro. Olvidar el deseo de tener un hijo biológico para concentrarse en otra forma de formar una familia. Esto supone un duelo y un esfuerzo importante. Para algunas personas, muy costoso.
Otras veces no es así y simplemente se escoje esta vía como opción personal, olvidando el hecho reproductivo y concentrándose en el hecho maternal o paternal. Pero en cualquiera de los casos, se invierte en esto mucha energía, mucha ilusión y mucho esfuerzo.
¿Y qué ocurre cuando de repente aparece el embarazo? Quizá después de intentarlo durante años, cuando al fin se ha abandonado esa lucha. Quizá sin haberlo intentado nunca. O incluso, sin desearlo. Pero en cualquier caso, de forma inesperada.
DEsde fuera parece sencillo. Ya está. El hijo viene a nosotros sin tener que ir a buscarlo. Biológicamente. Asunto zanjado. Pero no siempre es tan sencillo. Adoptar, como parir, supone la creación en la mente y el corazón de un hijo imaginado. Y si el embarazo obliga a la suspensión de la adopción algo se trunca, como en un aborto. La alegría del hijo que viene se mezcla con la tristeza del hijo al que no llegaremos. Un duelo que también hay que vivir porque al final, el corazón es el inventor de cada uno de nuestros sueños y al corazón le cuesta siempre decir adiós.
martes, 15 de marzo de 2011
Historias de la espera 1
Habían pasado ya demasiados años. Demasiado tiempo esperando, intentando, persiguiendo por todos los medios la maternidad. Había tratado con todas sus fuerzas de seguir el consejo de aquellos que siempre lo saben todo, no obsesionándose, pensando en otras cosas, dejando que las cosas pasen cuando tengan que pasar...pero la realidad es que la vida parecía tener otros planes para ella. Y sin darse cuenta, aquel deseo incumplido se fue convirtiendo en un anhelo sin respuesta, en un vacío que la consumía por dentro.
Entonces todo entró en otra dimensión. Los médicos, las pruebas, los quirófanos...Un mundo frío y práctico en el que su deseo se convirtió en un protocolo médico en el que no había lugar para la emoción o el romanticismo. Se convirtió en una profesional del dolor. El de las pruebas, el de los intentos...el de los fracasos.
En su entorno, la compasión era la luz con la que la bañaban cada vez que una amiga, una vecina, una conocida, se cruzaba con ella en la calle empujando su carrito impoluto, con los cobertores y la ilusión recién estrenados. Y ella, componiendo una sonrisa valiente, se acercaba para felicitar a la nueva familia, para hacerle cucamonas al bebé, para decir lo hermoso que era y escuchar lo bien que se portaba.
Un día, se descubrió mirando en internet la cara de otros niños diferentes. Sus rasgos no se parecían a los de ella, pero sin embargo, la ternura la envolvió como una oleada cálida en medio del invierno. Y de nuevo, empezó a sentir viva la posibilidad de ser madre. Comenzó a fijarse en otras familias, en las que los lazos no se establecían en base a herencias genéticas ni parecidos familiares. Y se imaginó a sí misma acunando un rostro diferente, arropando una historia lejana...
No todo el mundo lo entendió y sin embargo, su adopción se convirtió en una luz que cambió el paisaje de su vida. Comenzó a tejer baberos, a bordar sabanitas de bebé, a aprender canciones. Se sumergió en la cultura del pais del que vendría su hijo, memorizó rimas infantiles en un idioma que le resultaba ininteligible, buceó en su memoria para recuperar las nanas que a ella la arrullaron ... Y la vida la arrastró olvidada de sí misma por primera vez en muchos años.
Una mañana, mientras comprobaba en el calendario el lento pero regular avance de su expediente de adopción, sintió que algo no iba bien. Se sentó sobre el sofá de piel oscura, ese que habían comprado pensando en que soportase los avatares de una casa con niños. Por un momento sintió que a su alrededor todo se movía, un calambre le cruzó el abdómen y un frío súbito la empujó de nuevo hasta la cama.
Esa tarde fueron al médico. Ante la mesa de madera descansaba toda una colección de artilugios imposibles, regalo seguro de los diversos visitadores médicos. Se le quedó la mirada enganchada en un rejoj con forma de ojo que parecía escrutrarla entre cada tic tac.
La voz del médico la sacó de su ensimismamiento.
¿Cariño, lo has oído? Le dijo él, mientras le cogía la mano.
Ella le miró sin entender todavía. El doctor repitió entonces sus palabras.
"Aunque hay que confirmarlo con un análisis de sangre, la analítica de orina es muy clara: está usted embarazada".
Miró a su marido, que parecía aturdido. Miró de nuevo al doctor y cogiendo su bolso salió de la consulta sin decir nada.
Entonces todo entró en otra dimensión. Los médicos, las pruebas, los quirófanos...Un mundo frío y práctico en el que su deseo se convirtió en un protocolo médico en el que no había lugar para la emoción o el romanticismo. Se convirtió en una profesional del dolor. El de las pruebas, el de los intentos...el de los fracasos.
En su entorno, la compasión era la luz con la que la bañaban cada vez que una amiga, una vecina, una conocida, se cruzaba con ella en la calle empujando su carrito impoluto, con los cobertores y la ilusión recién estrenados. Y ella, componiendo una sonrisa valiente, se acercaba para felicitar a la nueva familia, para hacerle cucamonas al bebé, para decir lo hermoso que era y escuchar lo bien que se portaba.
Un día, se descubrió mirando en internet la cara de otros niños diferentes. Sus rasgos no se parecían a los de ella, pero sin embargo, la ternura la envolvió como una oleada cálida en medio del invierno. Y de nuevo, empezó a sentir viva la posibilidad de ser madre. Comenzó a fijarse en otras familias, en las que los lazos no se establecían en base a herencias genéticas ni parecidos familiares. Y se imaginó a sí misma acunando un rostro diferente, arropando una historia lejana...
No todo el mundo lo entendió y sin embargo, su adopción se convirtió en una luz que cambió el paisaje de su vida. Comenzó a tejer baberos, a bordar sabanitas de bebé, a aprender canciones. Se sumergió en la cultura del pais del que vendría su hijo, memorizó rimas infantiles en un idioma que le resultaba ininteligible, buceó en su memoria para recuperar las nanas que a ella la arrullaron ... Y la vida la arrastró olvidada de sí misma por primera vez en muchos años.
Una mañana, mientras comprobaba en el calendario el lento pero regular avance de su expediente de adopción, sintió que algo no iba bien. Se sentó sobre el sofá de piel oscura, ese que habían comprado pensando en que soportase los avatares de una casa con niños. Por un momento sintió que a su alrededor todo se movía, un calambre le cruzó el abdómen y un frío súbito la empujó de nuevo hasta la cama.
Esa tarde fueron al médico. Ante la mesa de madera descansaba toda una colección de artilugios imposibles, regalo seguro de los diversos visitadores médicos. Se le quedó la mirada enganchada en un rejoj con forma de ojo que parecía escrutrarla entre cada tic tac.
La voz del médico la sacó de su ensimismamiento.
¿Cariño, lo has oído? Le dijo él, mientras le cogía la mano.
Ella le miró sin entender todavía. El doctor repitió entonces sus palabras.
"Aunque hay que confirmarlo con un análisis de sangre, la analítica de orina es muy clara: está usted embarazada".
Miró a su marido, que parecía aturdido. Miró de nuevo al doctor y cogiendo su bolso salió de la consulta sin decir nada.
lunes, 14 de marzo de 2011
Sobre la espera
La espera es sin duda, un momento de extrema importancia en la maternidad-paternidad. Es el periodo en el que la mente y el corazón se van preparando para los cambios que acarreará la llegada del hijo.
Hay muchas similitudes entre la espera en un embarazo biológico y uno burocrático. Cuando se firman los documentos para comenzar el proceso de adopción se siente algo muy similar al momento en que confirmas un embarazo. La emoción, la anticipación, incluso el temor...
Desde ese instante, el pequeño que llegará se instala en nuestro pensamiento colocándonos ese filtro que nos convierte en detectores de embarazos o niños adoptados según el caso. El cambio que se avecina se prevé grandioso, con toda la dosis de emoción, anhelo y pánico que en determinados instantes nos vienen a visitar.
Sin embargo, a medida que el tiempo pasa, se van separando las emociones que un embarazo y una adopción llevan aparejadas. En el embarazo, la madre se convierte en un ser sometido a cuidados y vigilancia constantes. A tu alrededor aparecen una serie de personas que se ocuparán de que todo vaya bien. Tendrás toda la información posible, a veces incluso más de la necesaria, acerca de cada cambio que se produzca. Y sobre todo, irás sintiendo poco a poco, como la persona que se instalará en tu vida, se va haciendo cada minuto más real, más tuya.
Cuando asumimos en embazaro burocrático las cosas son bien distintas. La soledad es un sentimiento común: soledad respecto a las personas que llevan tu proceso y que raramente compartirán contigo la información que te permitirá conocer con detalle qué va pasando. Soledad, en muchos momentos, respecto al entorno, poco proclive quizás a la adopción, poco informado, o directamente en contra. Y soledad respecto al niño, porque continuará siendo una idea en tu mente durante un tiempo increiblemente largo. A falta de ecografías en las que imaginar los rasgos, buscarás en las caras de otros niños adoptados en el pais de tu hijo, alguna pista de la carita en la que esperas mirarte el resto de tu vida.
Sin embargo hay lugares especiales en que esta sensación desaparece. Para mí, el mayor apoyo cotidiano en el proceso procedió de los foros de adopción. Desde el mismo entresijo, enredadas en las mismas emociones y viviendo los mismos problemas, desesperos y derrumbes, las mujeres que poblaban esos foros se convirtieron en la voz que todo lo entendía. Los foros fueron una ventana abierta a un mundo en el que todo lo que yo sentía era común, en el que veías como otros sueños hermanos de los tuyos se iban convirtiendo en realidad, aprendías de la experiencia ajena, y un día, te sentías útil tú también a las demás, haciéndote más fuerte en la medida en que más manos se unían a la tuya para seguir adelante. Nunca había participado antes en un foro y llevaré siempre en mi memoria los nombres y las palabras de esas mujeres con las que recorrí el camino más difícil de mi vida como madre.
Ya lo he dicho con anterioridad, pero me repetiré: sé que muchas de ellas han visto su camino interrumpido bruscamente. Y sé que estarán esperando encontar alguna alternativa que las conduzca hasta ese sueño esquivo. Y aunque ahora ya, siento que no sirve de nada lo que pueda decir ni hacer por ellas, llevaré siempre clavadas esas esperas suspendidas, en mi corazón.
Y la espera, ay, la espera. En un embazaro son nueve concretos meses. Quizá alguno menos, con riesgos y sustos si, como a mi, te toca un embarazo de riesgo, pero siempre con un plazo máximo muy claro. Se pasa miedo, si, pero siempre sabiendo por dónde caminas. Y una vez que das a luz, la vida comienza en solitario de nuevo, ahora con tu hijo en los brazos y un millón de dudas rodeándote a cada paso.
Cuando adoptamos, el tiempo tiene la cualidad de un chicle. Se alarga, se alarga, se alarga...Además de lo dicho acerca de la paciencia y la suspensión de la vida normal en espera del viaje definitivo, hay algo que me parece lo más importante de todo.
Los procesos de adopción tienen una asombrosa tendencia a volverse eternos. Pero las personas no lo somos. La vida va cambiando y nos arrastra con ella. A veces, cuando el proceso va culminando, las parejas o las madres no son quienes eran cuando comenzaron. Esto ocurre no solo por el transcurrir del tiempo, los cambios sociales que suceden de forma impredecible, como la crisis, los cambios laborales o incluso de salud, o de pareja. A veces, el sufrimiento que acarrean los vaivenes del proceso, el maltrato con que somos vapuleados producen un desgaste emocional demasiado caro. Depresión, angustia, crisis de pánico, problemas de pareja, problemas familiares... Cuando se sufre una situación estresante durante un periodo sostenido de tiempo, las secuelas encuentran formas muy creativas de presentarse.
Lo malo es que esto lo aprende uno a posteriori. Yo, mientras esperaba nunca pude sustraerme al sufrimiento terrible cada vez que veía que los plazos se alejaban de nuevo. Cada vez que creíamos que ya llegábamos, un nuevo empujón lo alejaba todo un tiempo indefinido más. Nuestro planteamiento familiar variaba, cambiaba la situación laboral, nuestro hijo crecía separándose del rango de edad del que vendría, algunos seres queridos que esperaban no pudieron hacerlo más, hubo enfermedades, sustos...la vida misma en su máxima expresión. Y yo me iba desgastando absorvida por los acontecimientos y padeciendo la espera.
Hay un momento en que hay que detenerse, sin embargo, y hacer una valoración de lo que está ocurriendo. Seguir adelante no debería ser una cuestión de inercia, de responsabilidad, o de economía (con lo que ya hemos gastado...). Lo más terrible de la espera, es que puede acabar con la ilusión. Y creo que hay que pensar muy bien cuando ese momento llega, si se da el caso, si seguir adelante o no.
En mi caso, la adopción llegó justo a tiempo. Cuando aún no habíamos empezado a desinflarnos, aunque sí estábamos cerca de ello. La pregunta que yo siempre me hacía, cuando el cansancio y el hartazgo me podían era: "si ahora lo parásemos todo, dentro de un par de meses, cuando el stres y la angustia se me hubiesen pasado ¿cómo me sentiría? ¿aliviada o triste?" Para mi, la respuesta era triste, triste sin remedio, con una sensación de pérdida demasiado grande.
Pero a veces la respuesta es otra y entonces hay que volver a pensar. Porque la adopción no acabará cuando nos asignen un menor. En ese instante, simplemente acabará al fin, de empezar. Y nos harán falta todas nuestras energías, nuestra ilusión y sobre todo, todo nuestro amor para empezar a andar ese camino.
jueves, 3 de marzo de 2011
Mucho, mucho antes...
Es difícil volver la vista atrás. No es buena idea rebuscar en los dolores pasados, escarbar en los sufrimientos padecidos, porque nos traemos al presente las negras nubes que nos cubrieron y que ya no tienen sitio en nuestro horizonte.
Sin embargo,tampoco quiero renunciar a la memoria.
Mucho, mucho antes que ahora, un día cualquiera, comenzamos por fin el camino a nuestra hija, que aún no tenía rostro, ni sexo, ni edad...
Cuando comienzas a adoptar, cientos de voces bienintencionadas te alertan sobre la necesidad de tener una ingente cantidad de paciencia disponible. Te avisan de que el proceso será largo y tú, con la arrogancia que la distancia nos brinda cuando imaginamos algo que aún no ha llegado, te crees capaz de todo, diferente a cualquiera que ya haya caminado antes este sendero.
Pero lo que nadie te previene, o lo que nunca te imaginas, es la avalancha de sentimientos y de emociones que el proceso te irá regalando.
Y no se trata de paciencia. Es mucho más que eso. Cuando el tiempo va pasando, en la vida de las familias que esperan, la perspectiva de la adopción lo determina casi todo. Económicamente, la economía familiar se organiza alrededor de los enormes gastos que exige viajar a un pais al otro lado del mundo. Viajes que, en muchos casos, se repiten hasta tres veces, con alojamientos, manutención, seguros...un sinfín de facturas que pueden convertirse en un muro más que franquear. Eso sin contar con los pagos que en algunas comunidades comienzan por los certificados de idoneidad, curiosamente obligatorios y sin embargo, no gratuitos en todas las comunidades. Afortunadamente, nosotros tuvimos la suerte de vivir en una comunidad en la que no hay que pagarlo y los plazos de espera para su realización eran bantante cortos. Pero en muchos casos, además del injusto desembolso, la espera para ser considerado apto o no para ser padre, es el primero de los calvarios incomprensibles del proceso.
DEspués de eso, las traducciónes, apostillas, legalizaciones y sellos diversos, las copias legalizadas o compulsadas o ambas cosas, los envíos por mensajerías...la lista de pagos es interminable.
¿cómo seguir con tu vida como si nada mientras esperas, si tu vida económica ha dado un giro tan radical?
Pero, al final, eso es simplemente un detalle material, quizá lo más fácil de sobrellevar, tirando eso si, de grandes dosis de imaginación y economía doméstica.
Hay otros aspectos que son más difíciles de sobrellevar. Como la ignorancia. Una vez que el expediente sale de España, tu relación con él pasa a ser cero. No sabes éxactamente dónde está, o de forma más concreta, en qué punto del proceso. Si eres de los afortunados que ven un orden estricto en la llegada de las familias a los lugares de destino, al menos tienes una leve referencia de cuándo llegará tu turno. Pero si no es así, te embraga una sensación de aleatoriedad, de indeterminación e incluso de injusticia que se convierte en una especie de camiseta mojada, que te pesa a cada paso. Qué difícil es aguantar el tirón cuando ni siquiera sabes si en un mes o un año llegarás a tu hijo.
Pero lo peor, es el miedo a que finalmente, algo se trunque. Cuando empezamos sabemos que en la adopción internacional se cuenta con la inestabilidad que suele darse en los paises de origen de los niños. Inestabilidad política, social o económica que puede en un instante cambiar por completo el panorama de los padres que esperan. Cuando el tiempo pasa y ves que nunca llegas al destino, ese miedo se vuelve casi sólido, como una almohada de piedra sobre la que pierdes muchas, muchas horas de sueño. DE nada sirven los ánimos de los amigos o familiares, ni los comentarios acerca de que todo llega. Porque, desgraciadamente esto no ocurre y los sueños, las esperanzas y las ilusiones que con tanto esfuerzo se han amontonado esperando, se derrumban.
Nosotros llegamos. Pero muchas otras familias se han quedado perdidas en el limbo de las promesas rotas. Ojalá por poco tiempo, pero quien sabe...
¿Y cómo aguantar entonces el tirón?
Una vez me dijo alguien que esperaba, que le parecía que las familias se equivocaban al vivir los procesos con tanta ilusión, tanta emotividad invertida en ellos. Le parecía que el proceso había que vivirlo con la cabeza, siendo consciente de que era un trámite burocrático y evitando el romanticismo. Ella pensaba, y sentía, que de esta forma es más fácil entender los vaivenes del proceso. Seguramente, es cierto. Pero probablemente, sea imposible de escoger. Quiero decir, que cada uno vive la vida con sus propias herramientas, y cuando la que manda es la de la emoción, las cosas son de otra manera. Se sueña, se imagina, se anhela el hijo esperado y se va poblando de ilusión su espera. Esto nos hace vulnerables, si, pero es lo que tiene el amor, incluso cuando es imaginario: nos desgasta, pero nos refuerza. Nos agota, pero nos llena de esperanza. Nos desgarra pero nos llena de pasión.
En cualquier caso, habiendo vivido mi proceso con la mayor ilusión, creo que llegar hasta ellos con el alma llena, es imprescindible para ser capaces después de caminar con paso firme el sendero de la maternidad. Aunque por supuesto, con el corazón abierto y la mente muy despierta.
Sin embargo,tampoco quiero renunciar a la memoria.
Mucho, mucho antes que ahora, un día cualquiera, comenzamos por fin el camino a nuestra hija, que aún no tenía rostro, ni sexo, ni edad...
Cuando comienzas a adoptar, cientos de voces bienintencionadas te alertan sobre la necesidad de tener una ingente cantidad de paciencia disponible. Te avisan de que el proceso será largo y tú, con la arrogancia que la distancia nos brinda cuando imaginamos algo que aún no ha llegado, te crees capaz de todo, diferente a cualquiera que ya haya caminado antes este sendero.
Pero lo que nadie te previene, o lo que nunca te imaginas, es la avalancha de sentimientos y de emociones que el proceso te irá regalando.
Y no se trata de paciencia. Es mucho más que eso. Cuando el tiempo va pasando, en la vida de las familias que esperan, la perspectiva de la adopción lo determina casi todo. Económicamente, la economía familiar se organiza alrededor de los enormes gastos que exige viajar a un pais al otro lado del mundo. Viajes que, en muchos casos, se repiten hasta tres veces, con alojamientos, manutención, seguros...un sinfín de facturas que pueden convertirse en un muro más que franquear. Eso sin contar con los pagos que en algunas comunidades comienzan por los certificados de idoneidad, curiosamente obligatorios y sin embargo, no gratuitos en todas las comunidades. Afortunadamente, nosotros tuvimos la suerte de vivir en una comunidad en la que no hay que pagarlo y los plazos de espera para su realización eran bantante cortos. Pero en muchos casos, además del injusto desembolso, la espera para ser considerado apto o no para ser padre, es el primero de los calvarios incomprensibles del proceso.
DEspués de eso, las traducciónes, apostillas, legalizaciones y sellos diversos, las copias legalizadas o compulsadas o ambas cosas, los envíos por mensajerías...la lista de pagos es interminable.
¿cómo seguir con tu vida como si nada mientras esperas, si tu vida económica ha dado un giro tan radical?
Pero, al final, eso es simplemente un detalle material, quizá lo más fácil de sobrellevar, tirando eso si, de grandes dosis de imaginación y economía doméstica.
Hay otros aspectos que son más difíciles de sobrellevar. Como la ignorancia. Una vez que el expediente sale de España, tu relación con él pasa a ser cero. No sabes éxactamente dónde está, o de forma más concreta, en qué punto del proceso. Si eres de los afortunados que ven un orden estricto en la llegada de las familias a los lugares de destino, al menos tienes una leve referencia de cuándo llegará tu turno. Pero si no es así, te embraga una sensación de aleatoriedad, de indeterminación e incluso de injusticia que se convierte en una especie de camiseta mojada, que te pesa a cada paso. Qué difícil es aguantar el tirón cuando ni siquiera sabes si en un mes o un año llegarás a tu hijo.
Pero lo peor, es el miedo a que finalmente, algo se trunque. Cuando empezamos sabemos que en la adopción internacional se cuenta con la inestabilidad que suele darse en los paises de origen de los niños. Inestabilidad política, social o económica que puede en un instante cambiar por completo el panorama de los padres que esperan. Cuando el tiempo pasa y ves que nunca llegas al destino, ese miedo se vuelve casi sólido, como una almohada de piedra sobre la que pierdes muchas, muchas horas de sueño. DE nada sirven los ánimos de los amigos o familiares, ni los comentarios acerca de que todo llega. Porque, desgraciadamente esto no ocurre y los sueños, las esperanzas y las ilusiones que con tanto esfuerzo se han amontonado esperando, se derrumban.
Nosotros llegamos. Pero muchas otras familias se han quedado perdidas en el limbo de las promesas rotas. Ojalá por poco tiempo, pero quien sabe...
¿Y cómo aguantar entonces el tirón?
Una vez me dijo alguien que esperaba, que le parecía que las familias se equivocaban al vivir los procesos con tanta ilusión, tanta emotividad invertida en ellos. Le parecía que el proceso había que vivirlo con la cabeza, siendo consciente de que era un trámite burocrático y evitando el romanticismo. Ella pensaba, y sentía, que de esta forma es más fácil entender los vaivenes del proceso. Seguramente, es cierto. Pero probablemente, sea imposible de escoger. Quiero decir, que cada uno vive la vida con sus propias herramientas, y cuando la que manda es la de la emoción, las cosas son de otra manera. Se sueña, se imagina, se anhela el hijo esperado y se va poblando de ilusión su espera. Esto nos hace vulnerables, si, pero es lo que tiene el amor, incluso cuando es imaginario: nos desgasta, pero nos refuerza. Nos agota, pero nos llena de esperanza. Nos desgarra pero nos llena de pasión.
En cualquier caso, habiendo vivido mi proceso con la mayor ilusión, creo que llegar hasta ellos con el alma llena, es imprescindible para ser capaces después de caminar con paso firme el sendero de la maternidad. Aunque por supuesto, con el corazón abierto y la mente muy despierta.
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