Es difícil volver la vista atrás. No es buena idea rebuscar en los dolores pasados, escarbar en los sufrimientos padecidos, porque nos traemos al presente las negras nubes que nos cubrieron y que ya no tienen sitio en nuestro horizonte.
Sin embargo,tampoco quiero renunciar a la memoria.
Mucho, mucho antes que ahora, un día cualquiera, comenzamos por fin el camino a nuestra hija, que aún no tenía rostro, ni sexo, ni edad...
Cuando comienzas a adoptar, cientos de voces bienintencionadas te alertan sobre la necesidad de tener una ingente cantidad de paciencia disponible. Te avisan de que el proceso será largo y tú, con la arrogancia que la distancia nos brinda cuando imaginamos algo que aún no ha llegado, te crees capaz de todo, diferente a cualquiera que ya haya caminado antes este sendero.
Pero lo que nadie te previene, o lo que nunca te imaginas, es la avalancha de sentimientos y de emociones que el proceso te irá regalando.
Y no se trata de paciencia. Es mucho más que eso. Cuando el tiempo va pasando, en la vida de las familias que esperan, la perspectiva de la adopción lo determina casi todo. Económicamente, la economía familiar se organiza alrededor de los enormes gastos que exige viajar a un pais al otro lado del mundo. Viajes que, en muchos casos, se repiten hasta tres veces, con alojamientos, manutención, seguros...un sinfín de facturas que pueden convertirse en un muro más que franquear. Eso sin contar con los pagos que en algunas comunidades comienzan por los certificados de idoneidad, curiosamente obligatorios y sin embargo, no gratuitos en todas las comunidades. Afortunadamente, nosotros tuvimos la suerte de vivir en una comunidad en la que no hay que pagarlo y los plazos de espera para su realización eran bantante cortos. Pero en muchos casos, además del injusto desembolso, la espera para ser considerado apto o no para ser padre, es el primero de los calvarios incomprensibles del proceso.
DEspués de eso, las traducciónes, apostillas, legalizaciones y sellos diversos, las copias legalizadas o compulsadas o ambas cosas, los envíos por mensajerías...la lista de pagos es interminable.
¿cómo seguir con tu vida como si nada mientras esperas, si tu vida económica ha dado un giro tan radical?
Pero, al final, eso es simplemente un detalle material, quizá lo más fácil de sobrellevar, tirando eso si, de grandes dosis de imaginación y economía doméstica.
Hay otros aspectos que son más difíciles de sobrellevar. Como la ignorancia. Una vez que el expediente sale de España, tu relación con él pasa a ser cero. No sabes éxactamente dónde está, o de forma más concreta, en qué punto del proceso. Si eres de los afortunados que ven un orden estricto en la llegada de las familias a los lugares de destino, al menos tienes una leve referencia de cuándo llegará tu turno. Pero si no es así, te embraga una sensación de aleatoriedad, de indeterminación e incluso de injusticia que se convierte en una especie de camiseta mojada, que te pesa a cada paso. Qué difícil es aguantar el tirón cuando ni siquiera sabes si en un mes o un año llegarás a tu hijo.
Pero lo peor, es el miedo a que finalmente, algo se trunque. Cuando empezamos sabemos que en la adopción internacional se cuenta con la inestabilidad que suele darse en los paises de origen de los niños. Inestabilidad política, social o económica que puede en un instante cambiar por completo el panorama de los padres que esperan. Cuando el tiempo pasa y ves que nunca llegas al destino, ese miedo se vuelve casi sólido, como una almohada de piedra sobre la que pierdes muchas, muchas horas de sueño. DE nada sirven los ánimos de los amigos o familiares, ni los comentarios acerca de que todo llega. Porque, desgraciadamente esto no ocurre y los sueños, las esperanzas y las ilusiones que con tanto esfuerzo se han amontonado esperando, se derrumban.
Nosotros llegamos. Pero muchas otras familias se han quedado perdidas en el limbo de las promesas rotas. Ojalá por poco tiempo, pero quien sabe...
¿Y cómo aguantar entonces el tirón?
Una vez me dijo alguien que esperaba, que le parecía que las familias se equivocaban al vivir los procesos con tanta ilusión, tanta emotividad invertida en ellos. Le parecía que el proceso había que vivirlo con la cabeza, siendo consciente de que era un trámite burocrático y evitando el romanticismo. Ella pensaba, y sentía, que de esta forma es más fácil entender los vaivenes del proceso. Seguramente, es cierto. Pero probablemente, sea imposible de escoger. Quiero decir, que cada uno vive la vida con sus propias herramientas, y cuando la que manda es la de la emoción, las cosas son de otra manera. Se sueña, se imagina, se anhela el hijo esperado y se va poblando de ilusión su espera. Esto nos hace vulnerables, si, pero es lo que tiene el amor, incluso cuando es imaginario: nos desgasta, pero nos refuerza. Nos agota, pero nos llena de esperanza. Nos desgarra pero nos llena de pasión.
En cualquier caso, habiendo vivido mi proceso con la mayor ilusión, creo que llegar hasta ellos con el alma llena, es imprescindible para ser capaces después de caminar con paso firme el sendero de la maternidad. Aunque por supuesto, con el corazón abierto y la mente muy despierta.
jueves, 3 de marzo de 2011
martes, 1 de marzo de 2011
Primer seguimiento
La adopción está llena de hitos. DE logros que los padres debemos ir alcanzando en este proceso. Uno de ellos es el tema de los seguimientos. Cuando te decides a adoptar en la vía internacional, lo primero que debes hacer es escojer el pais de origen del que será el miembro más importante de tu vida. Una elección que parece sencilla a priori, pero que está llena de detalles fundamentales que marcarán tu vida en mayor o menor medida.
El primer aspecto a tener en cuenta es la raza de la población del pais. Si se opta por una adopción transracial o no, esto determinará hacia donde se dirigen las miradas. Dicen los expertos, que a la hora de decidir formar una familia multirracial hay que tener en cuenta la capacidad de la familia para proporcionar a los niños en su crecimiento una adecuada identidad racial. O sea, que sepan crecer sintiéndose bien en su piel, aceptando y valorando con normalidad su diferencia racial.
Pero hay otros aspectos muy importantes a los que quizá, en ese momento en que buscas desesperadamente ese pais en el que materializar tus sueños, no prestas demasiada atención. Como por ejemplo, la idiosincrasia del pais al que vas a ir a adoptar, el carácter, la forma de legislación que desarrollan, el tipo de sociedad...y los compromisos de seguimiento.
Nosotros hoy, acabamos de pasar el primero de los seguimientos que nos acompañarán hasta la mayoría de edad de nuestra hija. Toda una vida.
Cuando lo firmamos nos pareción un trámite más. Es uno más de los detalles a veces surrealistas, que tienes que ir asumiendo para llegar a tus hijos al otro lado del mundo. Estás dispuesto a todo, firmarás lo que ellos digan siempre que sea por el bien de los niños.
Pero en casa, las cosas son distintas. La lucha por constituirse en una familia funcional, integrada y apegada se convierte en algo expuesto al exterior. O sea, que te pasan el examen de padre-madre.
Y yo, que creía tener esto tan asumido, me he visto sintiéndome de nuevo examinada. Igual que cuando empezamos la adopción, viendo escrutada toda mi vida por ojos ajemos. Ya sé que todo es por el interés superior del menor. Estoy de acuerdo y sobre todo en estos primeros momentos puedo entender que los paises de origen quieran asegurarse de que los niños tienen vidas adecuadas. Pero de pronto, me invade un sentimiento de vulneración. Y me pregunto cómo viviremos que nuestra vida familiar, cada año durante los próximos dieciseis, se vea expuesta a la opinión ajena.
Cada año alguien controlará cómo van nuestros progresos como padres. Y cada año tendremos que enfrentar a nuestra hija a su origen, una y otra vez, haciéndola ver que para algunos, debemos seguir siendo observados siempre, como si nuestra condición de padres no fuera definitiva, o lo suficientemente real como para ser respetada y para otorgarnos el beneficio de ser como otra familia cualquiera.
miércoles, 23 de febrero de 2011
¿biólógica o adoptiva?
Cuando comienzas el camino de la maternidad, lo haces mucho, mucho antes de quedarte embarazada o de firmar los papeles que te llevarán a adoptar. Es un camino que comienza cuando el deseo de ser madre se te instala por dentro. No todas las mujeres tienen este deseo, o este impulso y las que lo sentimos no lo vivimos todas de la misma manera.
Hay personas que colocan el deseo de ser madres en un compartimento de su cerebro: una idea sopesada, medida y tomada en cuenta de una forma más intelectual digámoslo así.
Otras mujeres, lo sienten de una manera más física, como dentro de "las tripas". Es casi una necesidad biológica que las empuja destrás del hijo ansiado.
Y otras, entre las que me cuento, lo sentimos como un pellizco en el corazón. Una especie de emoción incontrolable que se te instala delante de los ojos poniédole un filtro a tu vida, haciéndote ver la vida desde detrás de ese deseo.
Como en casi todo en la vida, creo que hay un poco de cada una de estas mujeres en todas nosotras en mayor o menor medida.
Y de estas mismas formas, la forma de llegar a nuestro hijo se abre camino en nuestra mente: racionalmente,visceralmente o emocionalmente.
Es evidente que la mayor parte de las madres optan por la vía biológica para tener a sus hijos. Pero es sólo eso: la mayor parte. Queda fuera un amplio número de personas que escogen ser padres por la vía adoptiva. Y no siempre por los mismos motivos.
A veces, cuando el cuerpo no responde al corazón, el embarazo deseado se convierte en una quimera. Otras veces, la adopción se abre ante los padres como un camino más, otra vía posible y deseable.
Yo también he recorrido el angosto sendero de la fecundación asistida, el primer paso más común cuando el embarazo se resiste a aparecer. Un periplo corto al que llegué sin previa reflexión por estas cosas que tiene la medicina pública, en la que te llevan y te traen por los vericuetos burocráticos de sus tratamientos sin tener en cuenta otra cosa que los documentos en regla o la edad. Cuando me quise dar cuenta, pasé de una prueba diagnóstica, a una mesa en la que me implantaban óvulos como el que pone cromos. "¿Has puesto tres? no, no, quita uno. Voy". Un horror del que escapé tan pronto pude. Y sin más resultado que las hormonas alteradas y un montón de tiempo desperdiciado en una lamentable sala de espera.
Como ya he comentado, la adopción siempre fué para mi y mi pareja, una opción más para formar nuestra familia. Y nos pusimos a ello con la mayor ilusión. Pero ¡cómo es la vida! Concentrada por completo en el mayor proyecto de mi vida y envuelta en una de esas temporadas en las que la vida se empeña en ponerle emoción al día a día, con mi padre enfermo, problemas laborales y un largo etcétera de angustias vitales, de pronto llegó él. Como una pequeña lentejita que, dentro de mí, lo cambió todo. Llegó como esa lluvia suave de primavera, poquito a poco, inundándolo todo, haciendo surgir de la tierra seca nuevos aromas embriagadores, lavando el mundo con colores recién hechos...
De mi embarazo contaré que fué probablemente la época más feliz de mi vida: a pesar del miedo a perderlo en cada susto que tuvimos, a pesar del reposo en el que se desarrolló...Sentirme habitada, escuchar palpitar en mí su corazón, notar cómo crecía y se hacía sentir. Nunca había estado tan en el mundo y a la vez, tan sumida en un estado de etérea paz.
Cuando al fin vió la luz, sentí por un momento que mi vida se llenaba de sentido. Y desde entonces, cada día, doy gracias a la vida por él.
Y el tiempo transcurrió. El pequeño crecía y dentro de mí se agitaba convulso mi otro proyecto vital: la adopción que detuvimos por el embarazo.
Muchas veces me han preguntado porqué teniendo un hijo biológico y quizás la posibilidad de tener otro, habíamos optado por una fórmula tan difícil como la adopción. Es una pregunta difícil de entender con la razón. Sólo tiene una respuesta coherente si se escucha con el corazón: porque deseábamos llegar a esa personita que sabíamos que nos esperaba sin saberlo. Es algo que se siente y ya está.
Nunca quisimos hacer caridad; ser padres nunca puede ser un acto de altruísmo. Es pura y simplemente un acto de amor.
Nunca pensamos que era nuestra obligación social: ser padres nunca puede ser un acto de deber, sino una entrega voluntaria y feliz.
Y de nuevo, después de algunos años, comenzamos el camino de la adopción, sintiendo siempre el tirón que alguien nos mandaba desde el otro extremo del mundo. Luchamos, sufrimos, nos desesperamos, estuvimos a punto de abandonar mil veces, pero era como traicionarnos a nosotros mismos y agarrados firmemente a la esperanza, llegamos a ella. Un tesoro anhelante que esperaba, en el más frío de los inviernos, a que nuestro amor comenzase a deshacer, poco a poco, el hielo que cubría su vida.
He recorrido dos caminos para llegar al mismo destino. Dos caminos totalmente distintos, llenos sin embargo de similitudes. Y en este tiempo he descubierto muchas cosas que nunca imaginé y que nadie me había contado. Y sigo caminando, perdida muchas veces, desorientada y cansada otras. Pero siempre mirando hacia delante, buscando en los ojos de mis hijos, el aliento y la fuerza para continuar.
martes, 22 de febrero de 2011
Cuando empieza el camino
Una no sabe muy bien cómo ni porqué, un día te despiertas con la idea clara y precisa de que necesitas alguien más en tu vida. La idea de tener un hijo se convierte en algo que cada día toma más protagonismo en tu día a día. Son esos curiosos momentos en que misteriosamente, la calle se llena de mujeres embarazadas, los parques están abarrotados de madres empujando carritos de bebé, y a tu alrededor proliferan las historias de parejas que acaban de tener uno o más hijos.
Esta idea no siempre va unida a tener una pareja estable. No podría decir cómo es ese momento en el caso de un hombre pero me lo imagino totalmente paralelo al de una mujer. En cualquier caso, lo que sí me consta es la forma en la que una mujer se encuentra de la noche a la mañana embarcada en lo que puede ser uno de los planes más fantásticos de su vida: ser madre.
En mi caso, la idea estuvo presente desde muy pronto, cuando aún era muy joven, aunque no con el propósito de ser materializada aún. Era un proyecto sin fecha de ejecución pero sin embargo, se revestía de una solidez que pocos de mis otros proyectos poseían.
Y curiosamente, desde el primer momento la forma de llegar a cumplir ese objetivo siempre estuvo diseñada de dos formas distintas: la biológica y la adoptiva. O sea, que siempre supe que mi familia no la formarían solo portadores de mis genes sino hijos llegados desde lo más remoto de los sueños.
Han pasaso veinte años. Quizá más. No vale la pena llevar las cuentas con demasiada exactitud cuando lo que determina el paso de los días es un collar de emociones, sorpresas y esperanzas. El tiempo ha pasado y mi familia es ahora mismo lo que siempre supe que sería. Tengo dos maravillosos hijos: un precioso hijo biológico y una hermosa hija adoptada.
Ha pasado un año ya, desde que mi pequeña familia se reunió al fin. Un año lleno de emociones y sentimientos de enorme magnitud, en el que he aprendido más acerca de mi misma, de la maternidad y de la adopción que en todos los cursos, seminarios y charlas a los que he asistido durante mi vida.
Estas son las ideas que a lo largo de este blog iré desgranando y lanzando al viento.
Esta idea no siempre va unida a tener una pareja estable. No podría decir cómo es ese momento en el caso de un hombre pero me lo imagino totalmente paralelo al de una mujer. En cualquier caso, lo que sí me consta es la forma en la que una mujer se encuentra de la noche a la mañana embarcada en lo que puede ser uno de los planes más fantásticos de su vida: ser madre.
En mi caso, la idea estuvo presente desde muy pronto, cuando aún era muy joven, aunque no con el propósito de ser materializada aún. Era un proyecto sin fecha de ejecución pero sin embargo, se revestía de una solidez que pocos de mis otros proyectos poseían.
Y curiosamente, desde el primer momento la forma de llegar a cumplir ese objetivo siempre estuvo diseñada de dos formas distintas: la biológica y la adoptiva. O sea, que siempre supe que mi familia no la formarían solo portadores de mis genes sino hijos llegados desde lo más remoto de los sueños.
Han pasaso veinte años. Quizá más. No vale la pena llevar las cuentas con demasiada exactitud cuando lo que determina el paso de los días es un collar de emociones, sorpresas y esperanzas. El tiempo ha pasado y mi familia es ahora mismo lo que siempre supe que sería. Tengo dos maravillosos hijos: un precioso hijo biológico y una hermosa hija adoptada.
Ha pasado un año ya, desde que mi pequeña familia se reunió al fin. Un año lleno de emociones y sentimientos de enorme magnitud, en el que he aprendido más acerca de mi misma, de la maternidad y de la adopción que en todos los cursos, seminarios y charlas a los que he asistido durante mi vida.
Estas son las ideas que a lo largo de este blog iré desgranando y lanzando al viento.
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