martes, 21 de abril de 2015

EL BUEN COMPORTAMIENTO

 
A veces, cuando vuelvo a casa del trabajo, me doy cuenta de que, inconscientemente mi actitud mental va cambiando. Paso del modo profesional al modo doméstico. O lo que es lo mismo: de la estructurada rutina laboral, de la previsibilidad a la incertidumbre. Es lo que yo denomino "el modo batalla".
 
El modo batalla incluye varios aspectos: la batalla con el desorden que invade el territorio infantil, la batalla con las coladas que tienden inevitablemente, a la expansión, la batalla con las exigencias que el reloj impone bajo la amenaza del siguiente día de cole...Pero sobre todo y fundamentalmente, la batalla con las explosiones inesperadas con las que a veces, el proceso se va viendo salpicado.
 
Sacar adelante las obligaciones que rodean a los niños tiene un alto grado de imprevisibilidad. A veces, nuestros buenos propósitos e intenciones se ven repentinamente desarmados por la oposición de los niños que, personas con sus propias ideas y planes, pueden no estar para nada por la labor de seguir nuestras indicaciones. Esto es lo normal en una casa con niños. A nadie le gusta que interrumpan su actividad con órdenes o indicaciones por amables que sean. A los pequeños tampoco, claro. Pero hay niños a los que les resulta mucho más difícil participar de este tiempo en el que mamá o papá dirigen los aconteciemientos. Y aparece el mal comportamiento.
 
El mal comportamiento es normal. Es una parte más del desarrollo y evoluciona con el crecimiento de los niños. Eso lo sabemos todos. Pero lo que no solemos tener es un enfoque más específico del tema. Un abordaje que en psicología sí se tiene en cuenta y que da respuesta a muchas de las incógnitas de los padres enfrentados a un niño que se comporta mal: El comportamiento es un proceso cognitivo más. Es decir, igual que cualquier otro proceso cognitivo no se ejecuta solo de manera voluntaria sino que guarda, tras él, una seride de desarrollos necesarios e imprescindibles de otras áreas relacionadas. Muy frecuentemente damos explicación a los malos comportamientos de maneras popularmente muy extendidas: "está tratando de manipularte", "lo que quiere es llamar la atención", "es muy tozudo y no da su brazo a torcer", "no lo hace porque no quiere, simplemente"... Seguramente en todas ellas se puede encontrar alguna verdad en ocasiones. Pero no siempre.
 
Por ejemplo: hay veces en que un niño repite recurrentemente un comportamiento que le perjudica notablemente. Es decir, se encuentra una y otra vez con una consecuencia del mismo en forma de castigo, por ejemplo. Un momento que vive de forma muy negativa y que no le deja indiferente. Y, sin embargo, continua repitiendo esa acción o actitud. ¿Qué pasa ahí? El aprendizaje está hecho, ha vivido la consecuencia a sus actos pero no por ello deja de meterse, sigamos, en ese berenjenal. Los padres suelen quedarse perplejos. Y ahí vienen las frases de rigor: "no lo hace bien porque no le da la gana. Te está desafiando". No tiene porqué ser así. En muchas ocasiones, la memoria ejecutiva está aún sin terminar de desarrollar, tiene deficiencias y no es capaz de poner en primer término las consecuencias que se producirán después de la acción. Es una cuestión de desarrollo cognitivo.
 
Es solo un ejemplo. Pero ilustra un hecho general. Detrás de muchos de los comportamientos de nuestros hijos hay que buscar un origen cognitivo. O por decirlo de otra manera, una justificación más ligada al desarrollo de esas competencias.
Carlos, cada vez que tiene que apagar la tele para ir a ducharse consigue meterse en un lío. Parece sordo. No obedece nunca a la primera...ni a la segunda o la tercera. Y siempre acaba castigado y llorando. Luego llega el momento del arrepentimiento y de pedir perdón.
 
¿Qué pasa ahí? Pues, en el enfoque que estamos tratando ahora mismo, se trataría de la dificultad que tiene Carlos para cambiar rápidamente de actividad. Una forma de abordar el tema más adecuada sería la de ir dando avisos pacientes y firmes al niño, para que pudiera ir haciendo suya la nueva situación.
 
Observar atentamente a nuestros hijos en sus malos momentos puede darnos las claves para entender qué está pasando en esas situaciones que no podemos entender y que tanto nos disgustan. A Loreto, salir a pasar el día con sus hijos fuera de casa le resultaba cada vez más angustioso. La niña pequeña, de cinco años, hacía de cada salida una exhibición de mal comportamiento. La familia sentía que la niña estropeaba cada situación especial con sus lloros, sus berrinches y sus desafíos constantes.
 
Pero mirando detenidamente, lo que había detrás de ese comportamiento disruptivo, lo que había era mucho más que mala voluntad: a la niña se le quedaban grandes los entornos llenos de desconocidos, los ruidos ambientales y sobre todo, los paseos en los que perdía la noción segura de dónde estaban y a dónde exactamente iban. Su inmadurez cognitiva en esos terrenos se volvía inmadurez conductual. Puede pareceer que es lo mismo, ya que el resultado del tema es igual. Pero creo que hay una enorme diferencia. Es mucho más fácil enfrentar y tratar de atajar un comportamiento inadecuado cuando se elimina de la ecuación la voluntade de llevarlo a cabo del niño.
 
O dicho más claramente: si no pensamos que el niños hace las cosas mal a propósito, o al revés, que no las hace bien de forma premeditada, desaparece de la ecuación la sensación de desafío que pone a los padres en guardia. Cuando consideramos que nuestros niños están atrapados en un determinado tipo de comportamiento por carecer de las herramientas personales adecuadas para evitarlo, podremos empatizar con ellos y ayudarles a aprender el camino correcto para gestionar esa situación.
 
Los pasos para poder llegar a esto son sencillos y claros:
 
1-Empatizar con el sentimiento que invade al niño en ese momento: "Veo que estás muy nervioso porque crees que te va a costar mucho recoger los juguetes"
2-Ponerle nombre a lo que está sintiendo para enseñarle a ir identificando emociones lo que le permitirá compartirlas más adelante y manejarlas mejor: "Es un poco angustioso cuando se tiene una tarea tan difícil por delante ¿verdad?"
3-Buscar una solución conjunta en la que el niño ofrezca su propia solución y en la que se vea voluntad de ayudar, escucha atenta y sobre todo, en la que las dos partes puedan ceder en parte.
 
"-¿Qué podemos hacer? -¿Me ayudas? -Vale. Yo recojo los muñecos y tú te ocupas de los legos. ¿de acuerdo?"
 
Hay que ceder terreno para ganar espacio de comunicación. Y aprender una forma de relacionarse en la que lo que prima no es la imposición sino la empatía. Se tarda un poco más aparentemente, pero en la práctica es más rápido, porque evitamos todo ese tiempo perdido en el tira y afloja, reivindicamos nuestro papel director y nos afianzamos como figuras de confianza. Y sobre todo, ayudamos a nuestros hijos a aprender a enfrentarse a la situación protagonizándola y saliendo de ella con su autoestima intacta. Y de paso, nos regalamos un ratito más de armonía famililar. ¿No vale la pena?

martes, 14 de abril de 2015

CELOS CELOS CELOS







No importa el planteamiento previo. Ni las previsiones anticipadas. Ni la buena voluntad-intenciones-propósitos que se dediquen a priori. La llegada de un nuevo hermano a la casa es una debacle emocional para el veterano.

Es cierto que, como en todo, hay caracteres y caracteres. Y que, también es cierto, hay edades y edades. Y que no todo los casos son exactamente iguales. Pero también lo es que los celos son inherentes a la inseguridad y que hacer sitio en tu vida para un competidor directo, no es nada sencillo.

Cuando los hermanos llegan, los niños que esperan suelen estar arropados en el proceso, por una serie de sentimientos e ilusiones que giran alrededor de perspectivas muy atractivas. Los pequeños, tanto si sus padres esperan un hijo biológico, como si están adoptando, viven escuchando a sus mayores hablar de lo estupendo que será ese momento. Tendrán alguien con quien jugar, serán hermanos mayores, podrán cuidarle y le querrán mucho.

A veces, también reciben otro mensaje mucho menos tranquilizador, que no acaban de entender muy bien, en medio de un panorama tan apetecible: “Mamá y papá no van a quererte menos cuando llegue el hermanito o la hermanita. Aunque tengamos menos tiempo para ti, seguirás siendo nuestro niñito querido para siempre.” Esto siempre se dice con una intención positiva, tratando de preparar a los niños para lo que nosotros prevemos que va a suceder. Pero el mensaje que reciben es bien distinto. Sin acabar de entender porqué, ellos empiezan a percibir una amenaza escondida tras la deseada llegada. Y los nervios empiezan a nacer, poniendo sus pequeñas y perniciosas larvas en la mente de los niños que observan como las cosas, de forma sediciosa, van cambiando a su alrededor.

Sin embargo, generalmente, el sentimiento que sigue dominando es el de excitación. Y la ilusión. Como si el gran acontecimiento que se avecina fuera como un nuevo día de Reyes especial para ellos. Los pequeños, acostumbrados en buena medida a que la vida se mueva a su alrededor, se organice en torno a ellos, esperan el gran día con emoción protagonista.

Y llega el momento. Los acontecimientos se precipitan y ellos están en segunda fila, esperando con más o menos ansiedad que todo cobre sentido. Nerviosos, expectantes...


Vamos a imaginarnos el mejor de los escenarios: unos padres atentos que saben dar atención a los dos hijos, que conservan tiempo en exclusiva para los dos, que no han dejado que la vida se vuelva demasiado diferente para el primogénito. Los padres se desviven por demostrar que siguen amando incondicionalmente a su hijo y sin embargo, los celos aparecen, a veces subrepticiamente y se dejan sentir con todo su peso.

Y es que, te lo vendan como te lo vendan, el fundamento único e inevitable de la formación de una familia es compartir. Hay que compartir a mamá, que pasa mucho tiempo con el recién llegado. Hay que compartir a papá, que tiene que repartir el tiempo que antes era solo para él, con el pequeño invasor. Hay que compartir la casa y respetar normas que antes no existían, porque el nuevo duerme a la hora de jugar y no se puede hacer ruido, porque no se puede entrar en esa habitación si está descansando, hay que hacerse un poco más mayor un poco más rápido porque el nicho de bebé que antes se seguía ocupando de vez en cuando, ahora está ocupado permanentemente...Mil pequeños o grandes cambios que marcan de forma dramática el devenir de los días.


Otras, son grandes nubes oscuras que acompañan a los pequeños haciendo que su vida les parezca menos luminosa que antes.

Para los padres puede ser muy doloroso ver cómo su hijo sufre por una situación que para ellos debería ser un precioso momento de felicidad. Cuando los niños son pequeños parece que en nuestras manos están todas las claves de su bienestar y de su felicidad. Sabemos cómo calmarlos cuando lloran, cómo hacerlos reír cuando están tristes y cómo conseguir que se sientan tranquilos y protegidos. Pero al crecer, cuando son capaces de elaborar sentimientos más complejos, esta capacidad se va diluyendo. Hay una parte de nuestro hijo que queda fuera de nuestro control. Ellos comienzan a ser responsables de sus propias emociones y a nosotros nos queda el trabajo de enseñarles a gestionarlas.

Los celos son una emoción muy humana. Muy dolorosa y, ciertamente en algunos momentos, inevitable. Pero los celos, como todas las demás emociones humanas también pueden ser una herramienta de crecimiento. Es duro ver a nuestros padres compartir con un recién llegado lo que hasta entonces solo era nuestro.



Los celos pueden regalarnos regresiones, tristezas o furias incomprensibles aparentemente, hiperdependencia, terrores nocturnos, eneuresis o encopresis, cambios en el apetito... todo síntomas del malestar por el que atraviesan nuestros hijos.



Y se pueden manifestar en momentos inesperados. Incluso pueden aparecer cuando ya pareciera que todo está superado, renaciendo con mayor intensidad.
Además, aunque lo más habitual y los más exacerbados suelen ser los manifestados por los hermanos mayores hacia los más pequeños, hay que recordar que también puede suceder en la otra dirección: los pequeños pueden tener celos devastadores hacia los hermanos mayores. Ya decíamos que es una de las emociones humanas por antonomasia.

Y ante este panorama, ¿qué podemos hacer?

Lo primero y más importante es enseñar a los niños a ponerle nombre a sus emociones. A reconocerlas y aceptarlas sin reproches. No es malo sentir celos. Es solo humano. Un sentimiento más que hay que aprender a distinguir y admitir.

Si enseñamos a los niños el camino para enfrentarse a ese sentimiento sufrirán menos. Por una parte, hay que hacerles ver que incluso en los momentos en que el protagonista de lo que sucede es el nuevo pequeño, ellos siguen teniendo su lugar. La necesidad de sentir que siguen perteneciendo intensamente a esos momentos es muy poderosa y si no es satisfecha puede crear mucha frustración. Los niños pueden aprender que, sin necesidad de protagonizar los momentos del hermanito, pueden seguir siendo parte de ellos. Por ejemplo, hacer que colaboren de alguna manera, darles alguna responsabilidad si lo desean puede ser una buena idea.

Algunos niños no quieren este tipo de inclusión. Es ese caso, creo que lo mejor es enseñarles a esperar su propio momento, y sobre todo, a saber verbalizar lo que les está pasando acompañándoles en ese aprendizaje.

<“Cuando sientas celos, puedes decirme lo que te está pasando y, en cuanto termine, te daré el abrazo que necesitas”

A veces, algunos niños se avergüenzan de sentir celos, seguramente porque han escuchado muchas veces ese término de manera negativa y como reproche. Entonces, se puede utilizar otro tipo de expresión. Si les explicamos bien qué son los celos, ayudándoles a entender que no son malos por sentirlos y que todo el mundo los siente alguna vez, los niños estarán dispuestos a reconocerlos. Y cuando los reconozcan, el objetivo es que sepan solicitar ese plus de atención que necesitan en ese momento sin enfados, berrinches o conductas poco apropiadas:



“Mamá, estoy sintiendo un poco de pena. ¿Me das un abrazo?”

Estas cosas no harán que los celos desparezcan, desengañémonos. Pero sí harán que el proceso hasta acomodarse en la nueva forma de ser parte de la familia, sea más sencillo para los niños, menos doloroso. Y que se sientan comprendidos y no apartados por sus sentimientos negativos.

Pero ¿qué pasa cuando el hermanito que llega no lo hace de forma biológica?

Pues la verdad, es que, como en tantos otros aspectos de la formación de nuestras familias, tampoco los celos son lo mismo.

Cuando un bebé recién nacido llega a casa ocupa un lugar muy concreto, muy predecible y físicamente muy pequeño. Su cuna, su carro o los brazos de papá y mamá son el espacio en el que siempre está: ubicable, predecible. Para cuando crezca y ese nivel de “intrusión” se amplie, el bebé no será ya un desconocido.

Pero cuando un hermano llega después de un proceso de adopción, en la mayoría de los casos es mucho más mayor. Y cuanto mayor es esta edad, más amplio es su ámbito de influencia, el espacio en el que se moverá.

No es lo mismo compartir la casa con un bebé inmóvil en una cunita, que con un niño que recorre nuestro espacio haciéndolo suyo, toca nuestros juguetes, se interpone en nuestra actividad y es del todo incontrolable para nosotros. Además de la invasión emocional que siempre conlleva el hermano, se añade una gran invasión física.

Sin ir mucho más allá en el análisis, ni entrar en los casos más especiales y complicados, también es cierto que la adopción suele entrañar complejidades añadidas en el proceso de inserción en la familia que los niños viven en primer grado.

Es más fácil aceptar y querer desde el primer momento a un bebé indefenso y diminuto, dispuesto a reír con nuestras pedorretas que hacerlo con un niño desconocido que coge nuestras cosas, se sube encima de nuestros queridos y hasta entonces privados padres y al que, probablemente ni siquiera entendemos cuando habla.


Es más difícil, más repentino y más intenso. Pero el proceso es igual. El sentimiento de inseguridad y celos es el mismo. Y la necesidad de entenderlos y controlarlos también. A nosotros, como siempre, nos toca acompañar, ayudar y comprender. Y esperar que, con el paso del tiempo, se conviertan en algo manejable e inofensivo.



miércoles, 19 de noviembre de 2014

Mamá ¿soy sexy?




Tantos años de lucha para conseguir escapar de los corsés, literal y metafóricamente, y ahora nos sentamos delante de la tele a ver cómo a nuestras hijas las endosan, sin disimulo alguno, el mismo discurso de siempre. El estereotipo más frívolo y superficial de la mujer que se pueda imaginar.

Me refiero a toda la nueva generación de juguetes "de niña" con que la cercana navidad está acosando a las niñas desde la publicidad televisiva.

No soy ninguna fundamentalista del tema. Tengo un hijo y una hija, educados en la igualdad total. Y he constatado empíricamente, las diferencias intrínsecas que cada género lleva asociadas, en la mayor parte de los casos. Recuerdo el primer cumpleaños de mi hijo. Me embargaba la emoción de aquella primera celebración. La juguetería se me quedaba pequeña escogiendo para él los juguetes que más me gustaban. Y había de todo: bloques de construcción, un tren, cuentos, un pianito, una pelota y una preciosa muñeca de trapo. Los bloques fueron un regalo perfecto. Sirvieron para construir, aprender series, agrupar y desagrupar, derrumbar torres (el favorito)... Pero el regalo incomparable fue la pelota. La muñeca fue abrazada unos momentos, explorada otros más y  después se transformó también en pelota. Menos mal que era de tela.

Con mi hija ocurrió lo contrario. No hubo pelota que pudiese ponerse a la altura de un muñeco bebé, a pesar de todos los intentos de su hermano mayor por captarla como portero o delantero de sus partidos caseros. Su mayor afición es jugar a las mamás. Cuando llega la hora de dormir, coloca todos sus favoritos en su cama, con sus cabezas de goma sobre la almohada. Después se acuesta ella, haciéndose un huequito como una muñeca más.

A él las muñecas y los juegos de mamás nunca le interesaron. A ella, los cochecitos, las pelotas o los gormitis no le merecen un instante de su tiempo.

Cada uno tiene sus gustos. Y cada uno elige lo que más le apetece. Así que no es una cuestión de género. No creo que los juguetes tengan que ser todos unisex, aunque me parecen importantes, imprescindibles y casi siempre, los más divertidos.

Lo que me preocupa, lo que me molesta y lo que me parece una amenaza es el planteamiento femenino con el que aleccionan a nuestra niñas. Barbie sigue haciendo su trabajo: belleza=extrema delgadez. Pero ahora, la insistencia generalizada en el aspecto es aún más brutal. Maquillaje, diseño de moda, peluquería, a un nivel extremo. No hay muñeca, ¡aunque esté muerta!, que no esté maquillada como si saliera de un after. Hay que ser "divina" y "fashion" para molar. Mi hija, que aún no tiene clara la diferencia entre largo y corto, controla estupendamente estas dos ideas. Y con seis años recién cumplidos dice que quiere ser "sexy" y me lo demuestra ¡sacado morritos y meneando el culete! No podía ser de otra manera. A pesar de mis intentos de controlar el contenido televisivo que ingiere, los anuncios son devastadores: anuncios de bolsitos para colorear en los que unas adolescentes con minivestidos de brillos se contonean sugerentemente, niñas maquilladas que juegan a ir de shopping, princesas que, por comparación, convierten a aquella del guisante en la dama de hierro.



Las niñas juegan con muñecas y buscan identificación. Pero lo hacen con réplicas de mujeres, no de niñas, que representan un modelo de mujer centrado totalmente en su aspecto físico. No es nuevo, pero ahora hemos alcanzado un nivel de intensidad muy peligroso.

Esto no deja a salvo tampoco a los niños, que se ven rodeados de estereotipos femeninos extremadamente frívolos y superficiales mientras a ellos se les otorga el papel contrario, en el que se instalan siendo muy conscientes de las fronteras entre los dos mundos. Abriendo una brecha insalvable entre los dos sexos. ¡Qué miedo y qué pena!

Una vez, hablando con mi hijo le pregunté cuáles eran las cosas que menos le gustaban. Y me dijo. "Las cosas cursis, mamá. Como el anuncio de las Miel Pops, con todas esas abejas cantando en plan sexi". Tenía siete años.

Es el nuevo catecismo infantil: Para ser mujer hay que ser guapa. Para ser mujer hay que maquillarse como una puerta. Para ser mujer hay que estar siempre divina. Y, si encima eres asiática en España, corres el peligro de creer que para ser mujer y ser atractiva para los demás, tienes que ser rubia o como mínimo tener los ojos azules.

Cada navidad intento que mi hija tenga como regalo alguna muñeca con rasgos asiáticos. Para que pueda mirarse en un rostro de facciones similares a las suyas. Para que aprenda que la belleza no es solo occidental. Pero aún no lo he conseguido. La barbie china, es una muñeca escuálida de ojos redondos disfrazada con un kimono. Y algo parecido pasa con la Nancy.


Ser mujer y ser femenina es posible sin ser un caparazón fívolo y vacío. Ser hombre y masculino sin sentirse encorsetado en el rol de macho también lo es. Pero ¿cuándo se empieza a construir esta idea?
¿Qué estamos haciendo para conseguirlo?


miércoles, 29 de octubre de 2014

Construir el tiempo perdido



Educar, habitualmente, es acompañar en el proceso de desarrollo social, emocional y cognitivo de nuestros hijos. Una árdua tarea, como cualquier padre o madre responsable sabe bien.
Pero en el caso de los niños adoptados, educar significa también restaurar, edificar, afianzar.

Cuando un pequeño es lanzado al mundo sin el abrigo del amor parental, el frío puede ser muy doloroso. La falta de atención adecuada o suficiente propia de muchas instituciones coloca a los pequeños al borde del abismo. Los supervivientes conservan las cicatrices del proceso. Algunas para siempre.

Y después llegamos nosotros.

Explicar a los niños cómo llegaron a nuestras vidas es una de las claves de la construcción familiar. Y uno de los puntos fuertes de atención para todas las familias adoptivas. Enseñamos a nuestros hijos todo lo que podemos acerca del proceso, de su búsqueda, de su llegada al clan, al hogar, a nuestras vidas.

Cuando el desarrollo de las familias adoptivas es normal, los niños crecen con los detalles de su historia presentes de forma sencilla, abierta y asequible. Ven las fotografías de su casa cuna u orfanato, del día del encuentro, de la primera vez que los sostuvimos en brazos... del viaje a casa. Y se convierte en su historia.
No en vano, la mayoría de los padres y madres adoptantes trabajan para que ese momento sea algo asumido y normalizado. Sin dejar para un futuro incierto las revelaciones novelescas de los orígenes, sin permitir que los secretos se instalen y empañen la confianza.

Sin embargo, hay otro proceso fundamental que es imprescindible y sin embargo, no se le presta la suficiente atención. Quizá, porque es más difícil de afrontar. Se trata de la construcción del tiempo perdido: el periodo de vida anterior a nosotros.

Cuando los niños biológicos crecen, les encanta que les hablen de su nacimiento. Recrear su llegada al mundo, sus primeros momentos, sus balbuceos iniciales y cómo a sus padres se les caía la baba con sus monerías. A los niños adoptados les hablamos de su llegada a nuestra vida: cómo les buscamos, cómo les deseamos, cómo eran cuando les vimos, sus gracias, sus sonrisas, nuestra emoción...

Es un proceso positivo y necesario. Un parte básica de su historia personal. Pero no la única. Los niños nacieron para el mundo antes de hacerlo para nosotros. Hay toda una enorme parte de su vida de la que nosotros no fuimos partícipes. Desde el momento de su concepción, su desarrollo intrauterino, su nacimiento...hasta llegar a casa. Un periodo del que a veces no tenemos ningún dato fehaciente, ningún detalle. Y sin embargo este periodo es de una enorme importancia para la construcción de la propia identidad. Los niños necesitan saber acerca de esa parte de su vida: cuando estaban en la barriga de su madre biológica; cuando nacieron; y todo ese tiempo en el hospital, el orfanato, la familia de acogida...

A veces, insistimos tanto en el aspecto adoptivo de su vida, reforzando el momento de encuentro y todo lo que comentaba más arriba, que conseguimos que nuestros hijos se confundan: no tengan conciencia clara de su origen biológico. El hijo de una querida amiga llegó a pensar que procedía de un huevo.

Quizá parezca irrelevante ofrecer a los niños datos sobre esta parte de su vida que parecen no recordar. Sin embargo, observando a los pequeños, podemos encontrar las claves que nos muestran que están necesitando esa información. En los dibujos de una pequeña adptada de cuatro años, solía reproducir una cuna. Y dentro de ella..nada: garabajos negros que se repetían una y otra vez. El bebé que ella misma representaba no tenía una imagen en su mente. No había adquirido entidad alguna. Nadie le había hablado de aquella parte de su pasado.

Todos los seres humanos tienen derecho a su propia historia. Con sus luces y sus sombras. La de nuestros hijos adoptados tiene algunos aspectos muy difíciles de abordar. En algunos casos, extremadamente difíciles.Recrear para ellos el tiempo perdido no significa enfrentar a los pequeños a los demonios de un pasado terrible. Significa construir para ellos una memoria vital en el que todos los procesos por los que han pasado queden recogidos. Pero siempre  a la medida de sus necesidades, de sus posibilidades y de su conveniencia.

Necesitan saber que estaban en la barriga de una mujer: una madre biológica que hizo su parte del trabajo. Que durante el embarazo fueron una lentejita, un garbancito, un muñeco "barriguitas" y finalmente un bebé. Que nacieron de un parto. Que eran pelones o peluditos; que al principio tenían los ojitos cerrados y los puños apretados. Que sus deditos eran diminutos y preciosos. Que alguien los cuidó, les abrigó y les alimentó. Que se tomaban sus biberones de un trago. Que se hacía pis en el pañal.

Necesitan saber de su vida en el orfanato. De sus carreras con el taca-taca. De sus compañeros de cuarto, sus cuidadoras, sus juguetes favoritos. De sus primeros pasos y su primer diente.
de cuando aprendieron a usar el orinal...

Todo eso es su historia. Una historia que para un niño pequeño representa un elevado porcentaje de tiempo. Y de emociones.

Y no sirve decir que los niños no recuerdan esos momentos. El refugio de la falta de memoria es una trampa muy peligrosa. Nos puede impulsar a permitir que los niños crezcan llenos de huecos. De silencios y negruras que se traducen en inseguridad y pérdida.

La gran pregunta es...¿cómo construyo para mi hijo una parte de su vida de la que no tengo datos?
Con sentido común. Lo que los niños necesitan no es tanto tener muchos detalles exactos, como la oportunidad de reconocerse en esos momentos. De poner en su sitio todas las fechas de su corta pero cambiante y dificil vida. Contarles lo que seguro que ocurrió, los hechos que siempre se repiten en cada uno de nosotros. Porque ellos también fueron fetos, nacieron y fueron preciosos y maravillosos bebés que olían a puro y merecían ser amados. Y tienen derecho a escucharlo. Aunque nosotros no estuviéramos allí. 

Esta recreación tiene además otra función importantísima: hablar de ese tiempo con cariño crea para los pequeños una sensación positiva de esa etapa, sin empañarla de tristezas, carencias, miedos y rencores. De sus deprivaciones y las partes oscuras de su historia ya nos ocupamos nosotros. Ellos merecen saber que eran bebés maravillosos y dignos de amor y afecto. Incluso, por supuesto, antes de llegar a casa.

Yo, a mi hija, le escribí un cuento contando todo lo que ella necesitaba saber. Y su expresión al escucharlo fue inolvidable. La posibilidad de tener el cuento en las manos, de manejarlo y explorarlo a su aire lo convirtió en una estupenda herramienta. Acude a él y a otros que le he ido escribiendo, cuando lo va necesitando. A veces conmigo o su padre, a veces a solas. Y piensa, analiza, pregunta, explora y reconoce su pasado antes de mi. Tranquilamente y sin presiones.  Es el maravilloso valor terapeútico de los cuentos.

Un cuento para contruir, en esta ocasión, el tiempo perdido. Un paso más en la construcción de una identidad saludable y completa para nuestros niños.


martes, 28 de octubre de 2014

Me cambio de familia

Y ¡ala!. Ya estamos en el lío. Lo sabíamos. Desde el minuto menos diez desde que emprendimos la aventura adoptiva. Pero, entre la vorágine de la vida cotidiana y los problemas que te va regalando el día a día, pensaba que no llegarían. Al menos no tan pronto.

Me refiero a los conflictos derivados directamente del hecho adoptivo. Esos que hemos leído y analizado tantas veces.

Pero la peque no se olvida. Hablábamos ayer, es un decir, de la percepción que está mostrando la niña hacia su vida sin nosotros. Al contacto con su pasado anterior a la adopción y el procesamiento emocional del mismo. A sus huequitos recién expuestos verbalmente.

Pues ese árbol tiene muchas ramitas. Y últimamente se está traduciendo en un bombardeo de inseguridades relacionadas con su lugar en la familia. Cada vez que hay un enfado te amenaza con buscarse otra madre. A veces, abre la puerta y se va. Pero ya, al contrario de lo que ocurría cuando el vínculo estaba aún en el horno, sin terminar de cuajar, es un farol. Se queda en la puerta esperando y cambia de opinión. Debe pensar que más vale malo conocido...Y ahí estoy yo esperando cada vez, recordándole que de familia no se cambia. Que somos, como dice ella, "para todo el rato".

Esto es muy común en los niños, aunque hayan nacido en casa. Es una fase evolutiva normal. Prueban sus límites de libertad y de paso te ponen a prueba a tí. Es como un control de pertenencia. Una buena opción es no darle demasiada importancia. Recuerdo a mi hijo mayor con tres años haciendo una noche su maletita. Metió en su mochila del cole su osito, su cuento y su coche favorito y, vestido con su pijamita de bebé grandote, nos informó a mi marido y a mi de que se iba a vivir con los abuelos porque los echaba mucho de menos y todos los vuelos salían de noche.Qué ternura.

Pero en el caso de mi hija la cosa va más allá. Tiene la sensación de que realmente podría cambiarse de madre si quisiera. Y me lo dice con frecuencia. Después, cuando se le pasa el enfado "me regala" un poco más de tiempo conmigo: "vaaaale. Eres mi mamáaa..."

Y sobre todo, esta situación se desarrolla en medio de un periodo en el que se plantea abiertamente su pertenencia a la familia. Ultimamente me ha dicho cosas del tipo "tu no eres mi madre, papá no es mi padre, pues ya no soy tu hija, mi hermano no es mi hermano..." (sic). Indagando en el tema, tratando de encontrar un detonante a este despliegue repentino aparece el nombre de una compañera de colegio. Una niña de seis años que según mi hija es quien le dice estas cosas. No es una información fiable al cien por cien, porque la niña es muy fantasiosa, pero con el paso del tiempo he llegado a creer que esta puede ser la fuente del conflicto.

He preguntado en el cole, pero ellos no han percibido nada y en nuestro caso, con un aula de tan solo diez niños no es tan difícil interceptar alguna alusión de este tipo si se produce. Así que no sé bien de dónde sale el tema.

Pero la cuestión es que ahí está.

Durante mucho tiempo he tratado la cuestión de forma enunciativa: informándola de que las familias son para siempre. Porque en el fondo, esa es la base de sus dudas. Explicándole de nuevo cómo llegamos a convertirnos en familia, acudiendo otra vez al arsenal de cuentos, vídeos y libros en los que ella es la protagonista.

Pero el otro día cambié de enfoque. Seriamente, con cara de estar enfadadilla, le informé de que las madres no se cambian. Ni los hijos tampoco. Y zanjé la cuestión....por el momento, claro.

Creo que normalizar el tema, pasa por no permitir la manipulación emocional de los niños. ¿qué ve un pequeño que encuentra una blandura especial en sus padres cada vez que saca el tema? Pues apertura si, pero quizás también inseguridad y la oportunidad de crear una situación de protagonismo que puede no corresponder con el momento en concreto.

Nuestros pequeños se mueven en un círculo de inseguridad, control y manipulación delicado. En el caso de mi hija, la necesidad de control es muy elevada. Un problema que estamos tratando de aligerar y del que me gustaría hablar más adelante.

De momento, nos centraremos en recordarle sin cansarnos, que esta es su familia. Para todo el rato y con todas sus consecuencias. Y seguiremos atentamente sus evoluciones en esta construcción que ha empezado tan pronto. Al menos para mi.


martes, 21 de octubre de 2014

La nostalgia inconsciente

Ayer, casualmente, mientras veíamos otras cosas, apareció sin previo aviso el vídeo que le hice a mi hija cuando volvimos de Kazajstán. Es un cuento narrado, con las imágenes más bonitas del proceso, en el que contaba de forma emotiva, nuestro viaje en busca de la pequeña. Se acercaba el bautizo, la presentación oficial de nuestra hija a toda la familia que vive tan lejos y que sin embargo, siempre nos apoyó y nos alentó en el proceloso desarrollo de la adopción. Pusimos el vídeo al final de la comida y como recuerdo, regalamos unos pequeños libritos con la misma historia y las fotografías para que pudieran conservarlo. Fue precioso. Creo que fue la rúbrica perfecta de todo el proceso; el detalle que hacía falta para sellar el final de un camino e inaugurar el principio de otro, de nuestra nueva familia. Un ritual, con toda la fuerza que los rituales llevan consigo. De ahí surgió la idea de "Déjame que te cuente. Tu libro a medida (www.tulibroamedida.com)". Pensaba que podría hacerlo también para otras familias.

Ese vídeo es un tesoro familiar. A veces, cuando en estos años de dolores y miedos, me perdía en el barullo de mis propias emociones, lo veía a solas de nuevo. Y a través de su música, con esa nana kazaja que mueve mi mente hasta remotos lugares a través del tiempo y el espacio, las fotografías de la espera y de encuentro...y sobre todo, el retrato emocional de todos aquellos sentimientos que invertimos en la Aventura de Nuestras Vidas, me reencontraba conmigo misma de nuevo. Y reencontraba el camino que a veces se me volvía nebuloso. Todavía tiene ese efecto en mi.

Y no solo en mi. Ayer, cuando el vídeo invadió de repente la pantalla del televisor, llenando ese momento y ese tiempo, mi hija se volvió hacia adentro. Y por primera vez las imágenes no la hicieron reir de alegría al verse en ellas, al verse con nosotros. Una nostalgia primitiva y nueva se despertó en su corazón. Y al verse allí, en brazos de la cuidadora que nos la presentó por primera vez, sintió quizá por primera vez de forma consciente, el dolor de la pérdida.

Se puso melancólica y triste y estuvo toda la tarde con ese pensamiento recurrente que de vez en cuando la asaltaba.

No tiene recuerdos conscientes. No creo que recuerde realmente a la cuidadora, porque no la reconoce en las fotografías que hemos visto mil veces. Pero sí reconoce con los ojos del corazón, siente la ausencia de un tiempo perdido y el dolor de la separación. Una nostalgia inevitable, que ahora por fin es capaz de verbalizar pero que creo que siempre ha estado presente en ella.

Ahora nos toca empezar a recrear para ella todo un tiempo perdido del que apenas hemos hablado, tan concentrados en el tema de la adaptación y la creación de los vínculos. Ahora que está segura de quien es y a dónde pertenece, toca acompañarla a recrear toda aquella parte de su primera infancia que vivió sin nosotros.

Ahora que ya podemos hacerlo desde la seguridad mutua, sin miedos, sin rencores y desde el amor y la aceptación.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Tú no eres la que yo necesitaba que fueras

Querida hija:

Hace ya cinco años que nos conocimos. Hemos pasado muchas cosas juntas. Y por eso, quiero hoy contarte algo que de tu mano, he aprendido:


"Tu no eres la que yo necesitaba que fueras.

No eres como yo imaginaba. No eres cómo yo pensaba. No eres como yo quería...

Porque quizás pensé que las personas tenemos talla en el corazón, y esperaba que tú encajases con la mía. O quizás suponía que tú vendrías a llenar mis huecos, a completar mis sueños. Qué se yo... ya no me acuerdo.

Pensaba, seguramente, que el amor es siempre como un suave aroma. Y llegaste tú. Como una especia exótica, diferente, intensa y sorprendente. Tuve que aprender a degustar su intenso perfume, su personal sabor. A apreciar los matices distintos que traía a la que había sido mi forma de cocinar la vida. A incorporarlos, aceptando esos cambios en la receta de siempre.

Tuve que aprender que amar es aceptar. Pero no de forma consciente: aceptar desde lo más hondo del corazón, instalando ese conocimiento en cada célula de mi ser; haciéndolo parte de mi. Y aprender a quererte de la manera correcta, creando espacio para que tú puedas ser quien eres, no quien yo o cualquiera, quiera que seas. Aceptada, valorada y amada sin moldes y sin exigencias.

                                        Porque por suerte...

                                        Tú no eres la que yo quería-pensaba-imaginaba-necesitaba...

                                                                               Tú eres la que eres.
Simple y perfectamente tú.
Con tu risa contagiosa y tus llantos atronadores.
Con tu amor tierno y abierto y tus enfados negros,  negros...
Con tu agudo sentido de la empatía.
Con tu peculiar forma de ir por la vida.
Con tus maravillosas capacidades para entender el corazón ajeno.
Con esas dolorosas piedras que te ha tocado llevar en los zapatos.
Con tus manos abiertas dispuestas para recibir amor sin llenarse nunca.
Con tus caparazones cayendo poco a poco.

Con tu fortaleza.
Con tu debilidad.
Con tu lucha. Que es también la mía.

Hermosa como una mañana. Alegre como solo pueden serlo los niños. Conmovedoramente dispuesta a amar y ser amada. Llena de necesidades pero tan generosa que duele...

                        Rotundamente tú. La que yo amo. No un sueño o una quimera. Tú. Real y mía.

Y yo, solo soy yo. Quizá no la que tú pensabas, soñabas, imaginabas...

Pero, de verdad, corazón...esforzándome cada día por ser justo, la que tú necesitas."


*Como siempre Jorge Bucay me coloca en la senda. 

viernes, 28 de marzo de 2014

El duelo postadoptivo

Sabemos que nuestro niños tienen heridas, leves o graves, pero las tienen.
Sabemos que su comportamiento puede estar determinado por un pasado que les hirió duramente.
Sabemos que su lugar en el mundo puede resultarles incómodo,difícil de entender o asumir.
Sabemos tantas cosas...



A veces llegar a este conocimiento requiere mucho tiempo. Un tiempo doloroso de incertidumbre, inseguridad y miedo. Un tiempo que puede hacer estragos en el equilibrio emocional de la familia, de los padres, de las madres, de los hermanos...

Y no pasa nada. Al menos, aparentemente.

El entorno se va ubicando respecto a la situación, a las característica particulares de nuestros hijos, de nuestra nueva familia. Se acostumbran a las rabietas, a los miedos, a los comportamientos disfuncionales y nos otorgan las correspondientes etiquetas. Sacan sus propias conclusiones y elaboran sus propias teorías. Y siguen adelante con esta nueva visión de nuestro devenir.

Es el flujo de la vida. Imparable, inclemente. Nos arrolla.

Sin embargo, de puertas para adentro esto no es tan sencillo ni tan evidente.
Cuando nuestros hijos plantean problemas demasiado complejos la vida cambia. Y nos quedamos como atrapados en esa circunstancia. Desde fuera es muy fácil asumir. Al fin y al cabo cada uno tiene su propio carro del que tirar.
Pero desde dentro hay muchas rupturas que hay que procesar.

El Duelo no es ninguna invención. No es ninguna tontería y no es algo que se escoja. Es inherente a las renuncias, al dolor y a la aceptación. Es más, es anterior a ésta.

Lo que ocurre, es que en adopción siempre están presentes sentimientos complejos que a veces dificultan el reconocimiento de este duelo.
Cuando nuestros hijos nacen enfermos o enferman de gravedad, todo el mundo entiende el duelo. Es algo terroríficamente doloroso que el entorno puede comprender de alguna manera y que habitualmente no es juzgado de forma negativa. Si tu hijo padece una dolencia incapacitante todo el mundo te ofrecerá en mayor o menor medida su comprensión o su empatía.

Pero cuando nuestros niños adoptados llegan a casa con problemas las cosas pueden ser diferentes. Me refiero a los casos más frecuentes en los que aparecen problemas poco evidentes a primera vista. Los problemas que hacen que el transcurso de la relación se vea fuertemente alterado y los padres en encuentren con un niño, con una paternidad totalmente diferente a la que soñaron.

Los padres detectan, sufren y tratan de batallar con estos handicaps desde casi el principio. Pero la diferencia con el duelo que antes mencionaba es que la comprension exterior pasa por filtros muy diferentes.

El hecho adoptivo crea en muchas personas una expectativa más frágil de la aceptación del niño. Muchos padres adoptivos han sentido y sienten, la necesidad de algunas personas externas de cantar las cualidades de nuestros propios hijos ante nosotros. O bien, de justificar cada comportamiento recordándonos sus dolorosos orígenes. O justo lo contrario, de reducir al máximo las expectativas con los pequeños recordando sus deprivaciones iniciales. Dejando los sentimientos de los padres sin un espacio seguro en el que aflorar.

En definitiva: hay un cierto recelo acerca de la intensidad de nuestro amor, de nuestro compromiso, de nuestra vinculación...Eso, lo corrige normalmente, el tiempo. Y las familias se van consolidando ante el entorno, despejando dudas.

Por eso el reconocimiento de la decepción, del miedo o del dolor, tiene implicaciones que a veces hacen que el duelo quede escondido, disimulado bajo la necesidad de demostrar el amor y la realidad de nuestras familias.

Sin embargo...

Sin embargo, el duelo es un proceso imprescindible de reconocimiento emocional. Cuando una pareja debe cambiar su imagen ideal de nuevos padres, en la que quizás, imaginaron que se incorporarían a su familia llena de primos con un niño que enseguida sería uno más y se encuentran con un pequeño disfuncional, que requiere un cuidado especial para ir curando su maltrecho corazón. O soñaron con un bebé al que mecer y se encuentran con un pequeño que rechaza brutalmente el contacto. O pensaron que se sentirían orgullosos de su nuevo hijo y tienen a su hijo explusado del colegio por mal comportamiento una y otra vez. O... hay un necesario cambio de expectativas que puede no ser tan sencillo.

Y no pasa nada. Sentir dolor porque tus sueños no resultaron ser como pensabas es normal. Sentir dolor porque tu hijo está herido es normal. Sentir dolor porque tus esperanzas han cambiado es normal.

Es evidente que no todo el mundo pasa por un duelo al adoptar. Adoptar es algo grandioso que promueve un caudal ingente de emociones maravillosas. Y en muchos casos resulta fluido y sencillo.

Pero no en todos. Y por eso este post. Porque sentir que tu hijo no es como esperabas no significa no quererlo. Porque decepcionarte, o angustiarte cuando ves que los problemas te asaltan no quiere decir que no lo sientas tuyo.

Durante el proceso de duelo hay que reconocer los sentimientos que nos hieren con claridad. Compartirlos con personas de nuestra total confianza, que no juzguen ni se asusten. Buscar información acerca de los problemas que nos acucien. Hablar con un profesional si llega el caso. Remover, airear, compartir...las tres claves para hacer la limpieza general de las emociones que el Duelo requiere.

Negar los sentimientos no los hace más pequeños. El duelo, cuando llega, hay que pasarlo. Masticarlo cuidadosamente sin sentirse culpable y caminar el recorrido que las emociones nos van mostrando hasta llegar al objetivo final:

Aceptar a nuestros hijos como son. Sin reducir al mínimo nuestras expectativas para no sufrir. Sin imaginar escenarios terroríficos que no existen más que en la imaginación. Reconociendo sus numerosas cualidades y componiendo su idiosincrasia personal sin comparaciones, sin rencores.

Cuando el duelo se ha procesado real y efectivamente, sentiremos que amamos a nuestros hijos sin condiciones, con sus pupas, con sus fortalezas, con sus irritantes defectos a veces y con sus increíbles cualidades la mayor parte del tiempo.

No nos sentiremos culpables ni buscaremos culpables fuera de nosotros. Asumiremos, seguiremos caminando y al fin, sentiremos la paz y la alegría de ser sus madres.