jueves, 14 de junio de 2012

Y tú ¿de quién eres?

De pequeña mi infancia estuvo ligada a un pueblo. Uno de esos pueblos extremeños, de casas blancas impolutas, de calles estrechas y sinuosas; un pueblo con olor a café, a aceite de oliva recién prensado, a roscas y magdalenas del horno de leña. Era un lugar especial. Un pueblo limpio y paciente, en el que el verano se dajaba caer como desmayado, acomodándose entre las encinas y las parras, atorrando las losas de la plaza. Monroy es además un pueblo con castillo. Un castillo medieval como los que poblaban los cuentos de mis libros. Con torreones y murallas, con foso y con misterios. Un maravilloso lugar en el que descubrir la vida sin prisa y sin obligaciones.

Nosotros vivíamos a su sombra. El patio de la casa que vio nacer a mi madre, que construyó mi abuelo con sus propias manos, se llenaba del sonido de las cigüeñas haciendo "gazpacho" en sus nidos. Las golondrinas y los gorriones atravesaban el cielo veloces como saetas, persiguiendo insectos. Y a veces, en los momentos más felices, escuchaba en la calle, subiendo, el resonar de los cascos de los caballos que volvían del campo.

Hablar de Monroy siempre me hace volar a mi infancia. Y hoy, me han llevado hasta allí mis hijos. Cuando llegábamos, la primera aventura para nosotros, niños de ciudad, era salir hasta la plaza, comprar una de esas barras enormes de pan blanco, de miga gruesa y sabrosa y corteza crujiente como una galleta. Salíamos, deslumbrados por el sol blanco y enorme y atravesábamos la calle, felices. Y, como cada año, éramos sometidos al ritual más común. Las abuelas del lugar se nos acercaban y después de escudriñarnos un rato nos preguntaban:

-Y tú ¿de quién eres?

Al principio no sabíamos qué responder a esa pregunta. Nunca nos habíamos preguntado a quién pertenecíamos. Nos quedábamos sin sabes qué decir. Pero la experiencia es un grado y después de varios viajes ya sabíamos perfectamente cuál era el protocolo en estos casos:

-Yo soy de La Mari, la de Tío Costuras (por ejemplo).

Había que definirse, dar la filiación y para terminar de aclarar bien la situación, incluir el apoyo ancestral que disipaba todas las dudas.

Me acordado de esto porque hace poco hablaba de la sensación que tengo de que mi hija es eso, mía. Pero esta vez, el asunto circulaba en el otro sentido, el que quizás, analizamos menos y es si cabe, más importante. Esta mañana mis hijos han protagonizado un debate acerca de esto de la pertenencia. Mi hijo mayor es muy cariñoso. Con sus ocho años, oscila entre una preadolescencia que empieza a querer asomar (socorro!) y un perfil de osito amoroso que me deleita hasta el alma. De pronto, mientras yo trataba de decidir qué menú ponerles para el recreo; algo que según él debe "comerse muy rápido para poder jugar a fútbol" y según mi hija "no puede ser sandwich, plátano, yogurt, manzana, zumo, bocadillo...". Total que en ese momento se me cuelga de una pierna como un perezoso. Yo, que no desperdicio ni un abrazo, le hago arrumacos y trato de seguir con lo mío prescindiendo de mi pierna. Y desde la mesa del desayuno escucho a la pequeña que observando la situación, informa a su hermano: "Mamá, es MIA". Inmediatamente, el niño se agarra más fuerte y tras sacarle la lengua contesta "De eso nada. Es MIA". Y ahí comenzó el debate. "Mamáaaa, ¿a que eres MIAAA?" "Nooo, es MIIIIIA".

Claro que lo soy. Soy de ellos como ellos son míos. Porque se nos ha quedado pegadita el alma y ya no veo dónde acaba la suya y dónde empieza la mía. Pero que me lo recuerden así, para empezar la mañana, es como una inyección de alegría que me hace caminar por las horas con los zapatos de hacer las cosas bien. Ellos nos hacen suyas y eso es lo mejor que a una madre le puede pasar.
:-)))


miércoles, 13 de junio de 2012

Horror en el comedor.


Suelo abordar este tema de vez en cuando, porque la hora de comer es un momento crítico en muchas familias. Cuatro veces al día, los niños se ponen delante de la tarea de consumir lo que les indicamos: desayuno, comida, merienda y cena. Cuando los niños tienen problemas para comer, estos tiempos pueden ser una auténtica pesadilla para las familias. Una fuente de malestar que empaña las relaciones entre padres e hijos y puede acarrear mayores complicaciones, incluyendo los trastornos de salud.

LA PRIMERA ETAPA. APROXIMACION A LA COMIDA SOLIDA.

Aprender a comer no es sencillo. Cuando un niño deja de mamar, o de tomar exclusivamente biberón, se produce una oportunidad de oro para conseguir que su relación con la comida sea buena para toda su vida. Es un momento delicado pero muy bonito. Los bebés están ávidos de nuevas experiencias y se prestan a todo tipo de nuevos sabores. Al principio, las limitaciones más importantes son las marcadas por los pediatras en cuanto a ritmo de introducción de los alimentos, teniendo en cuenta la edad, evitando así aparición de alergias alimentarias o en su caso, haciendo que den la cara cuando los niños son más mayores y por tanto, más resistentes.

En esos momentos, la alimentación de los niños es mucho más que el mero hecho de la nutrición. Los bebés no tienen prejuicios. No nacen creyendo que la coliflor o las espinacas son un castigo para el paladar. No saben de ascos y de manías. Pero nosotras si, y a veces, caemos en el error de contagiar a nuestros hijos nuestras preferencias y nuestras antipatías en la mesa.

Durante los primeros momentos, en la aproximación a la alimentación con cuchara, lo más importante es la actitud. Los niños deben ir acostumbrándose a las nuevas texturas, a los sabores diferentes, a los aromas. Hasta ese momento, la suavidad de la leche ha sido todo su universo gustativo.

Algunos bebés son muy lentos, otros muestran gran avidez, otros se distraen por cualquier cosa y pierden enseguida el interés. Es muy importante aquí, que la persona que les da de comer, sea paciente y cuidadosa. No es una buena idea, por ejemplo, engañar a los niños metiendo el chupete en la boca inmediatamente después de la cucharadita de puré. En este momento, el niño está tratando de aprender a manejar la nueva textura en su boca, acostumbrada solo a succionar y tragar. Si el bebé rechaza el puré, deberemos repasar cómo lo hemos realizado. Es mejor empezar con purés de un solo ingrediente, como la zanahoria, suave y dulce, más parecida a lo que han comida hasta entonces, para después ir añadiendo poco a poco los demás. La sal, no es necesaria de momento. También es preferible evitar endulzar los alimentos y dejar que descubran el sabor real de las cosas.

Poco a poco, iremos teniendo un rango mayor de alimentos permitidos que nuestros hijos podrán probar. Esta etapa es fundamental. Hasta los dos años, aproximadamente, los niños están en la llamada edad del si. Lo quieren probar todo; esto incluye todo lo que les rodea; los cochecitos de juguete, las ceras, los juguetes... Su relación con el mundo pasa por la boca, un órgano extremadamente sensible y que les proporciona una gran información.

Por eso, esta etapa hay que aprovecharla. Cuantas más texturas, sabores y aromas les presentemos, mejor. Evidentemente, no todo lo que les ofrezcamos les parecerá igual de interesante o de apetitoso. Pero estamos creando un hábito, un reconocimiento, una actitud acerca de la comida que será definitoria de lo que pase posteriormente en la mesa. Que un día no quieran un alimento, no puede suponer que nunca más se lo ofreceremos. La evolución de su paladar en muy rápida y deberemos probar de nuevo más adelante, sin recordarle nada del tema.

Los niños pequeños pueden masticar. A veces, la tentación de ofrecer los alimentos muy molidos puede ser muy grande. Pero, pasados los primeros momentos, cuando los bebés necesitan una comida muy suave y muy bien batida, debemos comenzar a ofrecer los alimentos lo más cerca posible de su estado original.

Cuando mi primer hijo tenía doce meses, le llamaba mucho la atención lo que yo comía. Nos sentábamos a la mesa juntos y comíamos lo mismo. Pero si, por ejemplo, teníamos acelgas con patatas, las mías estaban en trozos, con su sofrito por encima. Y las suyas, trituradas en forma de puré. Enseguida descubrí que la que a mi me parecía una textura desagradable, la de las acelgas, a él, simplemente, le producía curiosidad. Empezó a comerlas con las manos, masticando poco a poco. Y yo empecé entonces a pasarlas por la picadora, no por la batidora. Así conseguía trocitos pequeños, pero seguían diferenciándose las patatas, las acelgas... Este sistema nos llevó poco a poco y tranquilamente hasta el momento de cortarle los trocitos con tijera o con cuchillo, a la medida de sus posibilidades de masticación.

Otro detalle que creo que es importante es el de ofrecer todo a probar a los niños. Salvando las lógicas excepciones en cuanto a alimentos prohibidos para los niños (picantes, excitantes, alcohol, etc) los niños lo pueden probar todo. Después, no todo será de su agrado, pero se acostumbrarán a darle  una oportinidad a los nuevos alimentos o preparaciones que van apareciendo a lo largo de la vida. En este sentido, es importante también ir variando las formas de preparación de la comida frecuentemente, para evitar que se acostumbren por ejemplo, a la tortilla de mamá, aborreciendo cualquier variación. En este sentido, un niño de dos años y medio, puede disfrutar de las preparaciones más elaboradas, con sofritos, salsas y demás variantes.

Después, aproximadamente a partir de los tres años, los niños van volviéndose más selectivos. Ya no es tan sencillo presentar nuevos alimentos y conseguir que prueben cosas nuevas. Lo que hayamos conseguido hasta ese momento será lo que defina su relación con la comida y en la mesa en general.

Pero, como todas las madres adoptantes sabemos, no siempre hay oportunidad de empezar a construir desde el principio.





SEGUNDA ETAPA. "ESTO NO ME GUSTA"


La hora de comer, cuando los niños ya no son bebés, es mucho más que el momento de recargar energía. Como muchos padres sabemos, puede ser un momento de gran tensión en el que entran en juego muchos factores ajenos a la alimentación: relaciones de poder, rebeldía, afirmación, control...

Cuando nuestros hijos adoptados llegan a casa, traen consigo sus rutinas alimenticias. Habitualmente nosotras, las madres, las desconocemos. Y si las conocemos o las intuímos, normalmente no podemos ni deseamos mantenerlas porque no suelen ser las más adecuadas en muchos sentidos.

Pero además, los niños traen consigo, su propia relación con la comida. Una relación afectada por muchos factores: escasez, falta de atención o ayuda para comer, tiempo limitado, monotonía, tensión, malas experiencias (comida ardiente o helada...)...o simple y terriblemente, hambre.

Este bagaje de entrada puede ser un grave problema a la hora de comer en casa.
Lo más habitual cuando los niños llegan es la avidez por la comida. Esto es muy común, incluso en niños que aparentemente no han sufrido de hambre. Son los pequeños que tratan de comerse además de lo suyo, lo de los demás. Que comen cualquier miga que se caiga del plato. Que, en un cumpleaños, no se separan de la mesa de la comida y no juegan ni participan en nada, solo pendientes de lo que pueden comer.

Hace poco, en el precioso blog "Cuaderno de Retazos", leía acerca de los niños que no sabían reconocer la sensación de hambre. Niños que lloraban, se ponían furiosos, desconcertando a los padres que no reconocían lo que ocurría. ¿cómo reconocer una sensación y saber que se cura comiendo, si quizás nunca has tenido la ocasión de ponerle remedio anteriormente?

No me voy a extender en las peculiaridades que nuestros niños muestran ante la mesa. Cada familia reconoce las suyas, con sus matices particulares.

Yo también me he visto enfrenta, y aún me veo, a esta situación con mi hija pequeña.

Cuando llegó tenía una gran avidez por la comida. Pero, al mismo tiempo, su rango de aceptación de alimentos era muy pequeño. Casi todo le daba arcadas, escupía la comida de la boca y se negaba a comer. Simultáneamente, era increíble el control de la cuchara que tenía. Con solo quince meses era una profesional comiendo sopa. No se derramaba ni un fideo. Y no sobraba ni una gota.

Durante los primeros tiempos, intenté aprovechar que aún era casi un bebé para ofrecerle nuevos sabores. Cada día insitía un poco con algunos de los rechazados, como el plátano. Un pedacito nada más. Pero cada día. Y poco a poco fuimos dando pasos.

Durante una etapa intermedia, la niña comía bastante bien. Nunca conseguí, como con mi primer hijo, que se abriera a la comida con confianza. Siempre fue recelosa y escrupulosa. Pero comía contenta y sin problemas.

Sin embargo, los problemas en la mesa reaparecieron de forma repentina y virulenta. De pronto (o quizás no, y no me di cuenta de lo que se avecinaba) la niña ya no disfrutaba comiendo. Nada le gustaba, rechazaba cualquier comida, incluso de forma agresiva...un drama. Fue limitando su espectro de alimentos aceptados hasta un límite insostenible. De pronto dejaron de gustarle los yogures, las tortillas de cualquier tipo, la carne, el pescado, los sándwiches, los bocadillos, el jamón, los cereales... ¿os imaginais planificar un menú para dos niños con estas condiciones?  De momento, solo se libran las patatas fritas, las galletas y los dulces en general.

Así que volví a mis libros. Y os comentaré, por si os sirve de utilidad, cuáles son los sistemas que me están funcionando.

Después de analizarlo mucho me dí cuenta de que mi actitud alimentaba el problema. La niña veía claramente que el tema me preocupaba. Hablaba de ello, con ella y con mi marido, me frustraba o me enfadaba. La reñía o la premiaba, tratando de encontrar el camino...

Poco a poco, la niña encontró en la comida una herramienta de control. Este tema, el de las actitudes asociadas a la hora de comer es muy importante. Muchas veces no hay más que prestar un poco de atención a lo que ocurre en la mesa para detectar qué está pasando.

Una de las situaciones más típicas es la de la búsqueda de rol. A veces, en una familia, cuando nos sentamos a comer, cada uno tiene su papel. Los mayores mantienen una conversación, los niños más grandes participan...y los más pequeños lo intentan pero no siempre lo consiguen. Ahí se produce un momento peligroso. ¿Qué ocurre cuando en una familia que come reunida, en medio de una conversación animada, el más pequeño deja de comer? Todo se detiene. Alguien se dedica completamente al niño, tratando de que coma. Todo el mundo le mira y seguramente le dicen algo, incitándole a comer, comentándole cómo está la comida, incluso reprochándole el comportamiento. Es decir, se ha convertido en el protagonista de la mesa. Es un rol incómodo, desde el punto de vista de un adulto, pero desde el de un niño, tener a su madre encima, con atención exclusiva, vale la pena.

Este aspecto, sin embargo, es el más sencillo de controlar. Si el niño come tranquilo, hay que incluirlo en lo que pasa en la mesa y hacerle ver que, las personas que comen tranquilamente, participan en las conversaciones. Cuando lo haga se le presta toda la atención positiva que necesita y merece.

Por otra parte hay que controlar muy bien el asunto comida. Si nuestro niño ya está comiendo mal y es mayorcito, es buena idea hablar con él y explicarle por ejemplo: "mira, he estado pensando y me he dado cuenta de que tenemos un problema a la hora de comer, porque siempre acabamos enfadados y tú te pones muy triste. Como mamá no quiere verte así, a partir de ahora no vamos a pelear más." Esta información, al niño le ayudará a dar un primer paso para ir relajado a la mesa. DEsde luego, hay que cumplir lo prometido y empezar a olvidarse de regañinas, castigos o presiones para comer.

La estrategia debe comenzar por las raciones. Habitualmente, ofrecemos a los niños raciones mucho mayores de lo que realmente necesitan. En nuestro caso, comenzaremos a ofrecer a los niños que tienen problemas en la mesa, raciones muy muy muy pequeñas. Ridículamente pequeñas. Pongamos que tenemos lentejas. Al niño no le gustan. En un plato grande le colocaremos una cucharada de lentejas en el centro. Parecerá muy poco, y ese es el objetivo. Un niño que no come bien, solo de ver el plato lleno ya se agobia. No comentaremos NADA acerca de la cantidad de comida que le damos. No entraremos en debates acerca de la comida. No discutiremos antes de comer si le gusta o no, desviaremos su atención hacia otras cosas, como poner su plato favorito...Cuando se siente, con toda la familia, le ponemos el plato delante. Normalmente, se quedan perplejos ante la miniración. Y aquí hay dos teorías:

Según Carlos González en su libro "Mi niño no me come", si no lo come, al cabo de unos minutos prudenciales le preguntamos si ha terminado y pasamos al segundo plato, repitiendo el protocolo. No saltamos ningún plato, ni el postre y no comentamos nada si no se lo come. Eso si, no compensaremos lo no comido, con un vaso de leche, ni ningún otro alimento hasta que toque la siguiente comida y pongamos lo que toque.

En mi caso, he optado por una variante, porque mi hija se sostenía a base de fruta, flan, o de las meriendas y comidas de media mañana. Se saltaba los platos alegremente y su alimentación era muy limitada.

Así que yo utilizo un método intermedio.

Una vez ofrecida la miniración, les informo de que para pasar al siguiente plato hay que comerse el anterior: la miniración. Procuro además, que si el primer plato no es de su gusto (96% de probabilidades!!) el segundo le resulte más atractivo. Y cuando va pasando el tiempo y no lo come (muchas veces) le pregunto tranquilamente "¿has terminado?" cogiéndole el plato. Normalmente lo agarra y dice que no. A veces, es buena idea ofrecerse a ayudarles "¿te ayudo un poquito?" pero siempre asegurándonos de que les echamos un cable ( y un mimo) y no les forzamos con la cuchara, sino, lo habremos perdido todo.

Si se acaba el plato (fácil, si se pone se lo come en tres cucharadas), les preguntamos si quieren un poco más. Sorprendentemente, a veces dicen que si. Y les ponemos otra pizca. Esto se puede repetir algunas veces, pero recordando que tenemos segundo plato y si se llenan deberemos considerar que ya no tienen más hambre. Es mejor que lleguen a los dos platos. Vamos creando rutinas. Con el segundo plato, repetimos el proceso exactamente igual.

Y no comentamos nada. Ni qué bien, o cuánto has comido...nada que ligue nuestro estado de ánimo a lo que ellos consumen en la mesa. Esto es muy importante porque no enseñamos que comer o no comer tiene efectos de control sobre los demás, otorgando a la comida un peligroso poder que podría ser nefasto en el futuro. Es una de las bases de los trastornos alimenticios. Lo que sí se puede alabar es el comportamiento: "qué bien te has portado hoy en la mesa. No te has enfadado ni has llorado. Muy bien hecho."

Con este sistema, seguimos ofreciendo a los niños los diferentes alimentos que se comen en casa. Tratamos de que los vayan probando e incorporando. Y, aunque quizás coman poco de ellos, van aprendiendo a tolerarlos e incorporando sus sabores y sus texturas.

En cuanto a la cantidad, los niños comen lo mismo con este sistema. No es un método para que coman más. Es una forma de que coman mejor y de que su relación con la comida sea más sana. Y eso repercute directamente en el bienestar de toda la familia.

Espero que este post os sirva de ayuda. Me gustaría saber si alguna de vosotras ha vivido algo similar y tiene alguna otra idea acerca del tema.



lunes, 11 de junio de 2012

Con los ojos del corazón

Ultimamente me he dado cuento de algo curioso. Se trata de mi hija. Con sus ojos de luna negra, su nariz de botón y sus labios de corazón es evidentemente asiática. Preciosa como un sol y como no podía ser de otra manera, la niña más bonita del mundo para su madre.

Recuerdo cuando llegó. La miraba en su cuna, la miraba en el parque, la miraba en la silla...trataba de aprendérmela de memoria. Me resultaba exótica y diferente. Me llamaba la atención la forma de sus ojos, como pececillos sin cola. La manera en que sus labios se levantan. Su frente redonda, su piel morena... La observaba y la analizaba tratando de hacer míos esos rasgos distintos. La veía y veía su país de origen. Me recordaba a aquellas mujeres hermosas, de largas melenas y pómulos perfectos.

Dos años y medio después, de pronto, me he dado cuenta de algo. Cuando miro a mi hija solo veo una niña más. No soy capaz de ver nada exótico en sus rasgos. Cuando la observo, por alguna curiosa razón, se han borrado todos aquellos detalles que la hacían diferente. Se me ha vuelto tan mía que no soy capaz de reconocer aquello que me llamaba tanto la atención. Es tan intenso esto, que a veces, pregunto: ¿a tí te parece que a la niña se la han borrado los rasgos asiáticos? Y, curiosamente, la gente que nos quiere y que pasa tiempo con nosotros se queda pensando un momento y contesta: "pues ahora que lo dices...yo no la veo nada asiática". Y lo es, desde luego. Pero ¿qué ha ocurrido ahí para que ya no seamos conscientes de ello?

Antes, cuando entrábamos en un restaurante, por ejemplo y le gente nos miraba, yo siempre creía que estaban analizándonos porque éramos algo distintos, con un niño rubio y una niña asiática. Pero ahora, cuando entramos y nos miran, lo que mi viene a la cabeza es que nos falta la cabra y la escalera para ser un pequeño circo. Pero, por el ruido que hacen mis dos retoños a la hora de organizarse. (yo me pido esta silla, no me la he pedido yo, pues tú has llegado tarde, mamáaaaaa...¿os suena?) Se me ha olvidado que mi hija no nació de mí. Se me ha olvidado que no se parece a su padre o a su madre. Se me ha olvidado que, supuestamente, somos diferentes. Hasta tal punto que a veces, después de una de esas charlas de parque con otra madre desconocida hasta entonces, me preguntan "¿te estaba preguntando por la adopción?" Y yo, me sorprendo y digo. "qué va. Si no creo ni que se haya dado cuenta."

Se me ha olvidado porque mi hija ya es MIA. Definitivamente. Y ahora mis ojos, no la ven desde la pupila. La ven desde el corazón. Y ven que se ríe como mi hijo. Y que se enfada como yo (mmmssss). Y que es la niña de los ojos de su padre. ¿Que no se nos parece? Como dice siempre mi madre: "hija, no la habrás parido, pero es que es igualita que tú con su edad". Eso es lo que yo llamo, la increíble y maravillosa genética aérea. La que asegura y consolida, la formación del clan. No importa cómo seamos por fuera. Poco a poco nos iremos contagiando del aire de familia con que el amor común  nos cubre a todos.






jueves, 7 de junio de 2012

Niños robados. Vidas robadas.

Ayer, cosa extraña en mi, me quedé muy tarde viendo un reportaje de investigación acerca de las actividades de la monja imputada por el robo de niños para adopción en España. No hace tanto tiempo de aquello. Ya éramos un país con ganas de arrancar. Teníamos al naranjito en la pantalla del televisor, funcionábamos con la joven democracia que habíamos estrenado hacía poco, Felipe González ganaba las elecciones, ... No eran tiempos tan lejanos cuando ocurría todo aquello.

Vi todo el reportaje con el corazón estremecido. Analizando cada gesto, cada palabra de los implicados. Tratando de escudriñar detrás de los datos, de la información, de los triviales detalles que llenaban el tiempo del reportaje en algunos tramos.

Y al terminar, me quedé con una imagen. Con casi total seguridad, no la misma que habrá impactado a la mayoría de los espectadores, pero sí la que a todas nosotras nos habría resultado más cercana. El reportaje se centraba en la historia en concreto de una chica que, a través de un programa de tv, encontró a su madre biológica. Ella fue una de las niñas a la que Sor María entregó en adopción. Y, según el testimonio de la madre biológica, contra su voluntad, mediante amenazas y coacciones.

No quiero entrar ahora a analizar el terrible drama que supone ver cómo te arrebatan a un hijo. Como madre, ese desgarro me he hace evidente con solo imaginarlo un instante. Me retuerce las entrañas y me hace comprender bien ese dolor y esa angustia.

Pero la imagen que a mi se me ha quedado pegada es otra. En el programa, cuando la hija y la madre biológica se encuentran, análisis genético de por medio, se produce una escena muy conmovedora y de gran intensidad. La madre y la hija biológicas se abrazan, el padre adoptivo las arropa a las dos entre sus brazos y todos lloran emocionados, embargados de alegría y agradecimiento. Las hermanas biológicas entran entonces en el plató y se suman a la emoción general, abrazando a su recién encontrada hermana biológica.

Y allí, en primera fila del público, con una expresión desolada en el rostro, se limpia las lágrimas sola, la madre adoptiva. Ella no llora entre sonrisas. No se levanta a celebrar, ni se abraza extasiada con los desconocidos que acaban de entran en su vida. Ella contempla la escena y llora discretamente, con los ojos llenos de pena. A su alrededor la vida parecía detenerse.

Me quedé con su rostro y su mirada preguntándome tantas cosas, imaginando tantas otras...Esperaba la frase que nunca llegó a pronunciarse en ese momento: "me alegro de haber conocido al fin a mi madre biológica pero mi madre es ella y nadie podrá sustituirla". O algo similar. Algo que diera a esa mujer el lugar que en justicia le correspondería.

Poco después, un psiquiatra comentaba como al desgaire: "lo biológico pesa".

Desconozco las circunstancias concretas de esta familia. La chica vivía con su padre desde que el matrimonio se separó. Quizá su relación con su madre adoptiva no fuera buena. Quizá fuera la decepción en esa relación la que la empujó a buscar una madre "mejor"...No lo sé.

Pero esta situación, unida a la de tantos hijos adoptados que emprenden la búsqueda desesperada de sus padres biológicos ponen en marcha en mi cabeza todas esas dudas y temores que acompañan en muchos casos la maternidad adoptiva. Sabemos que no todos los adultos que fueron adoptados tienen el impulso de buscar sus orígenes biológicos. Y también que entre los que sí lo hacen, no siempre se busca una nueva madre o padre, sino conocer el origen de su propia existencia, responder a algunas preguntas quizás. Pero también sabemos que en muchas ocasiones, los hijos adoptados emprenden un camino sin retorno hacia una nueva realidad.

Cuando adoptamos, de forma consciente y realista, sabíamos que debíamos convivir con la presencia de una historia anterior a nosotros en la vida de nuestros hijos. Una historia que, a lo largo de sus vidas, reaparecerá y desaparecerá de forma recurrente, presentándose en forma de preguntas, de dudas, de miedo, de rabia, de decepción...Sabemos que deberemos estar ahí siempre, acompañando, comprendiendo, consolando.

Pero ¿qué ocurre en esos casos en que, de pronto, la presencia del hecho biológico adquiere un peso y una envergadura tan grande como en el que comentaba más arriba?

Cuando empezamos el camino de la adopción, pensaba que el amor puede con todo. Pero con el paso del tiempo, creo que a veces, no es suficiente. Igual que hay heridas que nuestro amor no puede curar, quizás haya dolores, ausencias o huecos que todo el cariño del mundo no puedan remediar. Y la pregunta es ¿somos lo bastante fuertes como para compartir a nuestros hijos a ese nivel? ¿para ver que nuestro rol de padres adoptivos se cuestiona y pierde valor frente al "peso de lo biológico"? En el caso ideal, soñamos con que nuestros hijos no sentirán la necesidad de conocer su origen biológico. O en el caso de que lo hagan, sea desde una perspectiva distante, buscando respuestas a sus dudas, no el afecto o la relación con unos padres imaginados que nunca han castigado, reñido o censurado y mantienen abiertas así las posibilidades ideales de unos padres a medida.

Porque también me imagino ahora, cómo será la relación de esa chica que encontró a su madre biológica con ella y con su madre adoptiva. Su relación será de adultas. La madre biológica se aprenderá a su hija como es; una mujer adulta, responsable de sus propias decisiones, definida y formada. No tendrá la responsabilidad de hacer de ella una persona competente, capaz de abrirse paso por la vida y de buscar su felicidad. Será una relación adulta. Y eso eliminará seguramente las fricciones más comunes en la relación materno-filial. La invitarán a los cumpleaños, conocerá a sobrinos y primos, irá de compras con sus hermanas...Será como encajar en la familia de un novio, de un marido... Sin control, sin exigencias, quizás.

Y frente a eso, estará la relación de la chica con su madre biológica. La que la acompaño en sus noches de fiebre, la que la llevaba a las actividades extraescolares y le enseñó las tablas de multiplicar. La que la esperaba levantada cuando, adolescente, llegaba tarde a casa. La que la castigaba por fumar y la reñía cuando hacía pellas. La mujer que, en algún momento, se alejó de su hija quién sabe porqué razones.

Me pregunto si todo lo que se construye en una vida en común, con la inmensa entrega que supone ser madre, las incontables horas y minutos compartidos, el amor... se queda pequeño cuando, en algún lugar del camino surgen los problemas. Tan pequeño como para ser sustituido o apartado. Tan liviano frente al "peso de lo biológico".

Cuando llegue el momento, mi hija preguntará más. Y sus dudas serán más certeras, más ávidas, más necesitadas de respuestas exactas. Nuestra promesa es acompañarla también en ese camino. Nuestro deseo, llegar cogidas fuertes de la mano, al final de las dudas. Nuestro sueño, que nadie pueda sustituirnos nunca en el corazón de nuestra hija.

miércoles, 6 de junio de 2012

Para mi Flor de Luna

Hoy me dirijo a tí, mi niña del alma. Te hablo en público para hacer volar mis palabras y darles alas. Porque hablo de mil cosas de la vida cotidiana, de lo que creas con tu fuerza y tu presencia, y sin embargo...Sin embargo nunca te he escrito cuánto te quiero. No le he puesto palabras dibujadas a estos sentimientos que me embargan. Porque me arrastra la vida y me sumerjo en el deber olvidando a veces el querer. Porque me quedo pequeña a veces ante el peso que a menudo nos echa encima la vida. Porque se me agota la energía y me quedo en el camino hacia tí sin llevarte en las manos, evidente, el amor que siento por tí. Y de pronto, cuando de nuevo algo ocurre en este devenir nuestro, siempre convulso, siempre alerta, me quedo suspendida en un pulso, contando los segundos sumergida en el miedo. Y te veo tan chiquita, con tus ojos de noche y tu nariz diminuta; tu sonrisa de pilla y tus idioma personal, con tu media lengua y tu mirada larga, larga, que traduce mi alma y la reescribe de nuevo. Tan pequeña y tan grande. Hoy, mi amor, te escribo mi amor en el aire, y me duelen las ganas de abrazarte enseguida y de saberte segura de nuevo.
Mi niña de luna, mi flor de luz. Te quiero Aigul. Te quiero y nunca te lo diré lo bastante alto, lo suficientemente fuerte.

viernes, 1 de junio de 2012

El lenguaje en los medios de comunicación y la adopción.

Recurrentemente me ocurre algo que seguramente, resultará familiar a las madres adoptantes. De la forma más inesperada, subrepticiamente y si aviso previo, desde cualquier programa de televisión, radio o en forma de letra escrita en la prensa, nos encontramos con el tema de la adopción. Quizá se trata de una trama secundaria en el culebrón más popular de la TVE, quizá estamos leyendo acerca del tema de actualidad de los niños robados en España, quizá en la radio comentan alguna situación, o estamos frente a un programa de testimonios en los que alguien bucea en sus orígenes haciendo de ello un espectáculo público.

La cuestión es que en todos los casos, inevitablemente, nos encontramos con una descripción del hecho en el que tenemos que escuchar hablar de "la verdadera madre" o "los verdaderos padres" de las personas adoptadas. Es algo que se repite cada vez que en los medios se tiene que hablar de este tema.

Este asunto, a primeras luces quizás trivial, no lo es de ninguna manera. Y tiene además muchos matices que debemos repasar. Por una parte, los medios de comunicación de masas son los responsables de alimentar y mantener un lenguaje que hace ecahar raíces a determinados conceptos en el ideario común. Este poder es algo fehaciente y de sobra conocido. Por ello, en cada medio existen o deberían existir, libros de estilo que recogen estos matices y los regulan recogiendo las formas políticamente correctas de expresión, las que propician el respeto. Lo que ocurre, es que la realidad hace que lo que nuestros oídos y ojos reciben, no siempre está escrito por personas razonablemente preparadas, sensibles o políticamente correctas. Y de esta forma, se perpetúa una determinada forma social de pensar. Y además, en los últimos tiempos, vivimos una etapa de "todo vale" en los medios de comunicación de masas, penoso y vergonzante.

Sin en un artículo de un diario se lee la expresión "verdadera madre" se está regando abundantemente la semilla de la idea de que madre solo es la que pare. Y padre, el que engendra. Un terrible error.

Porque además, la connotación es muy clara. Frente a la expresión verdadera madre, tenemos el antónimo equivalente que sería falsa madre. O sea ¿madres adoptivas?. Evidentemente eso es incorrecto.

En Español la forma correcta de hablar del tema es "madre biológica o padre biológico". Por mucho que no me guste el término, porque sigue dándole a la expresión todo el peso y el valor inmenso de la palabra madre o padre, es correcto, puesto que se refiere a la concepción, embarazo y parto posterior y en biología se usa para definir ese acto. Utilizar esa expresión delimita la diferencia que las familias adoptantes tenemos sin implicar de forma tan grosera e insultante, una notable inclinación hacia la importancia de parir frente a la de criar.

En este sentido, escuchamos también otra expresión de dramática implicación: "la mujer que me crió". Esto es increíblemente común en los ámbitos que comentaba al principio. Se habla de las verdaderas madres, y con suerte, se agradece el cariño con el que trataron a los niños o niñas, las mujeres que les criaron. Suena como algo meramente práctico. Totalmente alejado de lo que la maternidad significa. Convierte a las madres y padres adoptantes en una especie de agentes cuidadores. Qué triste.

Ser Madre no es parir. Eso es dar a luz a un niño. A partir de ese hecho biológico falta un paso más para convertirse en Madre: hacerse responsable de ese niño. Si esto no se produce, desde mi punto de vista, no se es madre. Se ha parido, pero no hay un vínculo que ligue a esas dos personas. Yo, a mis niños y cuando tengo que explicarlo a niños, suelo decirles que para ser madre hay que apuntarse. A veces se hace después de dar a luz a un niño y otras veces, sin haberlo hecho. Y lo entienden de primera. ¿no es sencillo?

Pues, sin embargo, a nivel general, se sigue dando una brutal importancia al hecho biológico. Una importancia que sobrevive mantenida por formas de expresión arcaicas que no evolucionan al ritmo de los tiempos y perpetúan la diferencia creando además la sensación de que la familia adoptiva no es verdadera. No al menos con la envergadura que se atribuye a la biológica.

Eliminar este tipo de lenguaje público es fundamental en el camino a la igualdad que, de momento, nos está vedada en muchos sentidos. No lo consintamos: hagamos notar el error y quizá poco a poco consigamos algo.

Yo, de momento, trataré de hacer llegar mi queja a donde corresponda.

Para nosotras, verdaderas madres de nuestros hijos, no hay mayor falacia que la de otorgar el maravilloso título de madre a personas ajenas desde hace mucho tiempo a la vida de nuestros hijos.









lunes, 21 de mayo de 2012

En este preciso instante...: Conocer para asumir;

http://alotroladodelhilorojo.blogspot.com.es/

Conocer para asumir;

Mercedes, en su estupendo blog "al otro lado del hilo rojo" ha puesto sobre la mesa una cuestión de peso en el tema de la adopción. En este caso, no me hace falta el apellido "internacional" porque el tema se puede aplicar a todos los tipos de adopción que existen en España. Se trata de los aspectos especiales que la maternidad adoptiva lleva consigo. Y no se trata en esta ocasión, de volver a la diferencia esencial del origen no-biológico de nuestro vínculo.

Cuando emprendemos la adopción, cada uno se prepara como puede. Algunos nos sumergimos en la investigación y aprendizaje de todo lo relacionado con el tema. Leemos sobre apego, lengua materna, vacunas,  retraso psicomotor y otros temas. Navegamos por internet, nos apuntamos a cursos de padres preadoptantes...Otras familias se ponen en manos de su instinto, de su sentido práctico, de sus recursos personales. Otras simplemente, deciden que es lo mismo que parir pero sin contracciones. Cada uno de nosotros, en fin, recorre el camino a sus hijos en su particular vehículo.

Sin embargo, creo que sólamente una minoría, muy pequeña realmente, conoce de verdad profundamente los entresijos de la adopción.

En las administraciones correspondientes se dedica una considerable cantidad de energía y recursos a analizar a las familias y sus posibilidades. En algunas, incluso, se imparten cursos de preparación a la adopción. Los padres que esperan, suelen acudir a ellos con su ilusión y sus espectativas relucientes, ávidos de cualquier información que les haga sentirse más cerca de sus aún desconocidos hijos. En los cursos, si son completitos, se suelen mostrar situaciones difíciles a las que los posibles padres podrían tener que enfrentarse en el futuro. Situaciones en las que otras familias, las de los ejemplos, se tienen que medir con conflictos difíciles, circunstancias complicadas y algunos casos realmente terribles. Pero todo esto se presenta como realidades poco probables. Un poco, como las terribles amenazas que uno lee cuando firma un consentimiento informado en una intervención médica. En realidad, los padres nos sentimos fuertes y confiados en esos momentos. Capaces en enfrentar cualquier eventualidad pero seguros de que esos casos, poco frecuentes seguramente, nunca nos tocarán a nosotros.

La realidad es otra. La adopción, especialmente la internacional conlleva asociados una serie de riesgos muy elevados. Saberlo, es necesario para adoptar. Asumirlos, creerlos y estar preparado para enfrentarlo es imprescindible.

Noticias de niños devueltos saltan de vez en cuando a la palestra informativa dando muestra clara de que el fracaso de un proceso adoptivo es una realidad posible contra la que hay que trabajar desde mucho antes de que los niños lleguen a casa:


"Tras conocerse el abandono de 77 niños adoptados en Cataluña durante los últimos diez años, el secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad, Juan Manuel Moreno, afirmó hoy que el Gobierno, a través de la Dirección General de Familia e Infancia, se reunirá con los responsables autonómicos con el objetivo de «estudiar, valorar e intentar mejorar los procedimientos de adopción que se han dado en Cataluña que nos parecen alarmantes"
El 66,7 por ciento de los menores de edad devueltos a un centro residencial de acción educativa (Crae) supera los 10 años; el 23,7% tiene entre 6 y 10 ,y dos de ellos no alcanzan los dos años. Del total de infantes abandonados, un 63% proviene de adopciones internacionales."
Es tremendo, porque detrás de cada uno de estos números hay un niño que sufre un doble desamparo, un doble abandono y una familia destrozada, con sus ilusiones y su vida rota por este fracaso.
 ¿Porqué ocurren estas cosas? Porque ni el certificado de idoneidad más exhaustivo puede predecir cómo evolucionarán las relaciones entre los diferentes miembros de las nuevas familias. Ni si serán capaces de afrontar con éxito las situaciones difíciles si llegan. 
Y aunque la vida es improgramable, si considero esencial realizar un atento y cuidadoso recorrido por la realidad de los riesgos que implica la adopción antes de emprender la aventura. 
Todos hemos escuchado hablar de la maleta. El bagaje personal que el abandono produce en nuestros niños. Pero se tiende a pensar que esta maleta es liviana o incluso inexistente cuando los niños son muy pequeños. Esto no es cierto. Los primeros momentos de vida de un bebé son definitorios en su historia personal. La forma en que llegamos al mundo, como somos acogidos y cuidados en los primeros momentos, en las primeras semanas de vida, son fundamentales en nuestro desarrollo.

Los niños que nacen sin amor esperando, permanecen en la soledad de la falta de cariño en los momentos más delicados de su vida. Si sufren un abandono hospitalario, serán atendidos en sus necesidades médicas o físicas, pero difícilmente serán mecidos, consolados o abrazados. En estas condiciones, solo los más fuertes salen adelante sin caer en el espectro autista o sin taras emocionales importantes. Los más frágiles, pueden incluso fallecer.

La deprivación afectiva que continua después, la vida en institucionalización, la despersonalización que sufren...todo eso que mencionaré someramente van dejando también su huella. De nuevo, los temperamentos más fuertes saldrán adelante con menos heridas. Pero menos, no significa ninguna.

No me extenderé acerca de la debacle personal que el abandono produce en los niños. Ya lo he tratado anteriormente. Pero quisiera incidir en que raramente los pequeños salen indemnes de esta situación.

Pero además, hay otros aspectos fundamentales que también hay que valorar. Los embarazos de nuestros hijos se convierten en la mayor parte de los casos, en un tiempo de riesgo muy elevado. Procedentes de situaciones cuando menos complicadas, los embarazos no suelen ser controlados, no son mimados como el preludio de lo que será un nacimiento feliz y los cuidados prenatales pueden ser inexistentes. Y en esas circunstancias, el nacimiento se convierte en una prueba de fuego para la salud de los niños. En los mejores casos, si nacen en el hospital, tendrán al menos los cuidados postnatales básicos. En el resto, llegarán al mundo en condiciones no muy favorables para su salud.

En algunos paises, el consumo de alcohol está íntimamente relacionado con la pobreza. El estrato fundamental del que proceden los niños que llenan los orfanatos. Esta ingesta, en muchas ocasiones se mantiene durante el embarazo. Las consecuencias pueden ser devastadoras para el desarrollo neuronal de los niños. La morbilidad en estos paises es muy elevada además. La prostitución, la miseria y todas las tristezas que a veces asolan a los paises más desfavorecidos y sus habitantes. No hay más que echar un vistazo a los informes de UNICEF para entender la envergadura del problema.

Después, una vez sometidos al abandono o a la institucionalización sobrevenida por diferentes causas (maltrato, desamparo...), la malnutrición, la ausencia de programas de vacunación adecuados y otros temas, la vida sigue siendo terriblemente difícil, peligrosa y aterradora para los niños.

Me doy cuenta de que el panorama que planteo es desolador. Pero es real. Cuando adoptamos, debemos conocer muy bien cuál es el panorama real de lo que estamos acometiendo. No sirven como referencia las historias de princesitas chinas, o muñequitas rusas para emprender este reto. Conocer la realidad es el primer paso para prepararse bien. O para al menos, ser consecuente con nuestra capacidad.

Una vez, una madre adoptante que había culminado hacía tiempo su proceso me dijo que en los foros, la mayoría de las madres nos equivocábamos, porque adoptábamos llevadas por el corazón. Decía que a adoptar, había que ir con la cabeza, que era un proceso burocrático y que el romanticismo con el que lo vivíamos era un error que podía costarnos caro. El corazón, decía, había que dejarlo para después.

En aquel momento me sonó muy duro. Yo viví mi adopción de forma emocional. Sintiéndolo en plena carne y sufriéndola así. Pero creo que tiene toda la razón. Aunque pienso que el corazón debe ser el que lleve la delantera y marque el rumbo, la cabeza tiene que ser la que lleve siempre el timón. Nuestros hijos merecen padres capaces. Personas con las herramientas necesarias para acogerles, para ayudarles y para luchar por ellos si llega el caso. Y llega en más ocasiones de las que se supone.

En mi periplo como madre adoptante he conocido muchas familias con dificultades a posteriori. Por supuesto, no son todas, ni todas las situaciones son graves. Pero son muchas.

Los problemas de salud no son infrecuentes. Algunos leves, los famosos "recuperables en España", pero otro no. Hay problemas graves que afectarán a los niños toda la vida, situaciones psicológicas de difícil resolución... Muchos niños no llegarán nunca a normalizarse por completo y necesitarán acompañamiento constante.

Desde luego, nadie puede pretender estar a salvo de los avatares de la vida. Nadie puede controlar el futuro ni la vida de sus hijos. No se escoge lo que el porvenir te depara. Ni podemos soñar siquiera con lograr para nuestros hijos una vida segura, sin enfermedades, ni peligros. Pero es muy importante, en el caso de la adopción, saber qué riesgos implica y, en según qué circunstancias, qué capacidad de afrontar tenemos.

Saber con qué contamos es fundamental: apoyo familiar real, capacidad económica suficiente para ofrecer apoyo psicológico, médicos especiales, colegios especiales sin llegara el caso, es importante. Después de analizado esto, sabremos cuál es nuestra realidad.


Una vez analizado y asumido este tema, adoptar es como cualquier otra cuestión importante en la vida. Conocer los riesgos nos puede impulsar adelante, o paralizarnos. Pero hay que ser consecuente y reflexionar.

Después, cuando nuestros hijos lo sean al fin, lo que la vida nos traiga será eso; nuestro. Si nos toca pelear más que a otras familias, si encontramos más escalones en nuestro camino...bueno, la vida decide. Como padres, deberemos asumir con valentía y con fuerza lo que sea.  Las heridas hay que curarlas poco a poco. Algunas cerrarán por completo. Otras quizá no. Algunas cicatrices vivirán para siempre con nosotros. Otras se borrarán a base a amor y de paciencia.

Nuestros hijos merecen padres fuertes, que peleen por ellos y estén dispuestos a levantarse cada día de la cama preparados, no para ser los padres que soñaron, sino los padres que sus hijos necesitan.

Hay muchas familias adoptivas en las que todo transcurre de forma suave y sencilla. Muchas. Pero hay muchas otras también que cada día se enfrentan a todos los dolores que un hijo con problemas lleva consigo. Familias que descubren un día que la familia de sus sueños ha cambiado y tienen que asumir la nueva situación. Cuando esto ocurre en una familia biológica, es muy duro. Pero cuando lo hace en una familia adoptiva, puede serlo más aún porque se enfrentan a más retos, son más observadas, y encuentran más dificultades para afrontar los problemas.

Para ellas y para las que algún día se sientan flaquear es este post.