Recurrentemente me ocurre algo que seguramente, resultará familiar a las madres adoptantes. De la forma más inesperada, subrepticiamente y si aviso previo, desde cualquier programa de televisión, radio o en forma de letra escrita en la prensa, nos encontramos con el tema de la adopción. Quizá se trata de una trama secundaria en el culebrón más popular de la TVE, quizá estamos leyendo acerca del tema de actualidad de los niños robados en España, quizá en la radio comentan alguna situación, o estamos frente a un programa de testimonios en los que alguien bucea en sus orígenes haciendo de ello un espectáculo público.
La cuestión es que en todos los casos, inevitablemente, nos encontramos con una descripción del hecho en el que tenemos que escuchar hablar de "la verdadera madre" o "los verdaderos padres" de las personas adoptadas. Es algo que se repite cada vez que en los medios se tiene que hablar de este tema.
Este asunto, a primeras luces quizás trivial, no lo es de ninguna manera. Y tiene además muchos matices que debemos repasar. Por una parte, los medios de comunicación de masas son los responsables de alimentar y mantener un lenguaje que hace ecahar raíces a determinados conceptos en el ideario común. Este poder es algo fehaciente y de sobra conocido. Por ello, en cada medio existen o deberían existir, libros de estilo que recogen estos matices y los regulan recogiendo las formas políticamente correctas de expresión, las que propician el respeto. Lo que ocurre, es que la realidad hace que lo que nuestros oídos y ojos reciben, no siempre está escrito por personas razonablemente preparadas, sensibles o políticamente correctas. Y de esta forma, se perpetúa una determinada forma social de pensar. Y además, en los últimos tiempos, vivimos una etapa de "todo vale" en los medios de comunicación de masas, penoso y vergonzante.
Sin en un artículo de un diario se lee la expresión "verdadera madre" se está regando abundantemente la semilla de la idea de que madre solo es la que pare. Y padre, el que engendra. Un terrible error.
Porque además, la connotación es muy clara. Frente a la expresión verdadera madre, tenemos el antónimo equivalente que sería falsa madre. O sea ¿madres adoptivas?. Evidentemente eso es incorrecto.
En Español la forma correcta de hablar del tema es "madre biológica o padre biológico". Por mucho que no me guste el término, porque sigue dándole a la expresión todo el peso y el valor inmenso de la palabra madre o padre, es correcto, puesto que se refiere a la concepción, embarazo y parto posterior y en biología se usa para definir ese acto. Utilizar esa expresión delimita la diferencia que las familias adoptantes tenemos sin implicar de forma tan grosera e insultante, una notable inclinación hacia la importancia de parir frente a la de criar.
En este sentido, escuchamos también otra expresión de dramática implicación: "la mujer que me crió". Esto es increíblemente común en los ámbitos que comentaba al principio. Se habla de las verdaderas madres, y con suerte, se agradece el cariño con el que trataron a los niños o niñas, las mujeres que les criaron. Suena como algo meramente práctico. Totalmente alejado de lo que la maternidad significa. Convierte a las madres y padres adoptantes en una especie de agentes cuidadores. Qué triste.
Ser Madre no es parir. Eso es dar a luz a un niño. A partir de ese hecho biológico falta un paso más para convertirse en Madre: hacerse responsable de ese niño. Si esto no se produce, desde mi punto de vista, no se es madre. Se ha parido, pero no hay un vínculo que ligue a esas dos personas. Yo, a mis niños y cuando tengo que explicarlo a niños, suelo decirles que para ser madre hay que apuntarse. A veces se hace después de dar a luz a un niño y otras veces, sin haberlo hecho. Y lo entienden de primera. ¿no es sencillo?
Pues, sin embargo, a nivel general, se sigue dando una brutal importancia al hecho biológico. Una importancia que sobrevive mantenida por formas de expresión arcaicas que no evolucionan al ritmo de los tiempos y perpetúan la diferencia creando además la sensación de que la familia adoptiva no es verdadera. No al menos con la envergadura que se atribuye a la biológica.
Eliminar este tipo de lenguaje público es fundamental en el camino a la igualdad que, de momento, nos está vedada en muchos sentidos. No lo consintamos: hagamos notar el error y quizá poco a poco consigamos algo.
Yo, de momento, trataré de hacer llegar mi queja a donde corresponda.
Para nosotras, verdaderas madres de nuestros hijos, no hay mayor falacia que la de otorgar el maravilloso título de madre a personas ajenas desde hace mucho tiempo a la vida de nuestros hijos.
viernes, 1 de junio de 2012
lunes, 21 de mayo de 2012
Conocer para asumir;
Mercedes, en su estupendo blog "al otro lado del hilo rojo" ha puesto sobre la mesa una cuestión de peso en el tema de la adopción. En este caso, no me hace falta el apellido "internacional" porque el tema se puede aplicar a todos los tipos de adopción que existen en España. Se trata de los aspectos especiales que la maternidad adoptiva lleva consigo. Y no se trata en esta ocasión, de volver a la diferencia esencial del origen no-biológico de nuestro vínculo.
Cuando emprendemos la adopción, cada uno se prepara como puede. Algunos nos sumergimos en la investigación y aprendizaje de todo lo relacionado con el tema. Leemos sobre apego, lengua materna, vacunas, retraso psicomotor y otros temas. Navegamos por internet, nos apuntamos a cursos de padres preadoptantes...Otras familias se ponen en manos de su instinto, de su sentido práctico, de sus recursos personales. Otras simplemente, deciden que es lo mismo que parir pero sin contracciones. Cada uno de nosotros, en fin, recorre el camino a sus hijos en su particular vehículo.
Sin embargo, creo que sólamente una minoría, muy pequeña realmente, conoce de verdad profundamente los entresijos de la adopción.
En las administraciones correspondientes se dedica una considerable cantidad de energía y recursos a analizar a las familias y sus posibilidades. En algunas, incluso, se imparten cursos de preparación a la adopción. Los padres que esperan, suelen acudir a ellos con su ilusión y sus espectativas relucientes, ávidos de cualquier información que les haga sentirse más cerca de sus aún desconocidos hijos. En los cursos, si son completitos, se suelen mostrar situaciones difíciles a las que los posibles padres podrían tener que enfrentarse en el futuro. Situaciones en las que otras familias, las de los ejemplos, se tienen que medir con conflictos difíciles, circunstancias complicadas y algunos casos realmente terribles. Pero todo esto se presenta como realidades poco probables. Un poco, como las terribles amenazas que uno lee cuando firma un consentimiento informado en una intervención médica. En realidad, los padres nos sentimos fuertes y confiados en esos momentos. Capaces en enfrentar cualquier eventualidad pero seguros de que esos casos, poco frecuentes seguramente, nunca nos tocarán a nosotros.
La realidad es otra. La adopción, especialmente la internacional conlleva asociados una serie de riesgos muy elevados. Saberlo, es necesario para adoptar. Asumirlos, creerlos y estar preparado para enfrentarlo es imprescindible.
Noticias de niños devueltos saltan de vez en cuando a la palestra informativa dando muestra clara de que el fracaso de un proceso adoptivo es una realidad posible contra la que hay que trabajar desde mucho antes de que los niños lleguen a casa:
Los niños que nacen sin amor esperando, permanecen en la soledad de la falta de cariño en los momentos más delicados de su vida. Si sufren un abandono hospitalario, serán atendidos en sus necesidades médicas o físicas, pero difícilmente serán mecidos, consolados o abrazados. En estas condiciones, solo los más fuertes salen adelante sin caer en el espectro autista o sin taras emocionales importantes. Los más frágiles, pueden incluso fallecer.
La deprivación afectiva que continua después, la vida en institucionalización, la despersonalización que sufren...todo eso que mencionaré someramente van dejando también su huella. De nuevo, los temperamentos más fuertes saldrán adelante con menos heridas. Pero menos, no significa ninguna.
No me extenderé acerca de la debacle personal que el abandono produce en los niños. Ya lo he tratado anteriormente. Pero quisiera incidir en que raramente los pequeños salen indemnes de esta situación.
Pero además, hay otros aspectos fundamentales que también hay que valorar. Los embarazos de nuestros hijos se convierten en la mayor parte de los casos, en un tiempo de riesgo muy elevado. Procedentes de situaciones cuando menos complicadas, los embarazos no suelen ser controlados, no son mimados como el preludio de lo que será un nacimiento feliz y los cuidados prenatales pueden ser inexistentes. Y en esas circunstancias, el nacimiento se convierte en una prueba de fuego para la salud de los niños. En los mejores casos, si nacen en el hospital, tendrán al menos los cuidados postnatales básicos. En el resto, llegarán al mundo en condiciones no muy favorables para su salud.
En algunos paises, el consumo de alcohol está íntimamente relacionado con la pobreza. El estrato fundamental del que proceden los niños que llenan los orfanatos. Esta ingesta, en muchas ocasiones se mantiene durante el embarazo. Las consecuencias pueden ser devastadoras para el desarrollo neuronal de los niños. La morbilidad en estos paises es muy elevada además. La prostitución, la miseria y todas las tristezas que a veces asolan a los paises más desfavorecidos y sus habitantes. No hay más que echar un vistazo a los informes de UNICEF para entender la envergadura del problema.
Después, una vez sometidos al abandono o a la institucionalización sobrevenida por diferentes causas (maltrato, desamparo...), la malnutrición, la ausencia de programas de vacunación adecuados y otros temas, la vida sigue siendo terriblemente difícil, peligrosa y aterradora para los niños.
Me doy cuenta de que el panorama que planteo es desolador. Pero es real. Cuando adoptamos, debemos conocer muy bien cuál es el panorama real de lo que estamos acometiendo. No sirven como referencia las historias de princesitas chinas, o muñequitas rusas para emprender este reto. Conocer la realidad es el primer paso para prepararse bien. O para al menos, ser consecuente con nuestra capacidad.
Una vez, una madre adoptante que había culminado hacía tiempo su proceso me dijo que en los foros, la mayoría de las madres nos equivocábamos, porque adoptábamos llevadas por el corazón. Decía que a adoptar, había que ir con la cabeza, que era un proceso burocrático y que el romanticismo con el que lo vivíamos era un error que podía costarnos caro. El corazón, decía, había que dejarlo para después.
En aquel momento me sonó muy duro. Yo viví mi adopción de forma emocional. Sintiéndolo en plena carne y sufriéndola así. Pero creo que tiene toda la razón. Aunque pienso que el corazón debe ser el que lleve la delantera y marque el rumbo, la cabeza tiene que ser la que lleve siempre el timón. Nuestros hijos merecen padres capaces. Personas con las herramientas necesarias para acogerles, para ayudarles y para luchar por ellos si llega el caso. Y llega en más ocasiones de las que se supone.
En mi periplo como madre adoptante he conocido muchas familias con dificultades a posteriori. Por supuesto, no son todas, ni todas las situaciones son graves. Pero son muchas.
Los problemas de salud no son infrecuentes. Algunos leves, los famosos "recuperables en España", pero otro no. Hay problemas graves que afectarán a los niños toda la vida, situaciones psicológicas de difícil resolución... Muchos niños no llegarán nunca a normalizarse por completo y necesitarán acompañamiento constante.
Desde luego, nadie puede pretender estar a salvo de los avatares de la vida. Nadie puede controlar el futuro ni la vida de sus hijos. No se escoge lo que el porvenir te depara. Ni podemos soñar siquiera con lograr para nuestros hijos una vida segura, sin enfermedades, ni peligros. Pero es muy importante, en el caso de la adopción, saber qué riesgos implica y, en según qué circunstancias, qué capacidad de afrontar tenemos.
Saber con qué contamos es fundamental: apoyo familiar real, capacidad económica suficiente para ofrecer apoyo psicológico, médicos especiales, colegios especiales sin llegara el caso, es importante. Después de analizado esto, sabremos cuál es nuestra realidad.
Una vez analizado y asumido este tema, adoptar es como cualquier otra cuestión importante en la vida. Conocer los riesgos nos puede impulsar adelante, o paralizarnos. Pero hay que ser consecuente y reflexionar.
Después, cuando nuestros hijos lo sean al fin, lo que la vida nos traiga será eso; nuestro. Si nos toca pelear más que a otras familias, si encontramos más escalones en nuestro camino...bueno, la vida decide. Como padres, deberemos asumir con valentía y con fuerza lo que sea. Las heridas hay que curarlas poco a poco. Algunas cerrarán por completo. Otras quizá no. Algunas cicatrices vivirán para siempre con nosotros. Otras se borrarán a base a amor y de paciencia.
Nuestros hijos merecen padres fuertes, que peleen por ellos y estén dispuestos a levantarse cada día de la cama preparados, no para ser los padres que soñaron, sino los padres que sus hijos necesitan.
Hay muchas familias adoptivas en las que todo transcurre de forma suave y sencilla. Muchas. Pero hay muchas otras también que cada día se enfrentan a todos los dolores que un hijo con problemas lleva consigo. Familias que descubren un día que la familia de sus sueños ha cambiado y tienen que asumir la nueva situación. Cuando esto ocurre en una familia biológica, es muy duro. Pero cuando lo hace en una familia adoptiva, puede serlo más aún porque se enfrentan a más retos, son más observadas, y encuentran más dificultades para afrontar los problemas.
Para ellas y para las que algún día se sientan flaquear es este post.
Cuando emprendemos la adopción, cada uno se prepara como puede. Algunos nos sumergimos en la investigación y aprendizaje de todo lo relacionado con el tema. Leemos sobre apego, lengua materna, vacunas, retraso psicomotor y otros temas. Navegamos por internet, nos apuntamos a cursos de padres preadoptantes...Otras familias se ponen en manos de su instinto, de su sentido práctico, de sus recursos personales. Otras simplemente, deciden que es lo mismo que parir pero sin contracciones. Cada uno de nosotros, en fin, recorre el camino a sus hijos en su particular vehículo.
Sin embargo, creo que sólamente una minoría, muy pequeña realmente, conoce de verdad profundamente los entresijos de la adopción.
En las administraciones correspondientes se dedica una considerable cantidad de energía y recursos a analizar a las familias y sus posibilidades. En algunas, incluso, se imparten cursos de preparación a la adopción. Los padres que esperan, suelen acudir a ellos con su ilusión y sus espectativas relucientes, ávidos de cualquier información que les haga sentirse más cerca de sus aún desconocidos hijos. En los cursos, si son completitos, se suelen mostrar situaciones difíciles a las que los posibles padres podrían tener que enfrentarse en el futuro. Situaciones en las que otras familias, las de los ejemplos, se tienen que medir con conflictos difíciles, circunstancias complicadas y algunos casos realmente terribles. Pero todo esto se presenta como realidades poco probables. Un poco, como las terribles amenazas que uno lee cuando firma un consentimiento informado en una intervención médica. En realidad, los padres nos sentimos fuertes y confiados en esos momentos. Capaces en enfrentar cualquier eventualidad pero seguros de que esos casos, poco frecuentes seguramente, nunca nos tocarán a nosotros.
La realidad es otra. La adopción, especialmente la internacional conlleva asociados una serie de riesgos muy elevados. Saberlo, es necesario para adoptar. Asumirlos, creerlos y estar preparado para enfrentarlo es imprescindible.
Noticias de niños devueltos saltan de vez en cuando a la palestra informativa dando muestra clara de que el fracaso de un proceso adoptivo es una realidad posible contra la que hay que trabajar desde mucho antes de que los niños lleguen a casa:
"Tras conocerse el abandono de 77 niños adoptados en Cataluña durante los últimos diez años, el secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad, Juan Manuel Moreno, afirmó hoy que el Gobierno, a través de la Dirección General de Familia e Infancia, se reunirá con los responsables autonómicos con el objetivo de «estudiar, valorar e intentar mejorar los procedimientos de adopción que se han dado en Cataluña que nos parecen alarmantes"
El 66,7 por ciento de los menores de edad devueltos a un centro residencial de acción educativa (Crae) supera los 10 años; el 23,7% tiene entre 6 y 10 ,y dos de ellos no alcanzan los dos años. Del total de infantes abandonados, un 63% proviene de adopciones internacionales."
Es tremendo, porque detrás de cada uno de estos números hay un niño que sufre un doble desamparo, un doble abandono y una familia destrozada, con sus ilusiones y su vida rota por este fracaso.
¿Porqué ocurren estas cosas? Porque ni el certificado de idoneidad más exhaustivo puede predecir cómo evolucionarán las relaciones entre los diferentes miembros de las nuevas familias. Ni si serán capaces de afrontar con éxito las situaciones difíciles si llegan.
Y aunque la vida es improgramable, si considero esencial realizar un atento y cuidadoso recorrido por la realidad de los riesgos que implica la adopción antes de emprender la aventura.
Todos hemos escuchado hablar de la maleta. El bagaje personal que el abandono produce en nuestros niños. Pero se tiende a pensar que esta maleta es liviana o incluso inexistente cuando los niños son muy pequeños. Esto no es cierto. Los primeros momentos de vida de un bebé son definitorios en su historia personal. La forma en que llegamos al mundo, como somos acogidos y cuidados en los primeros momentos, en las primeras semanas de vida, son fundamentales en nuestro desarrollo.
Los niños que nacen sin amor esperando, permanecen en la soledad de la falta de cariño en los momentos más delicados de su vida. Si sufren un abandono hospitalario, serán atendidos en sus necesidades médicas o físicas, pero difícilmente serán mecidos, consolados o abrazados. En estas condiciones, solo los más fuertes salen adelante sin caer en el espectro autista o sin taras emocionales importantes. Los más frágiles, pueden incluso fallecer.
La deprivación afectiva que continua después, la vida en institucionalización, la despersonalización que sufren...todo eso que mencionaré someramente van dejando también su huella. De nuevo, los temperamentos más fuertes saldrán adelante con menos heridas. Pero menos, no significa ninguna.
No me extenderé acerca de la debacle personal que el abandono produce en los niños. Ya lo he tratado anteriormente. Pero quisiera incidir en que raramente los pequeños salen indemnes de esta situación.
Pero además, hay otros aspectos fundamentales que también hay que valorar. Los embarazos de nuestros hijos se convierten en la mayor parte de los casos, en un tiempo de riesgo muy elevado. Procedentes de situaciones cuando menos complicadas, los embarazos no suelen ser controlados, no son mimados como el preludio de lo que será un nacimiento feliz y los cuidados prenatales pueden ser inexistentes. Y en esas circunstancias, el nacimiento se convierte en una prueba de fuego para la salud de los niños. En los mejores casos, si nacen en el hospital, tendrán al menos los cuidados postnatales básicos. En el resto, llegarán al mundo en condiciones no muy favorables para su salud.
En algunos paises, el consumo de alcohol está íntimamente relacionado con la pobreza. El estrato fundamental del que proceden los niños que llenan los orfanatos. Esta ingesta, en muchas ocasiones se mantiene durante el embarazo. Las consecuencias pueden ser devastadoras para el desarrollo neuronal de los niños. La morbilidad en estos paises es muy elevada además. La prostitución, la miseria y todas las tristezas que a veces asolan a los paises más desfavorecidos y sus habitantes. No hay más que echar un vistazo a los informes de UNICEF para entender la envergadura del problema.
Después, una vez sometidos al abandono o a la institucionalización sobrevenida por diferentes causas (maltrato, desamparo...), la malnutrición, la ausencia de programas de vacunación adecuados y otros temas, la vida sigue siendo terriblemente difícil, peligrosa y aterradora para los niños.
Me doy cuenta de que el panorama que planteo es desolador. Pero es real. Cuando adoptamos, debemos conocer muy bien cuál es el panorama real de lo que estamos acometiendo. No sirven como referencia las historias de princesitas chinas, o muñequitas rusas para emprender este reto. Conocer la realidad es el primer paso para prepararse bien. O para al menos, ser consecuente con nuestra capacidad.
Una vez, una madre adoptante que había culminado hacía tiempo su proceso me dijo que en los foros, la mayoría de las madres nos equivocábamos, porque adoptábamos llevadas por el corazón. Decía que a adoptar, había que ir con la cabeza, que era un proceso burocrático y que el romanticismo con el que lo vivíamos era un error que podía costarnos caro. El corazón, decía, había que dejarlo para después.
En aquel momento me sonó muy duro. Yo viví mi adopción de forma emocional. Sintiéndolo en plena carne y sufriéndola así. Pero creo que tiene toda la razón. Aunque pienso que el corazón debe ser el que lleve la delantera y marque el rumbo, la cabeza tiene que ser la que lleve siempre el timón. Nuestros hijos merecen padres capaces. Personas con las herramientas necesarias para acogerles, para ayudarles y para luchar por ellos si llega el caso. Y llega en más ocasiones de las que se supone.
En mi periplo como madre adoptante he conocido muchas familias con dificultades a posteriori. Por supuesto, no son todas, ni todas las situaciones son graves. Pero son muchas.
Los problemas de salud no son infrecuentes. Algunos leves, los famosos "recuperables en España", pero otro no. Hay problemas graves que afectarán a los niños toda la vida, situaciones psicológicas de difícil resolución... Muchos niños no llegarán nunca a normalizarse por completo y necesitarán acompañamiento constante.
Desde luego, nadie puede pretender estar a salvo de los avatares de la vida. Nadie puede controlar el futuro ni la vida de sus hijos. No se escoge lo que el porvenir te depara. Ni podemos soñar siquiera con lograr para nuestros hijos una vida segura, sin enfermedades, ni peligros. Pero es muy importante, en el caso de la adopción, saber qué riesgos implica y, en según qué circunstancias, qué capacidad de afrontar tenemos.
Saber con qué contamos es fundamental: apoyo familiar real, capacidad económica suficiente para ofrecer apoyo psicológico, médicos especiales, colegios especiales sin llegara el caso, es importante. Después de analizado esto, sabremos cuál es nuestra realidad.
Una vez analizado y asumido este tema, adoptar es como cualquier otra cuestión importante en la vida. Conocer los riesgos nos puede impulsar adelante, o paralizarnos. Pero hay que ser consecuente y reflexionar.
Después, cuando nuestros hijos lo sean al fin, lo que la vida nos traiga será eso; nuestro. Si nos toca pelear más que a otras familias, si encontramos más escalones en nuestro camino...bueno, la vida decide. Como padres, deberemos asumir con valentía y con fuerza lo que sea. Las heridas hay que curarlas poco a poco. Algunas cerrarán por completo. Otras quizá no. Algunas cicatrices vivirán para siempre con nosotros. Otras se borrarán a base a amor y de paciencia.
Nuestros hijos merecen padres fuertes, que peleen por ellos y estén dispuestos a levantarse cada día de la cama preparados, no para ser los padres que soñaron, sino los padres que sus hijos necesitan.
Hay muchas familias adoptivas en las que todo transcurre de forma suave y sencilla. Muchas. Pero hay muchas otras también que cada día se enfrentan a todos los dolores que un hijo con problemas lleva consigo. Familias que descubren un día que la familia de sus sueños ha cambiado y tienen que asumir la nueva situación. Cuando esto ocurre en una familia biológica, es muy duro. Pero cuando lo hace en una familia adoptiva, puede serlo más aún porque se enfrentan a más retos, son más observadas, y encuentran más dificultades para afrontar los problemas.
Para ellas y para las que algún día se sientan flaquear es este post.
jueves, 17 de mayo de 2012
Seguimientos. Familias bajo sospecha.
Vuelvo de nuevo a abordar el tema de los seguimientos. Supongo que esta será una constante en mi vida como madre adoptante. Pero es que el tema es inagotable.
Ahora comienza a haber un movimiento generalizado de familias que sienten y padecen los inconvenientes que los seguimientos post-adopción generan. Y de nuevo, se me revuelve la inquietud que el tema me produce.
Cuando firmamos los compromisos de seguimiento lo hicimos, como tantas otras cosas, con la vista puesta única y exclusivamente en el objetivo de llegar a nuestros hijos como fuera. Sorteando las mil y una trabas que la administración nos ponía aquí y allí. Nunca, me atrevo a suponer, nos paramos a pensar qué supondría a lo largo de la vida, este compromiso adquirido tan a la ligera, sin reflexión previa y sin datos concretos. En mi caso, pensé que realmente no tendría importancia alguna ya que no temía en ningún sentido una inspección, segura de que todo iría bien en casa. Sólo pensaba en que era lo que había que hacer, lo que había que asumir. Y firmamos, como todos.
Sin embargo con el paso del tiempo, este seguimiento se ha convertido para mí en un escollo que me cuesta superar cada año. No hay nada que ocultar ni que temer, y a pesar de todo, la incomodidad que me produce esta inspección anual me llena de impotencia de forma recurrente. Y me pregunto muchas cosas.
Mi primera pregunta se refiere a la profundidad, el método, y lo prolijo en detalles de estos informes. Parecen más nuevos informes de idoneidad que simples seguimientos. Nos solicitan informes médicos y del colegio, visitan nuestras casas, hablan con los niños, comprueban su comportamiento y preguntan acerca de aspectos de su vida y de la nuestra. A mí, después, me queda una terrible sensación de vulneración de mi intimidad y sobre todo, de la de mi hija. ¿dónde queda nuestro derecho a la intimidad? ¿porqué debería nadie conocer la marcha en el colegio de nuestros niños, o su estado de salud? ¿o si come bien o mal, tiene rabietas o se pelea con su hermano?
Comprendo perfecta y totalmente la necesidad de comprobar que las familias adoptivas se han constituído correctamente. Lo comprendo y lo comparto. Conozco bien las dificultades por las que las familias pueden pasar hasta convertirse y funcionar de forma real como familias sólidas. Lo he visto infinitas veces y creo que es lo más habitual. Por eso, me parece normal, correcto y adecuado, que exista un control post-adoptivo que asegure que las cosas funcionan, que los niños están integrados, son amados y protegidos.
Pero este control no puede ser mantenido de por vida. En mucho países se firma un seguimiento hasta los dieciocho años y ahí es donde yo encuentro el verdadero problema.
Una vez demostrado que las familias funcionan, que la adopción se ha realizado con éxito, sobra toda injerencia ajena. Me es indiferente el interés que podamos suscitar a los países de origen. Si los niños proceden de naciones en las que el control sobre los ciudadanos pasa por encima de las libertades civiles, ahora son españoles, y deben disfrutar del derecho que todos los españoles tenemos a nuestra propia intimidad. En nuestro país, las familias no son vigiladas de oficio. Debe existir una causa que motive el seguimiento constante de una familia. Pongamos por ejemplo, una madre que tiene trillizos. Es evidentemente una situación difícil que podría provocar conflictos o problemas. Sin embargo, no se establece que cada familia que tenga más de un bebé en el parto, deba realizar un seguimiento anual. Para controlar y proteger a los menores existen mecanismos más sutiles y menos invasivos: los colegios, los pediatras y el entorno son los encargados de dar la voz de alarma cuando realmente hay algo que vigilar o atender.
Entonces ¿porqué a nosotros se nos mantiene en una situación de permanente control? Comprendo que desde los países de origen se exijan estos requisitos. No solemos traer a nuestros hijos de modelos de democracia. Pero en España las cosas funcionan de otra manera y nuestros hijos son españoles. ¿somos familias bajo sospecha? ¿es que nuestros hijos no acaban de ser españoles del todo? ¿tienen los paises de origen derechos sobre ellos? Me parece improbable, porque incluso en los casos en que los paises mantienen la doble nacionalidad, si en España no está reconocida ésta por un convenio internacional, a nuestros efectos los niños son sólo españoles.
También me sorprende que las autoridades españolas consientan este flujo de información desde España hacia otros países, exhibiendo la vida privada de sus ciudadanos de esta manera y por tanto tiempo. Para mí, pasado un tiempo, el seguimiento ya no tiene sentido en cuanto a protección de menor, y se convierte en un control de la vida familiar por un país al que no le debemos rendir cuentas. Adoptamos allí, si. Y respetamos el origen de nuestros hijos. Lo cuidamos con respeto para que nuestros hijos puedan mirar atrás sin miedo y con orgullo. Pero eso no implica que debamos seguir vinculados a ellos permanentemente.
Por otra parte, no en todas partes los seguimientos se realizan de la misma manera. En algunas comunidades, la sensibilidad de los funcionarios permite que el contacto anual se realice de forma sutil y discreta. Sin que los niños sean conscientes del examen. Pero, lamentablemente, no siempre es así. Es más, no es lo más frecuente. Y ahí entra en juego otro importante aspecto de la cuestión:
¿Cómo van a vivir nuestros hijos sabiendo que cada año debemos rendir cuentas de nuestra gestión parental a la administración y más aún, a sus países de origen? Cuando sean conscientes perfectamente de lo que esto significa ¿cómo podrán asumir que son nuestros hijos sin matices igual que sus hermanos biológicos, por ejemplo, si cada año nos enfrentaremos a este examen? Da igual lo que digamos o lo que expliquemos. Ninguno de sus amigos tendrá que pasarlo, y ellos tendrán que perder un día de colegio, dar explicaciones o mentir acerca del motivo y ponerse delante de un extraño para que vea que seguimos juntos, que podemos hacerlo. Y de esto se decuce ¿es que podemos hacerlo mal y perderlos? ¿es que NUNCA seremos lo bastante buenos como para continuar solos? Imaginar qué podría poner en la cabeza de nuestros hijos de diez o más años esta situación da, como mínimo, miedo.
Y todo esto, sin entrar aún en que, al parecer, estamos sometidos también, a los cambios de exigencias respecto a los seguimientos, que los países de origen quieran realizar. Esto es algo, como mínimo, sorprendente. De pronto, años después de haber adoptado, nos exigen traducciones juradas en traductores específicos, especifican qué quieren ver, cuántas fotos y en qué papel... Y nosotros, al parecer, tenemos que acatar y cumplir. Y mi pregunta es: ¿cuál es el tope? ¿cuál será el punto máximo de exigencias que debamos ir asumiendo? Quizás, más adelante, consideren que lo más adecuado es viajar una vez al año a las embajadas para que realicen unos test a nuestros niños. ¿deberemos aceptar y callar? Seguramente no. Pero entonces ¿desde dónde hasta dónde nos protege nuestro sistema?
Y, por último, me referiré a los casos aún más asfixiantes, de los seguimientos de pago. Un sistema que lacra a las familias con un sobresfuerzo económico anual que, en ocasiones, se puede convertir en un verdadero problema doméstico. ¿Es esto en el interés superior del menor? Nadie nos avisó de que para tener a nuestros hijos tendríamos que mantener una capacidad adquisitiva que permitiera estos gastos anuales. Cuando las familias tienen más de un hijo en esta situación, los gastos se convierten en un dispendio difícil de asumir. Y más, con la coyuntura actual.
Cuando adoptamos, nos dijeron que seríamos familias corrientes. Nuestra legislación nos reconoce como familias normales en obligaciones y derechos. Cobramos la baja por maternidad, las deducciones por hijo, las ayudas a la maternidad...Contribuimos como el resto de los padres y madres de este país, cumplimos los compromisos que todos los padres adquirimos al serlo...¿Porqué entonces? ¿Porqué?
Cada año, las mismas preguntas.
Ahora comienza a haber un movimiento generalizado de familias que sienten y padecen los inconvenientes que los seguimientos post-adopción generan. Y de nuevo, se me revuelve la inquietud que el tema me produce.
Cuando firmamos los compromisos de seguimiento lo hicimos, como tantas otras cosas, con la vista puesta única y exclusivamente en el objetivo de llegar a nuestros hijos como fuera. Sorteando las mil y una trabas que la administración nos ponía aquí y allí. Nunca, me atrevo a suponer, nos paramos a pensar qué supondría a lo largo de la vida, este compromiso adquirido tan a la ligera, sin reflexión previa y sin datos concretos. En mi caso, pensé que realmente no tendría importancia alguna ya que no temía en ningún sentido una inspección, segura de que todo iría bien en casa. Sólo pensaba en que era lo que había que hacer, lo que había que asumir. Y firmamos, como todos.
Sin embargo con el paso del tiempo, este seguimiento se ha convertido para mí en un escollo que me cuesta superar cada año. No hay nada que ocultar ni que temer, y a pesar de todo, la incomodidad que me produce esta inspección anual me llena de impotencia de forma recurrente. Y me pregunto muchas cosas.
Mi primera pregunta se refiere a la profundidad, el método, y lo prolijo en detalles de estos informes. Parecen más nuevos informes de idoneidad que simples seguimientos. Nos solicitan informes médicos y del colegio, visitan nuestras casas, hablan con los niños, comprueban su comportamiento y preguntan acerca de aspectos de su vida y de la nuestra. A mí, después, me queda una terrible sensación de vulneración de mi intimidad y sobre todo, de la de mi hija. ¿dónde queda nuestro derecho a la intimidad? ¿porqué debería nadie conocer la marcha en el colegio de nuestros niños, o su estado de salud? ¿o si come bien o mal, tiene rabietas o se pelea con su hermano?
Comprendo perfecta y totalmente la necesidad de comprobar que las familias adoptivas se han constituído correctamente. Lo comprendo y lo comparto. Conozco bien las dificultades por las que las familias pueden pasar hasta convertirse y funcionar de forma real como familias sólidas. Lo he visto infinitas veces y creo que es lo más habitual. Por eso, me parece normal, correcto y adecuado, que exista un control post-adoptivo que asegure que las cosas funcionan, que los niños están integrados, son amados y protegidos.
Pero este control no puede ser mantenido de por vida. En mucho países se firma un seguimiento hasta los dieciocho años y ahí es donde yo encuentro el verdadero problema.
Una vez demostrado que las familias funcionan, que la adopción se ha realizado con éxito, sobra toda injerencia ajena. Me es indiferente el interés que podamos suscitar a los países de origen. Si los niños proceden de naciones en las que el control sobre los ciudadanos pasa por encima de las libertades civiles, ahora son españoles, y deben disfrutar del derecho que todos los españoles tenemos a nuestra propia intimidad. En nuestro país, las familias no son vigiladas de oficio. Debe existir una causa que motive el seguimiento constante de una familia. Pongamos por ejemplo, una madre que tiene trillizos. Es evidentemente una situación difícil que podría provocar conflictos o problemas. Sin embargo, no se establece que cada familia que tenga más de un bebé en el parto, deba realizar un seguimiento anual. Para controlar y proteger a los menores existen mecanismos más sutiles y menos invasivos: los colegios, los pediatras y el entorno son los encargados de dar la voz de alarma cuando realmente hay algo que vigilar o atender.
Entonces ¿porqué a nosotros se nos mantiene en una situación de permanente control? Comprendo que desde los países de origen se exijan estos requisitos. No solemos traer a nuestros hijos de modelos de democracia. Pero en España las cosas funcionan de otra manera y nuestros hijos son españoles. ¿somos familias bajo sospecha? ¿es que nuestros hijos no acaban de ser españoles del todo? ¿tienen los paises de origen derechos sobre ellos? Me parece improbable, porque incluso en los casos en que los paises mantienen la doble nacionalidad, si en España no está reconocida ésta por un convenio internacional, a nuestros efectos los niños son sólo españoles.
También me sorprende que las autoridades españolas consientan este flujo de información desde España hacia otros países, exhibiendo la vida privada de sus ciudadanos de esta manera y por tanto tiempo. Para mí, pasado un tiempo, el seguimiento ya no tiene sentido en cuanto a protección de menor, y se convierte en un control de la vida familiar por un país al que no le debemos rendir cuentas. Adoptamos allí, si. Y respetamos el origen de nuestros hijos. Lo cuidamos con respeto para que nuestros hijos puedan mirar atrás sin miedo y con orgullo. Pero eso no implica que debamos seguir vinculados a ellos permanentemente.
Por otra parte, no en todas partes los seguimientos se realizan de la misma manera. En algunas comunidades, la sensibilidad de los funcionarios permite que el contacto anual se realice de forma sutil y discreta. Sin que los niños sean conscientes del examen. Pero, lamentablemente, no siempre es así. Es más, no es lo más frecuente. Y ahí entra en juego otro importante aspecto de la cuestión:
¿Cómo van a vivir nuestros hijos sabiendo que cada año debemos rendir cuentas de nuestra gestión parental a la administración y más aún, a sus países de origen? Cuando sean conscientes perfectamente de lo que esto significa ¿cómo podrán asumir que son nuestros hijos sin matices igual que sus hermanos biológicos, por ejemplo, si cada año nos enfrentaremos a este examen? Da igual lo que digamos o lo que expliquemos. Ninguno de sus amigos tendrá que pasarlo, y ellos tendrán que perder un día de colegio, dar explicaciones o mentir acerca del motivo y ponerse delante de un extraño para que vea que seguimos juntos, que podemos hacerlo. Y de esto se decuce ¿es que podemos hacerlo mal y perderlos? ¿es que NUNCA seremos lo bastante buenos como para continuar solos? Imaginar qué podría poner en la cabeza de nuestros hijos de diez o más años esta situación da, como mínimo, miedo.
Y todo esto, sin entrar aún en que, al parecer, estamos sometidos también, a los cambios de exigencias respecto a los seguimientos, que los países de origen quieran realizar. Esto es algo, como mínimo, sorprendente. De pronto, años después de haber adoptado, nos exigen traducciones juradas en traductores específicos, especifican qué quieren ver, cuántas fotos y en qué papel... Y nosotros, al parecer, tenemos que acatar y cumplir. Y mi pregunta es: ¿cuál es el tope? ¿cuál será el punto máximo de exigencias que debamos ir asumiendo? Quizás, más adelante, consideren que lo más adecuado es viajar una vez al año a las embajadas para que realicen unos test a nuestros niños. ¿deberemos aceptar y callar? Seguramente no. Pero entonces ¿desde dónde hasta dónde nos protege nuestro sistema?
Y, por último, me referiré a los casos aún más asfixiantes, de los seguimientos de pago. Un sistema que lacra a las familias con un sobresfuerzo económico anual que, en ocasiones, se puede convertir en un verdadero problema doméstico. ¿Es esto en el interés superior del menor? Nadie nos avisó de que para tener a nuestros hijos tendríamos que mantener una capacidad adquisitiva que permitiera estos gastos anuales. Cuando las familias tienen más de un hijo en esta situación, los gastos se convierten en un dispendio difícil de asumir. Y más, con la coyuntura actual.
Cuando adoptamos, nos dijeron que seríamos familias corrientes. Nuestra legislación nos reconoce como familias normales en obligaciones y derechos. Cobramos la baja por maternidad, las deducciones por hijo, las ayudas a la maternidad...Contribuimos como el resto de los padres y madres de este país, cumplimos los compromisos que todos los padres adquirimos al serlo...¿Porqué entonces? ¿Porqué?
Cada año, las mismas preguntas.
viernes, 3 de febrero de 2012
Alas de mariposa...
La vida nunca será lo mismo. Sabemos que vivir es morir un poco cada día, y que decir adios es el precio que pagamos por existir. Pero ¿quién nos prepara para decir adios cuando aún no es momento? Hoy todo ha cambiado para siempre. Envejecer es caminar más despacio, cargados con las penas de todos los dolores padecidos en la vida, de todas la ausencias y todos los adioses; y descubrir que la vida es efímera, que las cosas malas ocurren y que la injusticia está instalada, agazapada detrás de cualquier esquina esperando para sorprendernos cuando menos la esperamos. Hoy mi carga se ha vuelto mucho, mucho más pesada.
Este blog se paró hace algún tiempo, breve o muy largo quien sabe. Se paró cuando una amiga comenzó su batalla contra el tiempo, defendiendo a su pequeña contra demonios sin piedad, presentando una batalla sin cuartel contra el enemigo que de pronto se volvió parte de sus vidas. ¿Cómo seguir adelante, hablando de berrinches, de enfados, de malas noches ? ¿Cómo, si ya todo parecía insignificante frente a lo que estaba pasando?
Mónica fue siempre parte indispensable de este blog. Siempre estuvo ligada a cualquier comentario, a cualquier post. Con su experiencia, sus consejos llenos de humor y de amor ha sido una invitada de honor.
Y para mi, desde hace ya tres años, una amiga incorpórea, una compañera en la distancia que me alentó en los momentos de miedo, me impulsó en los de cansancio, me escuchó en los de tristeza, me animó en los de desaliento... Me envolví en su ropa cuando busqué a mi hija en Kazajstán, y en sus palabras cuando esperaba el juicio. Me acurruqué en sus consejos y en su experiencia cuando las cosas no fueron fáciles. Y la sentí como una mano siempre tendida. Con su visión de la vida positiva, fuerte y alegre llenaba de luz todas nuestras conversaciones. ¿Cómo no quererla aún sin habernos visto nunca?
Y a través de su voz, fui viendo crecer a sus niñas. Su vida, su faro, su alegría. Su razón de ser. Ella, como yo, que lloraba imaginando cuando se fueran de casa al crecer... Sus niñas han sido un poco mías también durante estos tres años. Por eso, estoy aquí, a tres mil kilómetros, suspendida en este vacío que aún no puedo dotar de realidad, que no me puedo creer, que no asumo del todo.
La batalla ha terminado. La vida ha sido derrotada, una vez más. Y la pequeña valiente, "fuerza de roca, nombre de valle, alas de mariposa" ha emprendido el vuelo. ¿Cómo seguir adelante ahora? ¿Cómo ayudar a esa madre ahora? ¿cómo volver a sentir como antes?
Querida niña...imposible olvidarte. Vivirás para siempre en la risa de tu hermana, en los ojos de tu padre, en el pelo de tu madre...En cada brisa de verano, en los juegos en el parque, en esa Dora La Exploradora que tanto te gustaba...En esas calles que estarán mudas sin tu presencia. En las miradas de tus compañeros de cole. En el corazón de todos los que te quieren. Y en tu madre, que vivirá por tí, como siempre hizo y como ahora, tendrá que volver a hacer.
Este blog se paró hace algún tiempo, breve o muy largo quien sabe. Se paró cuando una amiga comenzó su batalla contra el tiempo, defendiendo a su pequeña contra demonios sin piedad, presentando una batalla sin cuartel contra el enemigo que de pronto se volvió parte de sus vidas. ¿Cómo seguir adelante, hablando de berrinches, de enfados, de malas noches ? ¿Cómo, si ya todo parecía insignificante frente a lo que estaba pasando?
Mónica fue siempre parte indispensable de este blog. Siempre estuvo ligada a cualquier comentario, a cualquier post. Con su experiencia, sus consejos llenos de humor y de amor ha sido una invitada de honor.
Y para mi, desde hace ya tres años, una amiga incorpórea, una compañera en la distancia que me alentó en los momentos de miedo, me impulsó en los de cansancio, me escuchó en los de tristeza, me animó en los de desaliento... Me envolví en su ropa cuando busqué a mi hija en Kazajstán, y en sus palabras cuando esperaba el juicio. Me acurruqué en sus consejos y en su experiencia cuando las cosas no fueron fáciles. Y la sentí como una mano siempre tendida. Con su visión de la vida positiva, fuerte y alegre llenaba de luz todas nuestras conversaciones. ¿Cómo no quererla aún sin habernos visto nunca?
Y a través de su voz, fui viendo crecer a sus niñas. Su vida, su faro, su alegría. Su razón de ser. Ella, como yo, que lloraba imaginando cuando se fueran de casa al crecer... Sus niñas han sido un poco mías también durante estos tres años. Por eso, estoy aquí, a tres mil kilómetros, suspendida en este vacío que aún no puedo dotar de realidad, que no me puedo creer, que no asumo del todo.
La batalla ha terminado. La vida ha sido derrotada, una vez más. Y la pequeña valiente, "fuerza de roca, nombre de valle, alas de mariposa" ha emprendido el vuelo. ¿Cómo seguir adelante ahora? ¿Cómo ayudar a esa madre ahora? ¿cómo volver a sentir como antes?
Querida niña...imposible olvidarte. Vivirás para siempre en la risa de tu hermana, en los ojos de tu padre, en el pelo de tu madre...En cada brisa de verano, en los juegos en el parque, en esa Dora La Exploradora que tanto te gustaba...En esas calles que estarán mudas sin tu presencia. En las miradas de tus compañeros de cole. En el corazón de todos los que te quieren. Y en tu madre, que vivirá por tí, como siempre hizo y como ahora, tendrá que volver a hacer.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Cuánto duelen los hijos.
Hay ocasiones en que en la vida, todo se vuelve dolor. Cuando nuesros niños sufren, nosotras sufrimos. Y cuando, por azares del destino, nos encontramos acompañándoles en malos momentos, es como si el corazón se desgarrase por dentro.
Por eso hoy, quiero dedicarle unas palabras a una amiga, compañera y comadre virtual que pasa por momentos difíciles con su pequeña. Ella, que es energía en movimiento, se enfrenta al mayor reto que ha tenido que superar. Siempre ha sido un ejemplo de madre, entregada, consciente, reflexiva. Ha disfrutado como nadie de la maternidad, saboreando cada momento, atesorando cada logro. Y ahora, le toca luchar en un batalla injusta y cruel.
No queda otra que aguantar el embite y presentar batalla. Si alguien puede conseguir estar a la altura en este reto, eres tú. Desde aquí, cada vez que una de nosotras lea este post, pensará un momento en vosotras y os enviará toda la energía positiva de la solidaridad y el cariño.
Animo, amiga. Mi corazón está con vosotras.
Por eso hoy, quiero dedicarle unas palabras a una amiga, compañera y comadre virtual que pasa por momentos difíciles con su pequeña. Ella, que es energía en movimiento, se enfrenta al mayor reto que ha tenido que superar. Siempre ha sido un ejemplo de madre, entregada, consciente, reflexiva. Ha disfrutado como nadie de la maternidad, saboreando cada momento, atesorando cada logro. Y ahora, le toca luchar en un batalla injusta y cruel.
No queda otra que aguantar el embite y presentar batalla. Si alguien puede conseguir estar a la altura en este reto, eres tú. Desde aquí, cada vez que una de nosotras lea este post, pensará un momento en vosotras y os enviará toda la energía positiva de la solidaridad y el cariño.
Animo, amiga. Mi corazón está con vosotras.
La memoria del alma.
Pasa el tiempo. Los días se convierten en semanas, las semanas en meses y los meses, sorprendentemente en años. Y los niños, nuestros pequeños personajes que recorren la casa llenándolo todo de huellas de chocolate, balbuceando en su idioma privado, con sus chupetes y sus baberos, un día se nos aparecen como personas completas. Pequeñitas, inmaduras, tiernas, inocentes...pero completas. Me refiero a ese momento en que nuestros pequeños comienzan a participar en las conversaciones que tienen lugar alrededor de la mesa, aportando sus ideas, habitualmente originales y sorprendentes, dando su opinión...Es un momento precioso. El bebé deja de serlo y empezamos a conocer a nuestros hijos desde otra perspectiva.
En este momento ocurren cosas bastante graciosas. Aún su capacidad les mantiene en un nivel de comunicación algo surrealista lo que propicia situaciones como la que vivimos el otro día en casa. Era el cumpleaños de la pequeña y lo celebrábamos con varios amiguitos sentados a la mesa. Los más pequeños eran ella y otro niño aún más pequeño, de dos años y medio. Todos los pasticipantes contaban chistes por turnos, explotando en esas carcajadas llenas de luz que solo los niños tienen. Y de pronto, ella, quiso su minuto de protagonismo. Con la atención de todos puesta sobre su personita, comenzó a contar una historia, que se desinflaba por minutos y acabó siendo un galimatías ininteligible y curioso. Ininteligible, para la mayoría porque, lo divertido fue que cuando ella terminó, el otro pequeño de la mesa Se quitó el chupete y estalló en carcajadas incontenibles, como si solo él hubiera sido capaz de entender el chiste. Su risa, claro, se contagió y la niña seguramente, se sentiría como la persona más graciosa del mundo. Está claro que existe un lenguaje común que ellos comparten.
Pero lo que realmente quería comentar hoy va más allá de los aspectos superficiales y encantadores de esta edad.
Cuando nuestros niños comienzan a hablar, todo un mundo aparece ante nosotros, los padres y madres. Comenzamos a entender de verdad qué les gusta y qué no. Cómo perciben a los demás, y qué rasgos les disgustan en otras personas o cuáles les agradan. Empiezna a soñar, a tener deseos aplazados, a esperar que ocurran cosas y compartirlas en voz alta. Y, sobre todo, a analizar la realidad que les rodea y ponerle palabras a estos descubrimientos.
Y es en esta etapa, cuando muchos niños adoptados desde muy pequeños, nos sorprenden con comentarios muy tempranos, que aún no esperábamos escuchar.
Hay niños que comienzan a construir su historia pasada, preguntándose en voz alta cómo llegaron a casa, de qué barriga salieron, o "dónde les nacieron". Es un proceso normal, aunque a nosotros siempre nos parezca que empieza demasiado pronto.
Pero hay algo bastante común, que es más sorprendente.
"Sus primeros dibujos (esos que sólo ella sabía interpretar) eran de los 4; los del cole ahora, de los 4; cuando decimos de hacer algo, parque, excursión, ludoteca, su pregunta es...¿toda la familia, verdad?; si alguien le dice que viene con nosotros en el coche, su respuesta es "no cabes, pero papá,mamá, y nosotras sí. Tú coge otro coche, que este es el de mi familia".
¿Es normal? no lo sé, a mí desde luego me sorprende, porque es una constante, incluso cuando nos íbamos de vacaciones solas, recien cumplidos los 2 años, todos los días cogía el tfno para hablar con su padre, y la pregunta era, ¿cuándo vendrás con nosotros?, cuando estábamos ingresadas en el hospital, y por la tarde llegaba su padre, se emocionaba, sentimiento demasiado elaborado para una nena de menos de 2 años, lloraba y cuando preguntábamos porqué decía que porque estábamos juntos...buff, a mí me da miedo a veces pensar si estas reacciones están todas en el subconsciente, y además...cuando dejarán de estarlo. "
"Mi hija acaba de entrar en esa fase en que se vuelven participativos en las conversaciones, aunque a media lengua aún. Y es curioso, porque ella, que llegó tan pequeña, nos desvela a veces, unos procesos que me resultan curiosos. Cuando estamos reunidos, compartiendo un momento agradable con otras personas, suele comentar una misma frase: "este es mi papá, ¿verdad mamá?, es es MI papá. Y esta es Mi mamá, ¿verdad mamá?, y este, mi hermanito. Es MIO ¿verdad mamá?" Y después continua con lo que estuviera haciendo, tan tranquila. Valora muchísimo el hecho de pertenecer a la familia, o más bien que la familia le pertenezca a ella. Mucho más de lo que mi hijo biológico lo ha hecho nunca, o quizás, de una forma diferente en la que necesita reafirmar este estado más de lo habitual. Llegó a casa con catorce meses así que...¿qué recuerda exactamente? Conscientemente nada, pero..."
Probablemente ese sea el quid de la cuestión. Los seres humanos vivimos, percibimos y experimentamos nuestro entorno desde el momento en que nacemos, quizá mucho antes. ¿Qué ocurre con los recuerdos que se crean en esas fases? No podría explicarlo a nivel neurológico, ni de desarrollo cognitivo. Sin embargo, creo que debe existir un almacenamiento de todo lo vivido en algún lugar de nuestro cerebro. Sabemos que las relaciones que se produzcan desde el momento del nacimiento son determinantes en el desarrollo de una persona. El contacto humano amoroso y protector en los primeros minutos, meses, años de la vida es la primera piedra sobre la que se edificará el desarrollo emocional de un niño.
Los niños que no han vivido un recibimiento al mundo como el que todos los recién nacidos se merecen, que no han tenido unos brazos cálidos esperando, que no han sido mecidos y confortados en sus primeros tiempos, tienen una herida que, con el tiempo se convertirá en una cicatriz más o menos grande, más o menos evidente.
Muchas veces pensamos que el hecho de adoptar niños muy pequeños evita o reduce al máximo las posibles dificultades que el abandono puede producir. Pero, la realidad, es que estas cicatrices están ahí aunque los niños sean muy pequeños. En otras ocasiones hemos hablado de los diferentes problemas que podemos encontrarnos y que se derivan de la institucionalización y el abandono. Pero en esta ocasión me refiero a otro aspecto de este tema, más curioso para mi, por lo inesperado.
¿Porqué un niño pequeño, carente de recuerdos conscientes de su etapa de abandono, presenta con cierta frecuencia esta sobrevaloración de su entorno familiar? Son los pequeños que se enorgullecen desde muy temprano de sus padres, madres y hermanos y se lo hacen saber a todo el que conocen; esos enanitos que te preguntan recurrentemente si eres Su Mamá, y te recuerdan cuánto les quieres y te quieren. Los que explican a todo el que quiera escucharlo que Su Familia es un universo único y privado del que ellos forman parte especial.
Creo que, dentro de todas esas capacidades inutilizadas de que disponemos en nuestro cerebro, debe estar la de almacenar experiencias para adaptar un comportamiento de supervivencia, de alguna manera. Como un backup al que no podemos acceder voluntariamente, pero que define nuestras acciones inconscientes. Es lo que yo llamo, la memoria del alma.
En este momento ocurren cosas bastante graciosas. Aún su capacidad les mantiene en un nivel de comunicación algo surrealista lo que propicia situaciones como la que vivimos el otro día en casa. Era el cumpleaños de la pequeña y lo celebrábamos con varios amiguitos sentados a la mesa. Los más pequeños eran ella y otro niño aún más pequeño, de dos años y medio. Todos los pasticipantes contaban chistes por turnos, explotando en esas carcajadas llenas de luz que solo los niños tienen. Y de pronto, ella, quiso su minuto de protagonismo. Con la atención de todos puesta sobre su personita, comenzó a contar una historia, que se desinflaba por minutos y acabó siendo un galimatías ininteligible y curioso. Ininteligible, para la mayoría porque, lo divertido fue que cuando ella terminó, el otro pequeño de la mesa Se quitó el chupete y estalló en carcajadas incontenibles, como si solo él hubiera sido capaz de entender el chiste. Su risa, claro, se contagió y la niña seguramente, se sentiría como la persona más graciosa del mundo. Está claro que existe un lenguaje común que ellos comparten.
Pero lo que realmente quería comentar hoy va más allá de los aspectos superficiales y encantadores de esta edad.
Cuando nuestros niños comienzan a hablar, todo un mundo aparece ante nosotros, los padres y madres. Comenzamos a entender de verdad qué les gusta y qué no. Cómo perciben a los demás, y qué rasgos les disgustan en otras personas o cuáles les agradan. Empiezna a soñar, a tener deseos aplazados, a esperar que ocurran cosas y compartirlas en voz alta. Y, sobre todo, a analizar la realidad que les rodea y ponerle palabras a estos descubrimientos.
Y es en esta etapa, cuando muchos niños adoptados desde muy pequeños, nos sorprenden con comentarios muy tempranos, que aún no esperábamos escuchar.
Hay niños que comienzan a construir su historia pasada, preguntándose en voz alta cómo llegaron a casa, de qué barriga salieron, o "dónde les nacieron". Es un proceso normal, aunque a nosotros siempre nos parezca que empieza demasiado pronto.
Pero hay algo bastante común, que es más sorprendente.
"Sus primeros dibujos (esos que sólo ella sabía interpretar) eran de los 4; los del cole ahora, de los 4; cuando decimos de hacer algo, parque, excursión, ludoteca, su pregunta es...¿toda la familia, verdad?; si alguien le dice que viene con nosotros en el coche, su respuesta es "no cabes, pero papá,mamá, y nosotras sí. Tú coge otro coche, que este es el de mi familia".
¿Es normal? no lo sé, a mí desde luego me sorprende, porque es una constante, incluso cuando nos íbamos de vacaciones solas, recien cumplidos los 2 años, todos los días cogía el tfno para hablar con su padre, y la pregunta era, ¿cuándo vendrás con nosotros?, cuando estábamos ingresadas en el hospital, y por la tarde llegaba su padre, se emocionaba, sentimiento demasiado elaborado para una nena de menos de 2 años, lloraba y cuando preguntábamos porqué decía que porque estábamos juntos...buff, a mí me da miedo a veces pensar si estas reacciones están todas en el subconsciente, y además...cuando dejarán de estarlo. "
"Mi hija acaba de entrar en esa fase en que se vuelven participativos en las conversaciones, aunque a media lengua aún. Y es curioso, porque ella, que llegó tan pequeña, nos desvela a veces, unos procesos que me resultan curiosos. Cuando estamos reunidos, compartiendo un momento agradable con otras personas, suele comentar una misma frase: "este es mi papá, ¿verdad mamá?, es es MI papá. Y esta es Mi mamá, ¿verdad mamá?, y este, mi hermanito. Es MIO ¿verdad mamá?" Y después continua con lo que estuviera haciendo, tan tranquila. Valora muchísimo el hecho de pertenecer a la familia, o más bien que la familia le pertenezca a ella. Mucho más de lo que mi hijo biológico lo ha hecho nunca, o quizás, de una forma diferente en la que necesita reafirmar este estado más de lo habitual. Llegó a casa con catorce meses así que...¿qué recuerda exactamente? Conscientemente nada, pero..."
Probablemente ese sea el quid de la cuestión. Los seres humanos vivimos, percibimos y experimentamos nuestro entorno desde el momento en que nacemos, quizá mucho antes. ¿Qué ocurre con los recuerdos que se crean en esas fases? No podría explicarlo a nivel neurológico, ni de desarrollo cognitivo. Sin embargo, creo que debe existir un almacenamiento de todo lo vivido en algún lugar de nuestro cerebro. Sabemos que las relaciones que se produzcan desde el momento del nacimiento son determinantes en el desarrollo de una persona. El contacto humano amoroso y protector en los primeros minutos, meses, años de la vida es la primera piedra sobre la que se edificará el desarrollo emocional de un niño.
Los niños que no han vivido un recibimiento al mundo como el que todos los recién nacidos se merecen, que no han tenido unos brazos cálidos esperando, que no han sido mecidos y confortados en sus primeros tiempos, tienen una herida que, con el tiempo se convertirá en una cicatriz más o menos grande, más o menos evidente.
Muchas veces pensamos que el hecho de adoptar niños muy pequeños evita o reduce al máximo las posibles dificultades que el abandono puede producir. Pero, la realidad, es que estas cicatrices están ahí aunque los niños sean muy pequeños. En otras ocasiones hemos hablado de los diferentes problemas que podemos encontrarnos y que se derivan de la institucionalización y el abandono. Pero en esta ocasión me refiero a otro aspecto de este tema, más curioso para mi, por lo inesperado.
¿Porqué un niño pequeño, carente de recuerdos conscientes de su etapa de abandono, presenta con cierta frecuencia esta sobrevaloración de su entorno familiar? Son los pequeños que se enorgullecen desde muy temprano de sus padres, madres y hermanos y se lo hacen saber a todo el que conocen; esos enanitos que te preguntan recurrentemente si eres Su Mamá, y te recuerdan cuánto les quieres y te quieren. Los que explican a todo el que quiera escucharlo que Su Familia es un universo único y privado del que ellos forman parte especial.
Creo que, dentro de todas esas capacidades inutilizadas de que disponemos en nuestro cerebro, debe estar la de almacenar experiencias para adaptar un comportamiento de supervivencia, de alguna manera. Como un backup al que no podemos acceder voluntariamente, pero que define nuestras acciones inconscientes. Es lo que yo llamo, la memoria del alma.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Esperando al amor.
Al fin habían culminado las tareas del día. REcogida la loza, preparados los uniformes, la ropa sucia en el cesto, los juguetes ordenados, la nintendo apagada...Había pasado el momento mágico del cuento compartido, las protestas inevitables a la hora de ponerse a dormir, la nana especial de cada uno, los vasitos de agua que apagan esa dulce sed de sorbito que aparece por las noches. Y los besos; los millones de besos que siempre se quedan sin poner y hay que entrar una y otra vez a repartir al dormitorio.
El sofá estaba fresquito, mullido y, sorprendentemente, limpio sin migas de galletas, cuentos o juguetes. El mando, solitario, esperando el momento de sintonizar quizás, un programa sin colorines o músicas de tiovivo.
Increiblemente, había llegado el primer momento adulto del día. Con un suspiro, me recosté en el sofá, disfrutando del silencio. Encendí la tele, recogí las piernas bajo mi cuerpo, buscando la postura perfecta...Y de pronto, rebotando contra las paredes del pasillo, tan vibrante que parecía emitir luz, llegó un grito hasta el salón:
"mamáaaaa" Y enseguida, el llando desconsolado de la pequeña, que estaba teniendo una pesadilla.
Un poco de consuelo más tarde, estaba de nuevo sentada en el sofá, tratando de descifrar qué siginificaba ese muestrario de basura televisiva que me atacaba desde la pantalla. Pero mi investigación no llegó muy lejos. En seguida, arrasando con el silencio que apenas se acababa de instalar, se escuchó de nuevo a mi hija pequeña:
"mamáaaa..." Y un torrente de llantos y gritos que rebotaban contra los cristales del dormitorio.
Por segunda vez, acudí al rescate de mi pequeña, que luchaba contra otra pesadilla.
Pero la batalla se presentaba dura esa noche. La niña, que había tenía un día difícil con analítica incluída, revivía, seguramente transformando en terribles monstruos amenazantes, lo vivido durante la mañana.
En fin. Que el sofá no llegó a calentarse nunca. Los viajes del salón al dormitorio se sucedían con intervalos que hacían inútil esperar en la habitación, pero que tampoco permitían disponerse para alguna otra cosa vanal, como pongamos...descansar.
Arrastrando los pies, acudí una vez más al dormitorio. Mi niña lloraba con los ojitos cerrados y los puños apretados, luchando contra sus miedos. La cogí en brazos nuevamente, y la acurruqué en mi regazo, meciéndola con suaves movimientos mientras, en voz muy baja, con mis labios en su suave mejilla, cantaba su nana favorita. La que ella y yo tenemos para nosotras solas. El llanto se esfumó, sus manitas se abrieron y se dejó mecer, tranquila olvidada de todo temor.
En ese momento, me ví allí sentada, en la penumbra de la habitación, con mi hija en los brazos, sintiéndose segura y protegida a mi lado. La ví encajada en el hueco de mis brazos, perfectamente acoplada al espacio en mi regazo, cómoda y confortable. Y me di cuenta de que así era como, al fin, estaba ella en mi corazón. Y así, es como, después de dos años, se siente ella en el mío.
El amor es un ente caprichoso. Se nutre de detalles nimios y de grandes gestos. De presencias y de ausencias. De constancia y de humildad. DE respeto y de esperanza. DE paciencia y de entrega.
Pero sobre todas las cosas, el amor, se alimenta de amor.
Nunca se sabe cuándo se encontrará el amor. El amor, es una emoción incontrolable, inevitable, improgramable. No se consigue ni se crea a voluntad. El amor a los hijos, se abre camino sin embargo, de una manera poderosa, rompiendo prejuicios y allanando dificultades. Cada relación llevará su propio camino. Y tendrá su propio tempo. Hay madres adoptivas que han sentido el flechazo que la atará a sus hijos para siempre, desde el primer momento en que los vieron. Otras, han tardado un poco más, quizá hasta el momento en que realmente los han sentido suyos. En otros casos, el sentimiento necesita más tiempo para aflorar. Cuando los niños son mayores, ellos también deben recorrer ese camino y tardarán también el tiempo que necesite su corazón. Este periodo puede ser difícil. Sobre todo si se prolonga en el tiempo.
Esperarse mutuamente es el único secreto. La garantía de que, tarde o temprano los dos corazones se encontrarán en alguna parte del camino. Y cuando lo hagan, será para siempre.
El sofá estaba fresquito, mullido y, sorprendentemente, limpio sin migas de galletas, cuentos o juguetes. El mando, solitario, esperando el momento de sintonizar quizás, un programa sin colorines o músicas de tiovivo.
Increiblemente, había llegado el primer momento adulto del día. Con un suspiro, me recosté en el sofá, disfrutando del silencio. Encendí la tele, recogí las piernas bajo mi cuerpo, buscando la postura perfecta...Y de pronto, rebotando contra las paredes del pasillo, tan vibrante que parecía emitir luz, llegó un grito hasta el salón:
"mamáaaaa" Y enseguida, el llando desconsolado de la pequeña, que estaba teniendo una pesadilla.
Un poco de consuelo más tarde, estaba de nuevo sentada en el sofá, tratando de descifrar qué siginificaba ese muestrario de basura televisiva que me atacaba desde la pantalla. Pero mi investigación no llegó muy lejos. En seguida, arrasando con el silencio que apenas se acababa de instalar, se escuchó de nuevo a mi hija pequeña:
"mamáaaa..." Y un torrente de llantos y gritos que rebotaban contra los cristales del dormitorio.
Por segunda vez, acudí al rescate de mi pequeña, que luchaba contra otra pesadilla.
Pero la batalla se presentaba dura esa noche. La niña, que había tenía un día difícil con analítica incluída, revivía, seguramente transformando en terribles monstruos amenazantes, lo vivido durante la mañana.
En fin. Que el sofá no llegó a calentarse nunca. Los viajes del salón al dormitorio se sucedían con intervalos que hacían inútil esperar en la habitación, pero que tampoco permitían disponerse para alguna otra cosa vanal, como pongamos...descansar.
Arrastrando los pies, acudí una vez más al dormitorio. Mi niña lloraba con los ojitos cerrados y los puños apretados, luchando contra sus miedos. La cogí en brazos nuevamente, y la acurruqué en mi regazo, meciéndola con suaves movimientos mientras, en voz muy baja, con mis labios en su suave mejilla, cantaba su nana favorita. La que ella y yo tenemos para nosotras solas. El llanto se esfumó, sus manitas se abrieron y se dejó mecer, tranquila olvidada de todo temor.
En ese momento, me ví allí sentada, en la penumbra de la habitación, con mi hija en los brazos, sintiéndose segura y protegida a mi lado. La ví encajada en el hueco de mis brazos, perfectamente acoplada al espacio en mi regazo, cómoda y confortable. Y me di cuenta de que así era como, al fin, estaba ella en mi corazón. Y así, es como, después de dos años, se siente ella en el mío.
El amor es un ente caprichoso. Se nutre de detalles nimios y de grandes gestos. De presencias y de ausencias. De constancia y de humildad. DE respeto y de esperanza. DE paciencia y de entrega.
Pero sobre todas las cosas, el amor, se alimenta de amor.
Nunca se sabe cuándo se encontrará el amor. El amor, es una emoción incontrolable, inevitable, improgramable. No se consigue ni se crea a voluntad. El amor a los hijos, se abre camino sin embargo, de una manera poderosa, rompiendo prejuicios y allanando dificultades. Cada relación llevará su propio camino. Y tendrá su propio tempo. Hay madres adoptivas que han sentido el flechazo que la atará a sus hijos para siempre, desde el primer momento en que los vieron. Otras, han tardado un poco más, quizá hasta el momento en que realmente los han sentido suyos. En otros casos, el sentimiento necesita más tiempo para aflorar. Cuando los niños son mayores, ellos también deben recorrer ese camino y tardarán también el tiempo que necesite su corazón. Este periodo puede ser difícil. Sobre todo si se prolonga en el tiempo.
Esperarse mutuamente es el único secreto. La garantía de que, tarde o temprano los dos corazones se encontrarán en alguna parte del camino. Y cuando lo hagan, será para siempre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)